¿Por qué un niño cubano de ocho años puede llegar a conocer con tanta profundidad a Harry Potter, justo como si fuera su hermano o su mejor amigo?

La interrogante me asalta mientras pienso en mi sobrino o en la mayoría de sus amigos del barrio, que idolatran a un personaje fabricado por Hollywood y no a Elpidio Valdés. Cuando este último es la encarnación (trazos y animación mediante) de la historia y las esencias de los cubanos.

Ante este contexto se gestan varias reflexiones y cada una de ellas toma cuerpo de frente a una misma geografía, negada a pasar de moda: la aldea globalizada que nos rodea día a día.

Resulta que la Globalización viene a ser una “nueva modernidad” que pretende extender los hilos de sus redes a los sitios más insospechados del planeta. Tal manifestación opera como un concepto impreciso, esculpiendo la realidad a través del molde de una sociedad universal, donde ¿desaparecen? distinciones étnicas, credos religiosos, tendencias políticas, condiciones socioeconómicas y culturales.

No es de extrañar entonces que este fenómeno invada nuestras costumbres y convenciones sociales, al imponer rutinas mercantiles propias de países con avanzados niveles de desarrollo. Así, irrumpe en las más diversas esferas de la vida: en las formas de vestir, los patrones de consumo, los mecanismos para fomentar conocimientos, hasta en las maneras de comportamiento en colectividad.

En Cuba la “maldita circunstancia del agua por todas partes” no logra enclaustrarnos como seres de probeta.

Entonces los animados de Tom y Jerry se traducen al árabe y en las películas chinas de artes marciales los actores hablan inglés. Mientras tanto, en el área extendida de Pinar del Río a Guantánamo, aterrizan diariamente naves espaciales que llegan desde un más allá colmadas de simbolismos.

Junto a tantos mucho pesos, nuestra isla carga para bien o para mal, con los efectos de este creciente entramado. Las escuelas secundarias y los preuniversitarios engendran pandillas de adolescentes que se atraen entre sí, porque juntos inflaman los registros vocales de Justin Bieber a golpe de tanta euforia.

Y bienvenida sea la alegría juvenil y los sentimientos de agrado que de lo extranjerizante emane. Lo triste es constatar cómo muchos de esos jóvenes construyen sus paradigmas, seducidos únicamente por el supuesto exotismo de lo creado afuera de nuestros mares. Se produce, de esta forma, una caída de lo autóctono para privilegiar lo importado.

Conozco varias muchachas que nunca han escuchado una sola letra de Silvio Rodríguez, sin embargo dominan con precisión milimétrica cada fragmento de show melódico e indumentario de Lady Gaga.

Por otra parte, cada vez más las calles habaneras o de cualquier otra provincia del país, son el escenario idóneo para encontrar monumentos erigidos, a través de la semántica del t-shirt, a banderas, personajes y horizontes foráneos.

Yo misma siento debilidad por las camisetas de Snoopy, de Mafalda, o de los Minions. Me seduce la quietud de la garganta de James Blunt, y encuentro atractivamente kitsch los tatuajes y el ritmo ladino del líder de Maroon 5; pero se me eriza el espíritu cuando escucho a Bola de Nieve agonizando y renaciendo repetidamente sobre su piano.

¿Será totalmente sombrío tal panorama? No lo creo. Habría que reprochar entonces la evolución de la especie, el progreso tecnológico, la socialización e interrelación de los seres humanos. La Globalización funge como una tendencia sucesiva aparejada al desarrollo de las sociedades, y penetrará con más fuerza cuanto menos se resguarden los valores identitarios de las naciones.

Nada hay más fértil que sentirse a gusto con los elementos que forman parte de la cotidianidad, sean concretos, abstractos o multinacionales. No obstante, desechar por antonomasia nuestra madeja cultural para adoptar como propios modelos de un alejado firmamento, puede alejarnos de la oportunidad de ser nosotros mismos: (con permiso de Silvio) cubanos por todo tiempo, por todo espacio.

No se puede negar que conformamos el ajiaco criollo descrito por Don Fernando Ortiz, y los sujetos globalizados clasifican como otro ingrediente potencial.

A la vuelta de unas horas, mi sobrino se debate entre la utópica posibilidad de volar con Harry Potter o cabalgar junto a Elpidio Valdés. Finalmente confiesa que le encantaría ser dueño de una escoba llamada Palmiche, para gritar por los aires: “¡Hasta la vista compay!”