En la segunda quincena de agosto, según el cronograma, se deben haber hecho más de 1 260 consultas populares sobre el proyecto de Constitución en los barrios de La Habana. Un par de meses después, quien controla la información dirá que recogieron sabrá-dios-cuántos-miles de planteamientos y que, de ellos, no-sé-cuántos-miles tenían que ver con el matrimonio y otros tantos con las palabras alcalde, intendente, gobernador. Nos dirán si por fin alguien les hizo swing a los conceptos habeas corpus, bienes inembargables, imprescriptibilidad, o si por fin alguien aceptó que el adjetivo digna complemente al sustantivo vivienda en el debate constitucional.

En realidad, al principio, hubo silencio. El lunes 13 de agosto, en el Liceo de Regla, había 70 personas en sillas, en el suelo, de pie o recostadas a las paredes. Pocos jóvenes. Una mujer filmaba con un móvil. Otra se abanicaba con el tabloide. A las 8:00 p.m., todos de pie, habían cantado el Himno con un background y luego habían cantado la canción a Fidel, de Raúl Torres, en memoria del Jefe, en su aniversario 92.

Un datashow proyectaba fotos suyas. Bandera y escudo en una pared. En una mesa frente a todo el mundo, muy serio, con la mano en la barbilla, Carlos Rafael Miranda, coordinador nacional de los CDR. Junto a él un hombre con pulóver azul que a las nueve menos cuarto había terminado de leer el tabloide, capítulo por capítulo, que al final de cada uno de ellos había preguntado criterios, dudas, y había recibido por feedback a niños corriendo entre las sillas, bostezos, gente secándose el sudor.

A las 8:50 la tercera persona a la mesa, según los vecinos, Niurka Saldívar, segunda secretaria del Partido en el municipio, pide la palabra y dice que fue una reunión muy rápida, que le preocupa que “no hubo criterios de nuestros pobladores” porque se trata de una reunión de importancia para el futuro de Cuba, que esta es “la democracia que muchos países quisieran tener”. Y silencio. Carlos Rafael Miranda toma el micrófono, explica que “esta es la Constitución de todas las cubanas y cubanos”, “la ley de leyes” y que, por lo tanto, son necesarias las apreciaciones del pueblo. Dice que “aquí ni se aprueba ni se desaprueba ninguna opinión”, que “el carácter democrático también va en eso”. Pero nadie habla.

El miércoles 15 había llovido tanto que se suspendió el juego en el estadio Latinoamericano. A las 8:00 p.m., sin embargo, en la calle San José de Centro Habana había 40 personas en semicírculo alrededor de una mesa en la calle frente a la que una mujer va leyendo la introducción, acentúa palabras como Fidel y socialismo. Después va leyendo cada capítulo. Una bandera ondea con el viento atada a una reja; más allá, el escudo. De vez en cuando un trueno parte el cielo.

A Josefina, de 40 años, le preocupa el uso de los símbolos patrios (Artículo 4). “Es muy triste”, dice, “ver la bandera en un delantal”. Hay una ley sobre eso. Yaiko, de 20, cree que en el Artículo 15 debería decir algo sobre “el acceso de las religiones a los medios de comunicación”. Añade que hay países donde las instituciones religiosas tienen programas de radio y TV. En Cuba, dice, estas instituciones no tienen divulgación, excepto la yoruba, que “está más asociada a lo cultural”.

Es lógico. A cada cual le preocupa lo suyo. A la que tiene una cafetería le preocupan las regulaciones respecto a la concentración de riquezas (Artículo 22) y habla a nombre de los cuentapropistas y de los campesinos, a quienes “debe permitírseles tener dos Ladas” si no se los compran “con dinero robado”, sino “con sacrificio y esfuerzo”. Dice que deberían enfocarse en regular la concentración de riqueza ilícita, y menciona al bodeguero que roba, al del agro que roba, a todo el que roba. Como no hay campesinos ni muchos dueños de cafeterías en el semicírculo, casi nadie la apoya. Ni a Reynaldo, que propone que el Estado promueva no solamente la inversión extranjera, sino también la nacional (Artículo 28).

A veces atraviesa el semicírculo un grupo de turistas con cervezas, un piquete de chamacos con bocinas, un carro. En la mesa, un hombre con bigotes hace de conductor y una mulata china toma notas con bolígrafo. Dijeron que eran una comisión del Partido municipal. Llovizna.

Josefina y Yaiko arremeten contra el Artículo 68, que trata el matrimonio. Josefina desde el estereotipo (¿Qué enseñanzas puede tener un niño que se críe con una pareja gay?); Yaiko desde la Biblia (Dios creó a Adán y a Eva, no a Adán y a Adán). Empieza la discordia. Hay quien dice que el matrimonio gay disminuye la natalidad, quien dice que Fidel no lo hubiera permitido y quien dice que sí, que lo permitan, pero que no los dejen adoptar niños. Yuri, cantante, dice que prohibir esto sería volver a los años 70. “¡Hay que abrir la mente!”, grita alguien. “¡Hay que abrir la mente pero no el culo!”, responde otro.

