Me iba a casar el once de abril. No íbamos a hacer una boda tradicional. Solo firma y fiesta pequeña. Para ello habíamos encargado un pastel y algunas cazuelas (como dicen en México). Habíamos organizado todo para hacerlo en la terraza de unos amigos y me había mandado hacer un velo. Cortito. Negro. Bien chulo. Y ya. Nada complicado, nada sofisticado: solo una reunión como las que suelo hacer.

Había comprado un boleto para que viniera mi madre. Un amigo, desde Estados Unidos, había comprado, también, el suyo. El novio de mi cuñada, uno desde Canadá. Una amiga desde España, y otra desde Eslovaquia. Mi sobrina iba a llegar el diez de abril. Nadie me había dicho nada. Era una sorpresa. Otros venían desde Ciudad de México, desde Campeche, desde Hidalgo. Mi hermana me había comprado unas luces para fiesta. Mi otra hermana me enviaba de regalo un procesador de alimentos. Lo iba a mandar con mi sobrina.

Estaba contenta, bastante, no solo por la boda, sino por el hecho de poderme reunir con tantas personas que quiero y que están regadas por el mundo. Yo estoy sola en México. No tengo familia, no tengo muchos amigos; tengo (o en algún momento tendré) un esposo.

El drama comenzó cuando Barcelona entró en cuarentena. Luego, mi amiga de Eslovaquia se quedó atascada en la India. El vuelo de Canadá también se canceló, con rembolso incluido. Cancelaron el de mi mamá, el de mi amigo de Estados Unidos y, por último, mi sobrina me escribió a las cuatro de la mañana, muy triste, con la noticia de que iba a venir, pero que también le habían cancelado el boleto. Ahí tragué en seco. No veo a mi sobrina hace muchos años.

Luego, cambiaron a modalidad online las clases que imparto. Tuve que aprender a usar plataformas para videoconferencias. Al menos, podría trabajar desde casa. Pero tengo conocidos que no pudieron hacer lo mismo. El lugar donde comparaba mis tacos cerró. También, la doña de los jugos. Otra conocida, que hace el aseo en una casa, me contó que gracias a sus clientes que le pagaron aunque no fuera, está sobreviviendo. Porque si no, ¿de dónde? Otra, del banco, se compró unos cubrebocas carísimos para ir al trabajo porque solo le dieron cuatro en el trabajo ¡y desechables!

Hablando de bancos. Es casi imposible enviar dinero a Cuba desde México. Entonces, cada tres meses, yo mandaba el dinero a Chile, donde vive una de mis hermanas, para que ella lo mandara a Cuba, junto con el suyo, mensualmente. Ese dinero le llegaba a mi papá, que ya está retirado y, aunque a él la vida le resbala, a nosotras no. Somos un poco obsesivas.

A mi papá le agarró esto en Matanzas, en casa de su mujer. Se había mandado a hacer una tarjeta para que fuera más fácil hacerle depósitos, pero ya no la pudo ir a buscar porque no puede salir de la provincia. Mi mamá vive en el Vedado. Justo en la zona  que se restringió por encontrar focos de transmisión local. Ella es músico y como no puede trabajar, no va a cobrar… al menos hasta ahora va a ser así. Por suerte tiene Internet en casa y hemos estado al pendiente de la renovación de su pasaje. Para cuando se pueda.

Ambos, madre y padre, me contaron que la cosa estaba dura con la comida. Que subieron los precios de algunos alimentos, de ciertos productos de aseo o, que de plano, no hay. Por eso me dicen que me relaje, porque con dinero o sin dinero, no hay ná. Me consolaron así porque mi hermana, en Chile, también está en cuarentena. No puede ir a depositar dinero para la isla. Pero bueno, por suerte ellos están contentos, porque a la hora del aplauso a los médicos, todos se ríen, todos se gritan, todos se entretienen. Además, en Multivisión, dicen que están poniendo documentales interesantes.

Yo amo mucho a mis papás.

Hace un mes, desde que empecé la cuarentena, no hay apenas agua en mi edificio. En el centro de las ciudades mexicanas (sobre todo, en Puebla, donde vivo) suele pasar eso. Ponen el agua como tres horas al día… si la ponen. Tenemos dos tanquecitos de agua y unos botellones. En cuanto siento que cae el agua, levanto a mi novio y nos ponemos a llenarlos. Por suerte tenemos dos baños. Eso es una maravilla en casos como este. El otro día me dio por teñirme de rubio la mitad del cabello y a mitad de la faena, me quedé sin peróxido. Fui al súper. No venden peróxido. Las tiendas de belleza están cerradas. Yo tengo el pelo negro, negro, renegro. Ahora lo tengo negro, rubio, blanco y naranja.

Como soy filósofa, me están pidiendo textos y reflexiones (académicas, claro) sobre la pandemia. Quieren que mezcle la situación con, por un lado, la precariedad del asunto, y por otro, con ideas conspirativas relacionadas con Marx. Pero yo me veo el cabello, los platos sucios, la falta de agua y de verdad que no puedo. No me concentro. Ahí sí está Marx, con aquello de que no se puede pensar con el estómago vacío. En mi caso, yo no puedo pensar sin bañarme y con el pelo de cuatro colores. Soy una burguesa dramática, pero como sustento a eso, tengo a mi novio —casi esposo— que me ama y que me aguanta.

Yo lo amo mucho también.

Siguiendo con mi novio, su abuelita enfermó el cuatro de abril. Estaba amarilla. La llevaron al hospital. No sabían qué tenían. Luego, la tuvieron que operar. Luego, quizás, tendrían que hacer otra más. En medio de la pandemia. No hay muchos respiradores. Por suerte ya está mejor. Ya casi se va a casa. Por suerte. Por suerte. Hay varios por suerte en este texto. Por suerte.

Durante todos estos días he recibido mínimo cincuenta mensajes o llamadas, preguntándome por la boda. ¿Y hay boda? ¿Y entonces la boda? ¡Ay!, ¿la boda? ¿Ahora para cuándo la boda? ¿Están bien? ¿Están tristes? ¿Están preocupados? ¿Qué va a pasar con las cazuelas, con el pastel? Tengo una sofocación…

Por lo menos disfruto estar en casa. No salir. No ver a casi nadie. Leo, escribo, avanzo en mi tesis, trabajo, veo películas, converso por videollamada (ya que sé usar plataformas sofisticadas). Por lo menos siento buen amor, un amor atravesado por la pandemia, dramático. Lo de las fronteras cerradas me da igual, porque para mí, las fronteras muchas veces están cerradas. No me dan visa. Así que la cosa no cambia mucho. Tampoco iba a viajar. Lo que iba a hacer era casarme.

A mí me pasan estas cosas porque soy cubana. Demasiadas telenovelas después del noticiero. Demasiados Como cada mujer, demasiados teleplay. Y si mezclo eso con las mexicanas: La rosa de Guadalupe, Marimar, imagínense, drama total. Soy un drama. A mí no me van a salvar, como a los británicos que llegaron a Cuba. No voy a tener un final feliz de ese tipo. Voy a tener un final tragicómico. Melodramático sexual. Un final musical. Con rumba, o algo por el estilo. Por suerte (otro por suerte) a mi sobrina solo le cambiaron el boleto. También a mi amiga. También a mi mamá. Los demás también vendrán, en algún momento. En algún momento podré mandar dinero a Cuba. En algún momento comeré, de nuevo, esos tacos y me tomaré ese jugo. En algún momento, me voy a organizar este pelo. Y en algún momento me voy a casar. Cuando sea, pero me voy a casar. Y me voy a poner el velo.

 

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