Yoanni Sarmiento llegó a Brasil hace dos años, como becario de una Maestría en Electromagnetismo Aplicado en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Graduado de ingeniería en telecomunicaciones en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, dejaba atrás su trabajo en el Centro Nacional de Radares, de la ciudad Camagüey.

La aprobación de la maestría fue una de las mejores noticias de su vida. Pero después de estar en el gigante suramericano, poder integrarse a los cuerpos de baile de las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos, ha sido una salvación.

“Días antes de los Juegos supe que murió mi padre, allá en Guáimaro. Los ensayos me empujaron a seguir adelante”; me dice todavía emocionado.

“En Río hay una vida muy parecida a la de Cuba, con personas muy hospitalarias y alegres. Enseguida le cogí la vuelta. Comencé a disfrutar la samba y los carnavales cariocas, y fui a los bares latinos. En uno de ellos los responsables me observaron y me pidieron hacer clases de salsa cubana y bailes latinos en sus eventos. Acepté y preparé un espectáculo que bailo en algunas discotecas de Copacabana, en las zonas sur y centro de Río de Janeiro. También doy clases de salsa cubana en las academias de baile aquí”.

“Para las ceremonias nos hicieron bailar ritmos brasileños y otros reconocidos a nivel mundial. Fue un momento de disfrute más que de nervios. No tenía nada que perder. Además conocía todos los bailes, porque desde que llegué aquí no he parado de bailar y de aprender”, insiste Sarmiento.

“Cuando me seleccionaron para estar la ceremonia de clausura la alegría fue muy grande. Pero una cosa es saber que estarás dentro y otra diferente es la gala, no por las luces o la presión de que todo te salga bien, sino por la emoción de saber que estás allí. ¿Cuántos cubanos tuvimos esta oportunidad en la historia? Era algo que no tenía ni en sueños y se me dio”.

Sarmiento aprendió sus primeros pasos de baile en su pueblo de Guáimaro, al sur de Camagüey y casi a un paso del oriente cubano. “De pequeño fui rapero, poeta, bailarín, hasta conductor de un guateque campesino. Hacía de todo para representar a la escuela. Una vez el Ballet de Camagüey vino al municipio, me hicieron las pruebas y aprobé, pero yo quería ser músico. Además a mis padres no les gusto la idea del ballet, cosas de machismo…”

Pero, además del baile, la otra pasión de Sarmiento siempre ha sido el deporte. De niño participó en campeonatos provinciales de balonmano, baloncesto y voleibol. En el preuniversitario siguió con el voli y debutó en atletismo. Y en la universidad continuó con el atletismo e incorporó el béisbol, deporte que ahora, en Brasil, le sirvió para integrar el equipo Cariocas, con el que recientemente ganó el Campeonato Estadual de Río de Janeiro.

Las Olimpiadas, por tanto, sencillamente le unieron sus dos grandes pasiones.

“Pensé en participar de voluntario, pero con lo apasionado al deporte que soy me sería difícil estar trabajando en un mismo lugar sin poder disfrutar del resto de los Juegos. Entonces, me enteré de las pruebas de aptitudes para seleccionar a las personas que participarían de las galas de inauguración y clausura de los Juegos. Y esa fue mi salvación. Pude ser parte de las Olimpiadas y ver además momentos históricos como la victoria de nuestro luchador Mijail López”.

Brasil es para este joven camagüeyano una luz. Muchas de sus sombras se despejan. Siendo profesional en Cuba no tenía tiempo ni para el baile ni para el deporte ni medios para ayudar a su familia. Eso ahora es historia antigua. Sus metas a corto y largo plazos se yerguen en Río. En noviembre se presentará con su equipo de pelota, Cariocas, en el Campeonato Nacional en Sao Paulo. Seguirá con las clases de baile, y de Copacabana a Ipanema le llamarán con el nombre de su tierra natal.

Ahora que pasa la euforia post-olímpica, el ex-reparador de radares meteorológicos volverá a los detalles de su tesis, se hará doctor en Brasil o en otro país, y luego quizás comenzará a trabajar como profesional para ayudar más a los suyos, que ahora solo reciben de vez en vez lo que le queda al joven luego de los 1 500 reales al mes de la beca y el extra que consigue por el baile.

“Con 30 años he logrado cosas que no esperaba, así que pienso seguir en busca de aquellos sueños que creo no se alcanzan, a ver si los logro”.