“Yo escuché en la Asamblea a una diputada que dijo: los viejitos no pueden ser una carga para el Estado”, manifiesta Roberto. “Ahí (Artículo 70) dice que los hijos deben hacerse cargo de sus padres, pero ¿cuántos casos no conocemos de viejitos que han dedicado la vida a sus hijos y sus hijos no se ocupan? ¿A dónde van a parar esos viejitos? Hay que mirar ese tema seriamente”. Aplausos. Llueve duro. La gente se va yendo poco a poco. El del bigote apura los artículos. “¡Que quiten lo de la vivienda digna!” (Artículo 82), apunta Josefina: “digna es una vivienda que tenga su placa, que tenga lo necesario. Pero aquí no hay na’ de eso. ¡A no ser los que viven como Bartolo!”. Suspendido por lluvia.

Lunes 20. Calle Teniente Rey, Habana Vieja. En un aula de la escuela primaria René Fraga Morenos, lo mismo: 20 personas en sillas, la bandera, una mesa desde donde conducen la reunión. Igual que en Centro Habana, aquí van a hablar dos o tres vecinos y los demás harán solo murmullos. En las tragedias griegas los héroes mueren y el coro los mira y comenta desde atrás.

José Manuel es el héroe aquí. No muere, pero habla. Propone, por ejemplo, que en el Artículo 12, que afirma que Cuba repudia cualquier tipo de tratado que desconozca su soberanía, se agregue “y continuará exigiendo la devolución del territorio ilegalmente ocupado en Guantánamo”, de tal manera que si un día lo entregan no haya que modificar la Constitución. En el 121, propone que el presidente esté en el cargo por dos mandatos consecutivos, solo si la Asamblea Nacional no valora conveniente que siga ahí. Respecto a “los viejitos” propone que se agregue que “el Estado continuará prestando atención al estudio y búsqueda de soluciones para las dificultades que enfrenta este grupo etario”. Y propone que se agregue un artículo “que provea de nacionalidad cubana por nacimiento a extranjeros en casos excepcionales”, por si nace otro Gómez u otro Che.

José Manuel tiene 60 años y el tabloide marcado con bolígrafo, de inicio a fin.

José Pablo, el delegado, es más terrenal. Sugiere que la Asamblea “revise estructuras como Vivienda, Planificación Física y Albergues, porque lejos de resolver problemas, generan más” y que se instauren “estructuras más próximas a la población, capaces de dar respuestas efectivas”. Dice además que “las Asambleas (Municipales) del Poder Popular deben ser el punto de partida y de llegada para el ordenamiento territorial (Artículo 186, inciso c), porque la nuestra está supeditada a la Oficina del Historiador y no debe ser así”.

Nuestro héroe joven es Álex. Álex opina que hay que dejar claro que “sobre quienes violen lo establecido recaerá el peso de la ley (Artículos 7, 8 y 9)”. “Los jefes, los directivos, cuando violen esas cosas, que sepan qué les toca, y que tienen que pagar por eso”, dice. También le alarma que los cubanos no puedan invertir en Cuba: “Si un trabajador ha acumulado un dinerito por años y quiere invertirlo, ¿qué ley lo ampara?”.

El resto es coro.

El martes 21 de nuevo están la bandera, el escudo y la foto de Fidel en una reja en calle 50, Playa. Y está de nuevo Carlos Rafael Miranda, pero esta vez en una esquina, de espectador. Una moto en la calle. Gente sentada en el contén de enfrente o de pie alrededor de la mesa. Gente que llega. Gente que pasa y sigue. Anochece. Hay luces amarillas en los postes. Lejos, la torre de la embajada rusa.

Leovirgen, no menos de 70 años, trajo todo por escrito. Redactó sus propuestas de modificaciones lo más, no sé, legislativamente que pudo. En el Artículo 70 (Los padres tienen la obligación de dar alimentos a sus hijos…), propone que no diga hijos sino “niños, niñas y adolescentes bajo su cuidado”, “porque hay quien se ha hecho cargo de sobrinos o de cualquier menor”. En el 71, plantea eliminar la palabra “punible”, respecto a la violencia familiar. Dice que fue al diccionario. Que punible viene de punición y que significa digno de castigo, “pero aquí no queremos castigar a nadie”. Y en cuanto al salario (Artículo 76), cree que el Estado debe “trabajar para aumentar periódicamente la escala salarial de cada calificador de cargo, para que así se alcance el principio de distribución socialista, acorde con el crecimiento de la economía nacional y la redistribución de las riquezas y los ingresos”.

Leovirgen también dice que hay que analizar el tema defensa (Artículo 212), porque si viene una guerra mañana “nadie sabe para dónde coger”.

En la media hora que dura el encuentro hablan ella y Osvaldo, 60 años, que pide adicionar a los requisitos para ser gobernador (Artículo 171), que el aspirante sea delegado, o diputado a la Asamblea Nacional.

Maidelis, del Partido municipal, lee el tabloide entero, insiste en que aquí todo es permisible, en que todos los criterios se recogen, lee las conclusiones y se va con el acta bajo el brazo. No sé a dónde van a parar las actas. Ojalá que los papeles mojados que se llevó la china de Centro Habana hayan llegado secos a algún lugar.