A la 1:29 de la madrugada del sábado 26 de noviembre fui sacado de mi sueño por un mensaje en el que me avisaban de la muerte de Fidel Castro —luego supe que me estaba enterando justamente tres horas después de lo que para mí es el cierre de una época—, en el mensaje decía “Fidel Castro falleció”. No decía Fidel, ni Castro; y que de esa forma me llegara semejante noticia, fue para mí una metáfora casual de lo que representa, a mi entender, este hombre para la Historia.

Mi corazón se descompasó, mis latidos se aceleraron automáticamente. Pero detrás de este leve desconcierto físico no encontré desequilibrio emocional alguno, me supe vacío, raro, sin una idea formulada en la cabeza; me reconocí abstracto, perdido, incapaz de generar algo parecido a un pensamiento. Solo me dio por despertar a todos en la casa —salvo a mi hijo, a quien no me atreví a quebrarle el sueño—: mi mamá se despertó un tanto asustada y luego de saber para qué la estaba levantando en plena madrugada, siguió durmiendo y luego pude escuchar que hasta roncaba, mi padrastro creo que ni se despertó, y mi hermana solo atinó a preguntar ¿será verdad?, y prendí el televisor creyendo que encontraría una programación especial, pero a esa hora aún la Televisión Cubana parecía no haberse dado por enterada.

Volví a la cama, pero solo conseguí un sueño entorpecido, entrecortado por cualquier ruido noctámbulo, por el más leve azuzeo. A las 5 am desistí de mi sopor y me levanté para entonces sí encontrar a la televisión informada, para escuchar a los periodistas reiterar tan desabrida verdad, y para luego ver la repetición del comunicado de Raúl Castro que hacía a los cubanos sabedores de la noticia. Me sentí compunjido ante su descompostura. Supongo que, el de esa noche, haya sido uno de los peores momentos de su vida.

Luego amaneció —siempre amanece—, salí a la calle, subí a mi tren de cada día, y choqué con una realidad para la que no estaba preparado: para ver a la gente actuar como si nada, hablar de los temas triviales de la existencia, algunos con audífonos, otros escandalizando por amor a escandalizar, y me pregunté si todas aquellas personas sabían, si estaban advertidas, si en sus cabezas ya había calado —como siempre cala hondo— la idea de la muerte.

Recordé que en 2006, cuando Fidel Castro salió de la palestra pública para ser atendido quirúrgicamente, la gente en la calle no dejaba de mencionar ese tema, esa era la noticia y realmente no podía ser otra, percibí efusión, energía y preocupación, honda preocupación por el mañana.

Y ahora que denoto esta abulia, esta ausencia de diálogo entre conciudadanos, este aparentemente aceptar que así es la vida, siento como si Fidel Castro en verdad se hubiese ido hace 10 años, como si ese tiempo que ha mediado desde aquella fecha hasta esta, hubiese servido para preparar a todo un pueblo a enfrentar lo que siempre preví en mi mente como una profunda debacle.