Una cerrada ovación y varios gritos de ¡Viva Yunior! estremecieron el salón A del recinto Expo-Holguín aquella mañana de septiembre de 2015 en medio de la asamblea provincial de la Asociación Hermanos Saíz. Yunior García Aguilera, con 32 años, pero ya reconocido por la crítica artística como uno de los autores jóvenes más sobresalientes de las tablas cubanas, le formuló 15 cuestionadoras preguntas a Luis Antonio Torres Iribar, entonces Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba PCC en la provincia.

“¿Por qué criticamos un mundo hegemónico si dentro de Cuba vivimos la hegemonía del partido único?; ¿Por qué a quien intenta revolucionar las cosas se le tilda de contrarrevolucionario?”, fueron algunas de las preguntas.

El cuestionamiento puso la atención oficial sobre Yunior y despertó no pocos mitos. En el ámbito cultural se comentaba que estaba preso, que lo iban a expulsar del sector de la cultura y que no podría hacer más teatro. Sin embargo, estas no fueron más que conjeturas, a casi tres años de aquel acontecimiento, Yunior todavía lo ve como algo que en su momento fue necesario decir.

García Aguilera nació en Holguín, al noreste del país, en un hogar de testigos de Jehová. En la Escuela Nacional de Arte (ENA) de La Habana, estudió actuación. Luego ingresó al Instituto Superior de Arte (ISA) y se graduó de la especialidad de Dramaturgia. Regresó a Holguín y el grupo Teatro Alas Buenas le abrió las puertas.

En 2011 obtuvo una beca en Londres de escritura dramatúrgica y es autor de piezas reconocidas en las tablas cubanas como Sangre (2008) Semen (2011) Pasaporte (2014) y Jacuzzi (2016), las cuales además de presentarse en Cuba, han subido a escenarios de los Estados Unidos, Brasil, Colombia e Inglaterra. En 2004 fundó el grupo Trébol Teatro dentro de Teatro Alas Buenas y lo materializó como proyecto independiente en 2009 con la obra Cierra la Boca.

A Yunior me acerqué con la intención de hacerle varias preguntas, casi 15, animado por devolverle, salvadas las muchas distancias, el reto que él una vez asumió.

Yunior García. Foto: Havana Times.

Yunior García. Foto: Havana Times.

¿Cómo ves la dramaturgia cubana hoy?

La veo bien. Hubo momentos de vacío. Años en que los dramaturgos se graduaban del ISA e inmediatamente se iban al extranjero, por eso muchas veces los teatrólogos tenían que asumir el rol de dramaturgos y de ahí surgieron grandes autores como Nara Mansur, Abel González Melo o Norge Espinosa.

La generación en que me incluyo la integramos un grupo de estudiantes que teníamos necesidades de escribir un teatro distinto al que estábamos viendo.

Tengo el orgullo de pertenecer a eso que se llamó los novísimos, que en su momento no fue del todo comprendido pero que a la larga ha dado un puñado de buenos autores teatrales.

Tus obras de teatro tienen mucho de autobiográfico, se alude en varias de ellas a los testigos de Jehová. ¿Es tu sello?

Es muy difícil que un creador se aparte de su vida a la hora de hacer ficción. Yo fui testigo de Jehová, eso fue parte de mi adolescencia.

La Biblia me ponía ante un mundo fascinante. Reformulaba las historias bíblicas a mi modo. Creo que es un libro fascinante, fue mi libro de cabecera durante mucho tiempo y aunque ya no practico ninguna religión, la Biblia sigue teniendo un lugar muy importante dentro de mi biblioteca.

La realidad nacional, sus dolores, sus conflictos, siempre están presentes en tus propuestas.

No podría ser de otra manera. Escribimos no solo lo que soñamos, lo que nos satisface, sino también lo que nos duele, lo que sufrimos.

La realidad del país, de una ciudad, de un barrio, de algún modo estará siempre presente en la obra de cualquier autor, porque es de ahí de donde se parte. En mi caso, he decidido no tener una postura pasiva ante eso, y por supuesto que mi mejor campo de batalla es el arte. Es el lugar donde mejor puedo expresarme para tratar de cambiar nuestra realidad o al menos intentarlo.

¿Consideras que el teatro cubano de hoy está asumiendo el rol que le correspondería a la prensa?

Yo creo que el teatro está asumiendo el rol que le corresponde al teatro, ese es su rol, lo ha sido siempre. La prensa tendría que valorar si ella está jugando o no el papel que le corresponde.

El teatro tiene que ser crítico, cuestionador de la realidad, no necesariamente proponiendo soluciones mágicas para los problemas, pero sí haciendo pensar sobre las dificultades que más pesan.

