En la Unión Soviética tenían un chiste político que no era gracioso ni se decía en voz alta. Contaban de un tren simbólico que de repente se detiene, Lenin iba al frente y arenga a los pasajeros a echarlo a andar. Todos se bajan, empujan (algo que dudo sea posible) hasta que continúa al tren su camino. Tiempo después vuelve a detenerse y Stalin que estaba al frente arenga a continuar la marcha con el bonito incentivo de “quien no empuje, será fusilado”. No faltó nadie por bajar a empujar hasta que el tren se movió nuevamente. Pasan los años y el tren se detiene una vez más, con Brézhnev al frente. Sin saber qué hacer, arenga a los pasajeros a sentarse al lado de las ventanillas, moverse hacia delante y atrás, “para que los de afuera crean que esto sigue avanzando”. Desde entonces el tren no volvió a moverse.

La noche que escuché este chiste me reí con el dolor de quien le resulta familiar la metáfora. En Cuba también hemos bajado todos a empujar, otras veces cometieron el error de obligarnos a hacerlo y no faltan los que nos instan a disimular el movimiento. Recuerdo que en la enseñanza secundaria era rockero, de pelo largo y ropa oscura. Por suerte no existen fotos de la época que me delaten. Tuve un profesor entonces que nos enseñó las primeras nociones de política, muy crítico con el voluntarismo y las metas propagandísticas del momento pero era difícil criticarlo porque predicaba con un ejemplo difícil de imitar. Con él era un gusto echar a andar el tren nacional.

Poco después de eso ingresé a la Juventud Comunista. Entre nosotros nadie sabía bien qué era el comunismo (posiblemente nuestros padres tampoco) y aprendimos entonces a identificarnos como jóvenes de izquierda más allá de las etiquetas, estábamos orgullosos de serlo. El día que uno de nosotros salió ilegalmente del país nos enteramos por los rumores de los profesores, pronto tendríamos otra lección política. Contra nuestra voluntad tuvimos que hacerle una sanción (bastante metafísica para ser una organización marxista) y expulsarlo de nuestro Comité. En estos días cuesta quitarme esa escena de la cabeza que fue al más puro estilo estalinista, algún día tendré que exorcizar esa culpa por escrito.

Como diría el músico Carlos Varela: “o te subes o te bajas o te olvidas del tren”

Me gusta pensar que sigo empujándolo a pesar de los errores de algún que otro maquinista.

En el 2007 estaba en su punto la Batalla de Ideas.  Como dirigente de la Federación Universitaria me invitan a la Habana para actividades de las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS) que hacían precisamente eso, trabajo social. Si algo había en esos días eran recursos, no sé de dónde salían pero la Villa Panamericana en las afueras de la Habana era una ciudad repleta de instructores de arte y trabajadores sociales. Partí con la ilusión del chico de provincia que llega a la capital con ganas de comerse el mundo, me esperaban mil decepciones.

No se me olvida la dirigente estudiantil que le pregunté algo de la organización y me paró en seco: “fuera del horario establecido no se habla de política”. Por si fuera poco, la chica va a su habitación y regresa transformada con otra ropa, 2 o 3 cadenas de oro en el cuello (tampoco que eso sea determinante pero… ¡WTF!) y se sube a una moto que la esperaba fuera. Ahí quedé yo, confundido, sin saber si el disfraz era el que usaba de día o de noche. La excesiva preocupación por los formalismos del funcionamiento en detrimento de la movilización juvenil y la imposición de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, fueron demasiado para mí. Ese fue mi último año de estudiante asumiendo un cargo, terminando el curso pedí mi liberación y me dediqué más a lo académico. A menudo pienso que esto último fue un error, no se puede renunciar a las instituciones y organizaciones pero la simulación, provoca tal rechazo y descrédito.

Ya no soy rockero y han pasado 8 años desde aquella amarga experiencia. Después de graduado hice un blog de política y terminé subordinando la academia al activismo político. No creo que mi profesor de Educación Cívica en la secundaria imaginara el impacto de sus palabras en mí, quizás fue él quien plantó la semilla de que los cambios no se le pueden confiar a otros y desentenderse. Los cambios se hacen desde dentro, a través de la participación activa.

El chiste soviético tenía toda la razón, ya conocemos el desenlace y hay un refrán que dice “guerra avisada no mata soldado”. Dicho esto, no puedo evitar ver señales mixtas en mi país, desde la participación positiva, pasando por la obligación y la simulación. Hay que cambiar lo que deba ser cambiado pronto porque la suerte viene y va como el humo del tren y si no tenemos prisa, el próximo chiste doloroso será el nuestro.