Una mirada de Edelmiro parece ser la última. En su rostro lleva marcado la insoportable levedad del ser, no de la que habla Milan Kundera en su novela sino aquella que refleja el agónico cansancio de una vida de obstinación, esa que parece buscar desde el vacío la necesaria ayuda que nunca llega. La misma que requisa todo en pos del más leve hálito de esperanza con la seguridad de no hallarlo, pero a lo que no renuncia, aunque tiene ya 83 años y un cáncer que lo  devora hasta secarlo. Lo único que quiere es acabar su existencia bajo un techo nuevo.

“Yo solo sé coser zapatos, es lo que aprendí desde los veinte y pico de años…” tras un suspiro suelta la nostalgia reprimida dentro y mira una vieja aguja oxidada que permanece encima de una mesita como recuerdo de tiempos pasados. Entonces compungido entorna la vista hacia el suelo, tal vez porque lo venció el sueño pero no, piensa en el modo de escarbar y sepultarse varios metros bajo tierra. No quiere morir sino perderse del mundo por unos instantes, a los pocos segundos levanta la cabeza, hace una pausa y luego de tomar aire me mira.

“En esta casa estoy desde que tenía treinta años, aquí vivió mi madre, perdió la cabeza y murió…” me dice señalando un cuadro colgado en la enmohecida pared de la rústica sala. Casi no puede moverse y las marcadas comisuras en el entorno de sus labios resecos denotan lo difícil de cada gesto, sus gastados huesos no soportan la artrosis que lo carcome y el recostar la espalda en el sillón de madera, es una inyección de adrenalina.

Ella lo cuida desde que cayó enfermo, es sobrina, hija, hermana, la única ayuda que tiene el viejo. En su expresión está ese grito desolador que pide a Jesús, a lo que sea, es el anhelo ahogado de querer ser escuchada. No sabe  de Dostoievski pero desde ese sepulcro de vivos le clama a todos, pero nadie escucha, cree que soy su salvador y no soy más que otro de esas pobres gentes que anda por ahí.

“La casa nunca estuvo muy buena, pero como ahora jamás, tal parece una cueva, desde 2012 estamos pidiendo ayuda,.. en vivienda, en el partido… y nada, porque sí mi tío es del partido y mira esto… ”. Agobiada respira hondo, toma aire y sigue,”.. la pedimos más bien por su enfermedad y por su condición, es un viejito, que trabajó mucho, y lo recuerdo leyendo y estudiando por unos libros viejos y gordos…, esto no es fácil mijo, mira esas puertas, las ventanas ese piso parece de un corral para puercos…”. Para y entre los cristales de sus espejuelos se ve salir lágrimas de sus ojos, me pide disculpas, observa que el sol le da en la cara a Edelmiro y mueve el sillón. Luego vuelve a sentarse y mientras me sirve café con voz entrecortada le pregunta a su tío por las pastillas.

“Al café tuve que acudir porque necesitaba unos pesitos para ayudarnos con las medicinas, la chequera que el cobra no da para nada, son 200 pesos que se van volando y tenemos nuestros parientes pero es como si no estuvieran,… lo que más me duele es el maltrato de los funcionarios sobre todo el de vivienda, la última vez me botó de la oficina y armó tremendo escándalo después que me dijo que para qué dar los materiales si Edelmiro estaba a punto de morir…”. Entonces sus ojos me esquivan, buscan en la pared el desahogo al dolor y la ilusión de verla nueva, ya no quiere tocar la madera carcomida, añora sentir el olor a pintura fresca, no para comerse la cal como los Buen Día, aunque el hambre los lleve a ello desea mirar la vitalidad de las cosas renovadas en su propio Macondo.

Ese sueño hermoso de ser comunista, de romperse el lomo y morir en la monotonía del querer ser y no poder es lo que desvela a Edelmiro. Pensó incluso en entregar el carnet pero “maestros” en la oratoria, que no saben de Platón ni de Aristóteles, lo convencieron para que no lo hiciera, solo para  mantenerlo en las filas. Cuidar la promoción y cumplir, cumplir y sobre cumplir, incluso decidieron pagar entre todos su cuota mensual pero nada de cuota personal, ni para el pan siquiera.

Así transcurre la existencia de Edelmiro, Raquel lo sabe y me agradece la visita, lo que no sabe es si le queda un año, una semana o una parte del día para que descanse en paz. No soporta tenerlo así, y con esa fe que la mantiene viva me pregunta el nombre,.. Alexander, entonces me despide así, “…bueno es usted en mucho tiempo quién único nos ha hecho sentir personas.”