La mayor parte de los héroes los vemos en la televisión o las noticias pero si observamos más allá de la superficie empezamos a encontrar actos de heroísmo inadvertidos en nuestra cotidianidad.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Llega en un auto viejo a la universidad, tiene el cinto roído por el tiempo y una camisa de cuadros fuera de moda. En un papel desgastado conserva el calendario anual donde va anotando los cumpleaños de cada uno de sus estudiantes y siempre los felicita con puntualidad europea. El profesor tiene cerca de 60 años pero no piensa jubilarse, no mientras tenga fuerzas para seguir.

Pocos saben que está marcado por la tragedia. Perdió una hija pequeña hace años en el viaje familiar que terminó en accidente automovilístico pero nunca habla del tema en clase, con una excepción. El día que una alumna se echó a llorar por perder a su padre fue él quien la sacó del aula y le dio energías para seguir. Confirmó lo que era un secreto a voces en la clase al decir “yo sé lo que se siente” y el dolor compartido se hizo más tolerable.

El profesor compensa sus pérdidas con el hijo que le queda, al que le exige más nietos de los que tiene y se regodea haciéndole regalos a estos y llevándolos todos los días a la escuela. Tiene otra arma para combatir la melancolía, una universidad de tres mil estudiantes donde muchos lo conocen y aprecian.

Imparte la asignatura de Defensa Nacional, que a pesar de ser muy importante no es la favorita de los muchachos pero ellos evitan ausentarse por compromiso con él. A los tres mejores estudiantes les regala al final del semestre un cuadro enmarcado con la felicitación por sus notas. El Día del Estudiante se gasta el salario comprando pasteles y cosas para celebrarlo con ellos. Así y todo hubo quien se olvidó de llamarlo el día de su cumpleaños, quien comienza a olvidar sus clases y quizás un día no lo recuerde. Esa persona también está marcada por el maestro universitario, que no necesita un regalo o un elogio para dormir satisfecho.

Hoy estamos a unos metros y el profesor me observa, mi rostro le parece familiar. Me pregunta mi nombre y le respondo pero no intercambiamos una palabra más. No sabe que su reputación lo precede y conozco mucho de él. Incluso recuerdo el día de sol abrasador y me dio un aventón en su auto viejo. Su virtud y constancia envueltas en ropa gastada me recuerdan la institución universitaria, que ya empiezo a extrañar.

No es un caso excepcional, como él hay muchos correteando en los pasillos mal pintados de mi universidad, esperando que alguien le tome las manos y les agradezca por haber estado ahí en tiempos duros. Cuando el salario es poco y muchos olvidan la satisfacción del deber cumplido, siempre habrá quienes den lecciones de heroísmo cotidianas, uno de ellos es el profesor.