¿Crees que la censura en el campo de la cultura y el arte es una asignatura pendiente en nuestro país?

A mi juicio, es una asignatura que se ha sobrecumplido, porque se ha aplicado en demasía.

La censura a veces es inevitable, existe y se aplica en todas partes del mundo. Pero muchas veces en Cuba se aplica la censura ingenua, aquella que pretende “proteger al pueblo para que no se contamine con ideas consideradas perversas” u otras tonterías por el estilo.

Hay censuras que han “intentado proteger al pueblo” de una obra determinada y lo que se ha logrado es convertir a esa obra en un clásico. Quizás, no eran tan buena, pero la censura la legitimó porque despierta la curiosidad de la gente.

Lo que logra es que todas las miradas se dirijan hacia esa obra, pero eso a la vez le hace daño a la propia creación, porque entonces uno se pregunta qué le hubiera pasado a esta obra si no la hubieran censurado. Es decir, desvirtúa la dimensión real que puede tener una propuesta.

Eso sin hablar de los prejuicios, los daños que puede provocar en el creador. ¿Cuántos artistas han sido lastimados, han visto su carrera desparecer, han sufrido, hasta se han enfermado de los nervios, por el hecho de haber sido censurados?

A mí me parece que la censura cumple el propósito de proteger la silla de quien está sentado al frente de la burocracia.

Como artista no estoy de acuerdo con la censura, creo en la libertad del arte, en la libertad absoluta de expresión. Como ciudadano que debe cumplir normas de convivencia social, estoy consciente que el arte no puede estar ajeno al medio y a la realidad que le rodea, pero la censura es algo que no debía aplicarse nunca.

¿Qué cambiarías en la política cultural cubana?

Lo primero es que creo que no les toca solo a los funcionarios trazar las políticas culturales del país. Creo que es un trabajo de todos, y sobre todo de los artistas, de las personas que hacemos cultura en este país.

A mi juicio lo más importante es que haya diversidad. En un país como Cuba, es imposible prescindir de políticas culturales, pero esas políticas tienen que aplicarse para mejorar al arte y a los artistas. Siempre que se apliquen para dividir, para excluir, lastimar o censurar, estarán mal aplicadas.

Fragmento de Jacuzzi, presentado en el Mejunje. Foto: Vanguardia.

¿Cómo ves a la Asociación Hermanos Saíz y a la UNEAC en la responsabilidad que les toca de construir un país mejor desde el arte y la cultura?

Yo soy miembro de las dos organizaciones. Creo que las instituciones culturales en Cuba son una conquista, y en ese sentido creo que deben defenderse. Es algo que quizás en muchos países los artistas desearían tener, por supuesto siempre son perfectibles.

Creo que, si algo ha afectado a las instituciones culturales en Cuba, ha sido la burocracia, que es un elemento fatal que está en casi todas las áreas de la sociedad. Despojarse del burocratismo, y darle mayor protagonismo al artista y al hecho artístico, podría llevar a que nuestras instituciones sean más sólidas.

Al cabo de casi tres años de tus 15 preguntas, ¿sientes que alguna de tus interrogantes tuvo respuesta?

Pienso que en buen modo se malinterpretó lo que pasó en esa asamblea. Eran cuestionamientos de un joven que pertenecía a una organización cultural pero que también era ciudadano de un país y tenía inquietudes que trascendían a lo artístico, cuestiones que tenían que ver con la vida de su país.

Yo no tenía otro lugar donde expresar esas preocupaciones y me pareció que el sitio para hacerlo, era en el seno de la organización a la que pertenecía, donde estaban personas que yo necesitaba que me escucharan.

No fue nada absolutamente personal contra Iríbar, con quien incluso como artista puedo tener una relación normal porque me parece que es un ser humano con sensibilidad hacia la cultura.

Además, creo que ese tipo de encuentros son para eso, para decirse verdades, para rectificar errores, para hacer ver lo que está mal, para echar a andar lo que a veces se estanca, lo que a veces pierde su sentido original y deja de ser aquello por lo que surgió, y también para equivocarnos, ¿por qué no?

Al cabo del tiempo no me arrepiento de lo que pasó. Creo que en el fondo fue positivo. Creo que ahora también muchos jóvenes están comenzando a expresarse con sinceridad, a dejar de hablar por las esquinas, están diciendo las verdades frontalmente, con más franqueza, sin adornos.

Creo que eso ha comenzado a echar a andar, no por mis quince preguntas, sino porque va siendo como una especie de signo de esta generación. En mi caso particular jamás tomaron represalias contra mí, por lo menos de manera evidente, pero reitero, fueron las preguntas de un ciudadano que además de ser artista también vive, sufre, y sueña con un país distinto. Algunos planteamientos tuvieron solución, otros no.