Con la posibilidad real de que pronto tengamos un embajador de Estados Unidos en La Habana, vale recordar el comportamiento previo de sus homólogos en tiempos de revolución. Una historia que esperamos no se repita en el futuro próximo.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com

Tiene el destino de Cuba en sus manos, es un hábil titiritero político enviado por los yanquis a defender sus intereses en una isla convertida en polvorín. Antes de salir hacia Cuba declara a la revista Time: “Parto con el convencimiento de que las relaciones entre Estados Unidos y Cuba serán las de naciones soberanas…”. Su nombre es Benjamín Sumner Welles, enemigo número uno de las fuerzas revolucionarias.

Es el año 1933 y la Isla está en el momento más álgido de lucha contra la dictadura de Gerardo Machado. El presidente había sido general en las guerras de independencia y ahora se siente omnipotente, cuando pregunta por la hora sus asesores le responden: “la que usted quiera General”.

Welles llega a La Habana el 7 de mayo y el 13 ya está reunido con el dictador en una reunión que la prensa describe como “larga y afable”. Años después describió a Machado como alguien “que habría sido interesante para un siquiatra… totalmente autocrático y reaccionario en sus ideas”.

La misión del embajador es mediar entre la presidencia y las fuerzas de oposición para estabilizar la situación política del país, garantizando así los intereses económicos y que el próximo gobierno sea afín a su país. De pocas palabras y elegancia física, Welles es un neoyorkino de familia rica que conoce al presidente Franklin Delano Roosevelt desde su tiempo universitario en Harvard. Lo persigue hasta Cuba el escándalo de una relación extramarital con la esposa de un senador estadounidense y extendidos rumores de que bajo los efectos del alcohol tenía relaciones con otros hombres.

La prensa estadounidense en la época presenta notables similitudes respecto a la actual en cuanto a posiciones y lealtades políticas. Mientras el New York Times, el Chicago Tribune y la revista Time critican duramente la dictadura machadista, el Miami Herald crea una ilusión de normalidad en la Isla; tiene fuertes intereses económicos con la burguesía cubana y no le interesa o no ve lo que ocurre en la Isla.

El fin de la dictadura comenzó con una pequeña huelga de choferes el 4 de julio, tantas fuerzas políticas conspirando contra Machado y ninguna es la causante de la huelga espontánea que cruza de brazos todo el país. Los cubanos son imposibles de mantener a raya contra su voluntad por más tiempo y en agosto llegan a su límite. Mientras la situación se vuelve cada vez más explosiva, Welles prepara en la madrugada del día 12 la composición del gobierno que sustituirá al dictador.

A las 9:30 pm jura como presidente provisional Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del Padre de la Patria (a quien nunca conoció) y que llega al poder gracias a las gestiones de la embajada estadounidense. El presidente es una creación de Welles, que escribe a Washington pidiendo ser relevado pero Roosevelt pospone su salida. Este gobierno dura poco, llega entonces la rebelión de los sargentos y la pentarquía que nos conduce al Gobierno de los 100 Días, el embajador conocerá pronto a su más peligroso adversario.

Es 10 de septiembre de 1933 y en pleno sol del mediodía sale al balcón del Palacio Presidencial el próximo mandatario, Ramón Grau San Martín. Frente a la multitud reunida allí grita a todo pulmón que se niega a jurar sobre la Constitución de 1901 porque “contiene un apéndice que coarta la soberanía plena del pueblo de Cuba”, la Enmienda Platt. Pasan dos cosas entonces, miles de sombreros vuelan por los aires y el clamor llega a la esquina de la avenida donde se encuentra la embajada yanqui, Welles debe haber visto la escena.

El embajador confía en el poder que yace sobre sus hombros y escribe: “ningún gobierno aquí puede supervivir por un periodo prolongado sin el reconocimiento de los Estados Unidos…”. Rápidamente, Grau nombra Ministro de Gobernación a un hombre que no conoce pero viene con un gran prestigio del oriente del país: Antonio Guiteras Holmes. Tiene apenas 27 años pero será el personaje más importante del nuevo gobierno y adversario directo del embajador.

Comienza entonces un triángulo político que explica mucho la correlación de fuerzas del momento. Welles representando los intereses de un gobierno que públicamente trata de ser el “buen vecino” pero no renuncia a su labor injerencista e imperialista. Guiteras simbolizando el revolucionario llegado al poder que trata de mover hacia la izquierda todo lo que puede su gobierno liberal. Por último el jefe del ejército Fulgencio Batista, que será un experto disfrazando de valor lo que en realidad es cobardía, aparentando sacrificio mientras esconde su obsesión por el poder. Se establecen entonces dos gobiernos paralelos, uno desde la Secretaría de Gobernación y otro desde el Estado Mayor del Ejército.

Lo que Welles y Batista conspiran en la noche, Guiteras trata de descubrirlo en la mañana, le escribe a su hermana: “Batista es astuto, está tramando algo contra nosotros…” y tiene razón. Después de sorprender al jefe del ejército conspirando con el embajador para tomar el poder, Grau le perdona la vida y Guiteras le responde: “los que se perdonan hoy, nos matarán mañana”, palabras proféticas.

La posición de los Estados Unidos hacia Cuba no era homogénea en absoluto. El Secretario de Estado Corder Hull había peleado durante la guerra cubano-hispano-norteamericana y optaba por un acercamiento que era continuamente saboteado por Sumner Welles. El embajador que hablaba de “naciones soberanas”, tenía una venganza personal contra los que habían destruido su preciada criatura: el gobierno de Céspedes.

El embajador coincidió con el joven ministro en el cuartel de Columbia y al verlo lo trató despectivamente mencionando incluso la posibilidad de desembarco de los marines estadounidenses, error. “Señor Welles, está injuriando al Secretario de Gobernación y de Guerra y Marina del gobierno revolucionario cubano y no puedo tolerárselo, en consecuencia tiene usted diez minutos para abandonar mi despacho y toda el área del cuartel Columbia. De lo contrario me veré obligado a ordenar su arresto…”. Welles replicó apelando a su inmunidad diplomática pero Guiteras le recordó que Estados Unidos no había reconocido su gobierno y por tanto no era embajador de nada, que de los diez ya habían pasado tres minutos. Batista no podía creer lo que estaba viendo.

Welles continúa conspirando de manera unilateral con Batista y las fuerzas opuestas al Estado, incluso ignorando conscientemente la posición de su presidente. Desde Washington el Secretario de Estado transmitía que “la injerencia en los asuntos internos de Cuba era la última cosa que deseaba” Roosevelt. Grau exige entonces a Washington “poner término a la perturbadora acción del embajador Welles, que mantiene relaciones y negociaciones con los enemigos del gobierno”, será el fin de Welles en Cuba.

El embajador que llegó a la Isla prometiendo el respeto de su soberanía se marchó discretamente el 13 de diciembre de ese mismo año. Por su despacho desfilaron los mayores enemigos de una revolución democrática que cometió el pecado de aspirar a la autodeterminación. Muchos años más tarde, describió su labor en Cuba como una “negociación y mediación amistosa, con pleno respeto a los derechos soberanos del pueblo cubano”.

En vísperas de la apertura de nuevas relaciones diplomáticas entre ambos países, vale apelar a la memoria histórica y el deseo de que el próximo embajador tenga un desempeño más feliz que Welles y se comporte realmente como embajador de naciones soberanas. El tiempo dirá la última palabra.