La Unión Soviética se enfrentó a Estados Unidos en una guerra de símbolos que perdió. Décadas más tarde Cuba se encuentra en la misma encrucijada.

Las balas del pasado son los símbolos del presente. La mayoría de las guerras actuales ya no son con armamento militar sino con influencia cultural, simbología nacional y manejo de la imagen. Esto lo saben todos los gobiernos del mundo, incluido el nuestro, pero algunos siguen aferrados a un discurso desfasado mientras el resto vemos lo esencial escaparse entre las manos. Y no es la primera vez que esto ocurre.

En 1959 el presidente soviético alardeaba ante el mundo: “la URSS mejorará los niveles de vida para alcanzar y superar América”. Tenía lugar la guerra simbólica más intensa de la historia humana y un momento clave de la confrontación sería el verano durante la Exhibición Nacional Norteamericana en Moscú. Cuba empezaba a caminar por sí sola en un mundo dividido en dos.

Nikita Jruschev había llegado de obrero metalúrgico a ser el presidente de los soviéticos que denunció los crímenes de Stalin, creía que podía alcanzar cualquier cosa y ese fue su error. Quiso competir materialmente con los Estados Unidos en una exhibición pública de sus respectivos logros como sociedad. Que cada nación mostrara lo mejor de si. Él y sus sucesores no entendieron que la sociedad estadounidense no satisface las necesidades humanas sino los deseos más íntimos, la batalla siempre fue desde lo simbólico.

Estados Unidos está generando símbolos políticos desde mucho antes de la Revolución cubana

Su adversario en ese momento fue el entonces vicepresidente Richard Nixon, que escalaba posiciones políticas y reputación por su imagen de anticomunista. Curioso enfrentamiento entre dos líderes que soñaban ganar la gloria y ambos acabaron perdiendo. Nixon cayó en desgracia por la guerra de Vietnam y el Watergate. Jruschev nunca pudo cumplir sus promesas de superar la producción estadounidense en 7 años, o nunca. Pero en ese momento eran los líderes del mundo y tenían un escenario donde pavonearse.

Se le conoce como el Debate de Cocina o Guerra de Electrodomésticos y tuvo lugar en Moscú. Mientras los soviéticos se concentraron en exhibir sus avances espaciales con pompa, los estadounidenses llevaron una “casa modelo” que supuestamente estaba al alcance de cualquier persona con salario digno. En realidad esta última tenía tan buena construcción y tecnología, que los mismos expositores afirmaban que nadie en Estados Unidos se podía permitir ese lujo. Pero esto último no transcendió porque el show se lo robaron los líderes allí presentes, la cocina estaba servida.

Foto: Thomas J. Flickr

Nixon y Jruschev caminaban por la exposición seguidos por un ejército de periodistas, hablando sobre sus respectivos sistemas económicos y políticos. El soviético repetía que su país se concentraba en “cosas que realmente importan” y no en aparatos “superfluos”. Nixon le replicaba que esas casas costaban 14 mil dólares en su país y estaban diseñadas para hacerle la vida más fácil a la mujer, mientras su oponente replicaba “nosotros no tenemos esa actitud capitalista con las mujeres”. El primero lo provocaba diciendo que sería mejor competir con lavadoras que con cohetes y era respondido “sí, pero tus generales dicen que debemos competir con cohetes. Y somos más fuertes y acabaremos venciendo”.

Jruschev no venció esa batalla ni los soviéticos ganaron la Guerra Fría. Mientras la URSS demoró la transmisión del debate y lo puso al aire tarde en la noche editando fragmentos donde su presidente no lucía bien, Estados Unidos lo exhibió íntegro en horario estelar, sabían que tenían una carta de triunfo. Los soviéticos lo vieron en sus casas en blanco y negro, los estadounidenses podían verlo en colores. Las victorias y el diablo, están en los pequeños detalles.

En 6 semanas 3 millones de rusos habían caminado por la exhibición donde su enemigo jurado presentaba una línea de electrodomésticos nunca vistos por ellos. El resto de ellos lo vieron todo por televisión y lo demás es historia. Perdieron la Guerra de los Electrodomésticos y la Fría, de la misma forma en que nos vienen ganando en Cuba desde el 17 de diciembre de 2014. Estados Unidos está generando símbolos políticos desde mucho antes de la Revolución cubana.

En la actualidad Cuba tiene prohibido por ley utilizar los emblemas nacionales en casi nada, la simbología se utiliza más con nostalgia del pasado que pensando en el presente. Prácticamente no existe subvención a programas de comunicación que realcen el sentir patriótico y cuando se realiza algún producto audiovisual o escrito que eleve el sentimiento nacional, a menudo resulta patético. Mucho me temo que quienes deciden estas cuestiones están acostumbrados a las balas y no los símbolos, incluso algunos padecen la misma enfermedad triunfalista de Jruschev.

Mucho me temo que la Guerra de Electrodomésticos en Cuba está siendo sustituida por una guerra entre nosotros mismos. Y es difícil defenderse con manos atadas o bajo el fuego amigo.