La historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos bien podría ser una serie de TV cargada de acción, espionaje, drama y suspense. En diciembre de 2014, la última temporada nos dejó enganchados a todos. Esperemos que el próximo capítulo no nos decepcione.

Por: Harold Cárdenas Lema 

En 1927 la psicóloga soviética Bluma Zeigarnik publicó un estudio demostrando que los seres humanos recordamos las tareas inacabadas más fácilmente que aquéllas que han sido completadas. Ésta es la explicación científica de por qué nos cuesta más superar las parejas que han terminado con nosotros, el sentimiento de vacío que nos dejan los orgasmos inconclusos y que los cubanos hayamos terminado el 2014 con demasiada expectativa política.

Quien más utiliza el efecto Zeigarnik es la industria del entretenimiento, que aprendió a terminar una serie, cómic o película con una escena donde deja a todos embobados esperando la próxima entrega. A pesar de que la base para esto es el estudio de la profesional soviética, su nombre quizás resultaba demasiado ruso o poco occidental e inventaron uno muy chic para esto: cliffhanger. Su traducción literal es “colgando de un abismo” y, aunque es en inglés para hacernos sentir a la moda evitando reparar en cómo nos manipulan escandalosamente, resulta obvio que quien cuelga peligrosamente somos nosotros.

En diciembre de 2014 tuvo lugar el mejor cliffhanger que podrían inventarse los políticos: comenzó inesperadamente un camino a la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos que nadie tiene claro aún cómo ocurrirá.

La novia que rompió con nosotros hace más de 50 años parece regresar, pero nadie se hace ilusiones de que sea cosa fácil. Ahora comienza el 2015, un número que me resulta particularmente “sexy” y me recuerda a alguna mujer, pero tengo cuidado, la política siempre ha sido una amante cruel.

Quizás esta dosis de optimismo sea debido a la atmósfera de cambios que se respira en Cuba y que los cubanos hemos asumido con tanta normalidad porque somos supercool y ya nada nos impresiona.

Confieso que tengo graves problemas con los cliffhangers porque a menudo no cumplen las expectativas y nos decepcionan. No puedo recordar cuántas series de TV me prometieron una nueva temporada por todo lo alto y luego fue cancelada. Sin mucha explicación tenemos que dejar ir a los personajes y entonces es evidente que la soviética tenía razón: las despedidas forzadas o los finales inconclusos son los que más se graban en nuestra mente. Ahora, cuando el cliffhanger es bueno y cumple lo que promete, es como si se abrieran los cielos.

Cliffhanging en Cuba
Hoy me resulta difícil no ver la política cubana como una serie o novela. Quizás un cómic estilo “The Walking Dead” sería más afín, para eso tenemos a Juan de los Muertos acá en la Habana. Si me permiten hacer comparaciones televisivas diría que nuestra política es como Lost, la famosa serie de televisión que quien no la conoce desde el inicio no le puede encontrar mucho sentido. Resulta totalmente impredecible y al final quizás encontremos que nunca existió un plan al respecto, sino que se iba improvisando en el camino. Preferiría que fuera como “Breaking Bad”, que no necesitaba hacer cliffhangers. Estaba todo planificado y la calidad de la obra hablaba por sí misma, pero los latinos somos más dados a la emoción sin anticipación.

El sentimiento de vivir colgando de un precipicio se nos hace familiar a los cubanos. Tenemos fresco en la memoria el recuerdo de la crisis en los 90 que todavía no hemos podido superar totalmente. Por suerte somos de corazón fuerte y no tenemos tendencia al suicidio o la depresión, porque los problemas que llevarían a un noruego o un sueco a la desesperación, podrían parecernos cosa de risa a nosotros.

La táctica más saludable es la de esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor. Hay muchas fuerzas en ambas orillas que se oponen a una relación de respeto entre ambos países y están acostumbrados a vivir en la diferencia. Aún así, existen fenómenos que me parecen irracionales. Yo podría entender que los abuelos e incluso nuestros padres discutan con vehemencia sobre asuntos del pasado, pero que existan jóvenes dejándose llevar por extremos nocivos y vengan cargados con un discurso belicista me parece absurdo. Las cosas están cambiando para bien en los últimos tiempos.

El sentimiento de vivir al borde del precipicio podría terminar si el país comienza a tachar cosas en su lista de asuntos inacabados y pasamos página en nuestras diferencias con los Estados Unidos.

Cuando Bluma Zeigarnik observó cómo un camarero recordaba fácilmente los pedidos pendientes, pero olvidaba con rapidez los platos ya servidos, estaba otorgándole a la industria del entretenimiento su arma más potente para dejarnos enganchados regularmente a productos inconclusos. Cuando Barack Obama y Raúl Castro hablaban simultáneamente el 17 de diciembre, tenía lugar el mayor cliffhanger político en fin de año que recordemos los cubanos desde 1958. Ahora solo queda ver si esta historia de normalización cumple lo que promete. De ser así estaremos eternamente agradecidos. Si no se logra esto, el efecto Zeigarnik traumatizará más a un pueblo que ya ha sufrido demasiado.