Bajo sol del Caribe, iluminados por esta claridad enceguecedora, no proliferan en Cuba, ni en bosques, ni en lomas, ni en sabanas, los hombres lobos. El licántropo no tiene cómo asustar en playas de arenas blancas, donde no hay bruma ni espesura.

Aquí el ser más misterioso que tenemos es el Güije, negrito tocador de nalgas, amante de las bromas y los ríos, más jodedor que horrible, más gnomo que monstruo, especie de cimarrón de los bichos raros.

En todo caso alguien ha visto al Babujal, que chilla en las noches como aparecido. Pero hombres lobos nadie ha visto, quizás hombres peludos, como aquel tan velludo que fue a consultar su desgracia con un médico y desesperado le preguntó ¿qué padezco doctor, qué padezco?, y el especialista le respondió: “padeces un osito”.

Este no es país de Apolos, ni de carros alados, ni de tridentes y marejadas causadas por dioses; aquí el mar penetra, como si se tratara de un acto sexual estrepitoso, que lo inunda todo y todo lo humedece.

Los hombres lobos y los vampiros se aburren, Juan Padrón tuvo que imaginar una fórmula a base de sustancias jugosas y coloridas que diera a los descendientes de Drácula la posibilidad de pasear bajo el sol de este archipiélago.

No tenemos hombres lobos, pero sí contamos con hombres bobos, peores que los licántropos. No necesitan de la luna llena para transformarse con dolor delante de nosotros, de la nada un hombre de apariencia común comienza a hablar boberías y es como si el sol le hubiera achicharrado las entendederas.

Prolifera en nuestra cultura el hombre diletante, y deberíamos incluir aquí a las mujeres, pero prefiero cogerla con los hombres. En los parques, plazas, barberías, taxis, bodegas, estanquillos de periódicos, colas de bancos, bancos de colas, teatros, estadios de béisbol, oh, sobre todo en estadios donde se juega a la pelota, se habla en Cuba, desde siempre, mucha bobería.

Todos sabemos de casi todo, no hay tema que nos parezca extraño, y no es porque seamos tan instruidos sino porque poseemos la temeridad del bobo, que habla por los codos de biotecnología, derecho, entrenamientos avanzados de deportes extremos, ingeniería civil, experiencias en hoteles, restaurantes, parajes inhóspitos, países inexistentes.

El hombre bobo no crea pánico en caserones de ventanas batientes bajo la lluvia escalofriante, sino que deja pasmado al auditorio con conceptos, definiciones, e historia de vida basada en disparates, sin basamento científico, sin sentido común, y contra la lógica más básica.

Así el hombre bobo te puede recomendar un remedio contra el asma que parece más brujería que medicina, te puede contar que estuvo en el Kilimanjaro, en plena cordillera del Himalaya, que sabe manejar autos desde los siete años, que lo mejor que hay para bajar de peso es la manteca de puerco, que su abuelo fumó cigarros hasta los noventa años por lo que eso del cáncer es un cuento, que si seguimos alentando a los homosexuales las mujeres no van a encontrar pareja, que tomar el orine propio en ayuna limpia el organismo, que el fruto de la planta llamada Noni cura todas las enfermedades, que el corazón manda al celebro, y que a los violadores hay que arrancarles las partes para que no reincidan.

El hombre bobo está en todas partes y es cualquier persona, cuando es un anciano nos vende su bobería como sabiduría ancestral y cuando es un joven como lo último en tecnología. Todos quieren dar clases y nadie quiere leer, es más común que el romerillo encontrar personas que defienden que se puede saber sin estudiar, ni observar, ni escuchar, ni diálogar.

Detrás de los árboles y de las ruinas de edificios no nos espera el aullido del hombre lobo sino la letanía del que nos quiere enseñar su bobería.

Cuídense de los que han ido a todas partes, han arreglado todo tipo de muebles, han socorrido todo tipo de lesiones, han participado en todo tipo de trifulcas, han amado a todo tipo de mujeres y hombres, han degustado todo tipo de platos y estado en las más difíciles situaciones de supervivencia; detrás de su piel de cordero sabichoso puede esconderse el hombre bobo.