Dicen los lugareños que el batey Los Danieles está tan intrincado que allí no se acercan ni los ladrones. Están tan lejos en la llanura, tan desolado, que a estos parajes no llega tampoco la corriente eléctrica.

Los Danieles pertenece al municipio de Jagüey Grande, en Matanzas, pero queda a una distancia de 32 kilómetros del poblado cabecera y para hacer la travesía entre los dos lugares se debe transitar por un abrupto camino. A 18 kilómetros del caserío también queda la polvorienta Amarillas, otra localidad perteneciente al municipio de Calimete, a la cual se llega a través de un terraplén también intransitable.

La distancia de otras poblaciones más grandes parece haber sido la razón por la que el fluido eléctrico nunca ha llegado hasta este paraje, aunque a orillas del camino se yerguen unas imponentes torres de alta tensión. En este pueblo sin corriente se escucha todo el día el sonido de la vibración de los gruesos cables, esa especie de canto de las “chicharras”. Es una ironía casi dolorosa ese zumbido monótono.

También desde Amarillas se extienden hasta muy cerca del asentamiento una hilada de postes que acercan la energía a la turbina de bombeo de la UBPC Apodaca, dedicada al cultivo de caña. Doscientos metros más allá del motor que riega las plantas, comienza el batey.

“A lo malo nadie se adapta aunque lo haya vivido 100 años”, asegura un campesino de la zona, y pone como ejemplo al viejo Marcial Daniel.

Ha pasado gran parte de sus 96 años trabajando el campo y clamando por la electricidad. Ya no espera mucho de la vida, solo el paso de los días hasta que cierre los ojos definitivamente.

Eso sí, desde que sus hijos y nietos instalaron una planta eléctrica que se alimenta con petróleo, el viejo Marcial se sienta frente al ventilador embelesado con el arrullo fresco del equipo.

Cuenta su nieto Yoandi Fagundo, que al verlo pegado al ventilador se le estruja el corazón. “Se parece a un niñito frente a un juguete nuevo.”

Para la familia Fagundo la planta representa un breve contacto con la civilización. La encienden al mediodía, y luego en la noche antes de empezar el noticiero. La desconectan al culminar la novela.

Pero de las 18 casas del Batey solo la familia del viejo Marcial pudo comprar una planta eléctrica. El resto de los habitantes permanecen sumidos en el sonido del campo, desconectados del mundo exterior, alumbrados por mecheros en las noches…

Durante años, los habitantes de Los Danieles plantearon la situación en cada asamblea de rendición de cuentas del delegado a sus electores. Escribieron cartas, visitaron a las autoridades y siempre escucharon la misma respuesta: la distancia y lo difícil del camino hacía imposible la electrificación del batey.

Pero un día amanecieron con la buena noticia de que a la UBPC más cercana, la Apodaca, la dotarían de un sistema de riego. Llegaron los equipos, los obreros, comenzaron los trajines para perforar la tierra, colocar los postes, instalar la turbina… y la felicidad se quedó a 200 metros de distancia. El batey continuó en el ostracismo más puro, sin electricidad, y esta vez hundido en el desconcierto.

Los pobladores pensaron que tenían un arma a su favor, el Poder Popular. “Decidimos no asistir a las elecciones hasta que no se le diera solución al mismo planteamiento de siempre”, recuerdan. “Aquello fue el acabose, gente del Partido pa’ aquí, gente del gobierno pa’ allá, y todo el mundo tratándonos de convencer de que esa no era la solución. Eso fue en el 2012”.

Raúl Daniel, tío de Yaniel, dice no poder olvidar las palabras de un veterano dirigente del país, delegado a la Asamblea Nacional del Poder Popular por Jagüey Grande, que hasta allí los fue a ver: “nos visitó, y le dije que en las noches no se podía dormir por el calor, es cierto que en la madrugada refresca un poco, pero cuando alcanzas el sueño ya debes salir para el campo a trabajar, ¿sabes qué me respondió? Que teníamos casas de mamposterías, que construyéramos bohíos con techo de guano, que son mucho más frescos, para poder dormir”.

Los del Batey propusieron incluso asumir parte de los gastos de la electrificación con sus propios recursos pero la respuesta también fue negativa.

A esta altura nadie sabe bien cómo se enfrió el conflicto, al parecer lo dejaron desinflarse. En las elecciones más recientes llegó una guagua para recoger a quienes quisieran votar. Al colegio electoral, hasta ese momento ubicado en el viejo círculo de la Cooperativa 17 de Mayo, del propio batey, lo trasladaron para el antiguo central Reynold García, a 14 kilómetros de distancia.

De las 18 familias, unas seis personas tomaron la guagua.

Hoy todavía la electricidad es un viejo reclamo en Los Danieles. La protesta espontánea sólo condujo a que todas las esperanzas se perdieran. Varios vecinos decidieron partir. De las 29 casas que componían el batey antes de la protesta hoy quedan 18, y algunos hacen planes para continuar el éxodo. La familia de Yoandi Fagundo no piensa irse, el joven solo siente que su abuelo no pase más tiempo junto a un ventilador.

“Si apareciera mañana un pozo de petróleo o una mina de oro enseguida aparecerían los recursos, pero como somos un grupo de guajiros, a nadie le importa”.

A poca distancia, el padre de Yoandi afila un machete y permanece en silencio. Recostado en un taburete escucha a su hijo. No ha dicho una palabra. Es el recurrente silencio que penetra en Los Danieles.