Kirman Méndez tiene 33 años, la vista segura y un olor como de templo que lo acompaña a todas partes. Así ha sido por casi dos décadas, desde que siendo un niño, con una gubia casera, talló su primera pieza. “Era pequeñita, de jobo, pero para mí fue como si hubiera hecho lo más grande del mundo”, recuerda.

Por entonces, en la zona solo su primo José Luis hacía esculturas de madera, con más tropiezos que victorias, pues la actividad estaba prohibida y cualquiera que fuera sorprendido ejerciéndola podía ser multado o incluso detenido.

“Y, como ahora, nada más usábamos los palos que recogíamos en el monte y los que desechan los carpinteros”, me cuenta este último. “Para una buena escultura lo mejor son las partes que resultan inservibles en carpintería, como los nudos o el corazón. No dañábamos a nadie. Eso no lo entendían algunas personas”.

Pero la necesidad puede más que las disposiciones, sobre todo cuando estas parten de la insensatez.

Como Kirman y José Luis, otros jóvenes del lugar persistieron en su oficio durante años. La Carretera Central, la principal vía de comunicación que enlaza a las provincias orientales con el resto del país, era la única “ventaja” que tenían en sus manos y supieron aprovecharla.

Foto: Amaury Valdivia

“La gente vendía sus piezas con mil riesgos, pero lo hacía”, aclara Kirman, quien por esos años comenzaba a estudiar la licenciatura en Cultura Física en la ciudad de Camagüey. “Al final tuve que dejarla. Me hacía falta dinero y no tenía cómo ganarlo. Ahí fue que decidí dedicarme por entero a la escultura. Aunque ninguno de nosotros habíamos estudiado en escuelas de arte, fuimos aprendiendo entre todos y asesorándonos con artesanos artistas. Lo demás lo hemos ido adquiriendo con la práctica y escuchando a todas las personas que nos visitan”.

Sus “visitantes” pueden ser lo mismo cubanoamericanos acompañados por sus familias que cientos de extranjeros que cada año hacen un alto en el pequeño puesto, ubicado en medio de la interminable sabana camagüeyana.

“Lo empezamos a levantar el mismo día que pudimos legalizarnos como trabajadores por cuenta propia, hace ya como tres años.”

En este tiempo hemos tenido clientes de medio mundo, aunque ahora los chinos son de los más estables. 

“A ellos les encantan las piezas hechas de guayacán, una madera muy olorosa que no se barniza para preservar el color metálico que adquiere, tan fino que muchas personas se las llevan para ambientar oficinas y los lugares más importantes de la casa”.

Foto: Amaury Valdivia

Con el aumento del turismo y la previsible llegada de un mayor número de norteamericanos, Kirman espera que la “temporada alta” se extienda por fin a todo el año.

“Nosotros tenemos la ventaja de que vendemos las esculturas de primera mano, pues somos quienes las hacemos y les damos la terminación, pero no siempre se trata de una cuestión de precio. Aunque estamos al lado de la carretera no es lo mismo que si montáramos el negocio en La Habana o Varadero; en esta zona dependemos del tránsito. Creo que la verdadera potencialidad de todo esto se verá en un par de años, cuando el turismo esté más cerca de donde debe”.

En un lugar donde toda lógica les reservaría como destino el trabajo agrícola o la emigración, Kirman, su hermano y el resto de la familia, insisten en tallar su propio camino. Junto a la carretera, donde siempre han vivido.