Llegamos al mundo con una etiqueta que nos acompaña toda la vida. Y nos puede traer dolores de cabeza, sexo o el mayor anonimato.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Este post podría parecer muy creído para el que no haya leído a Oscar Wilde. Les prometo que un bloguero presuntuoso sería mucha redundancia y trataré de no pecar en eso así que me limito a los hechos. El 8 de noviembre de 1985 mi padre fue al registro de identidad a ponerme el nombre y se lo negaron redundantemente. Tres días demoró la pelea para que no me cambiaran una j por la h, para poder ponerme un nombre anglosajón en tiempos en los que no era fácil en Cuba. Lo que comenzó como una discusión legal derivó en significaciones políticas absurdas pero subestimaron su determinación y finalmente ganamos. Supongo que mi primera lucha fue ese primer día de nacido.

Desfilé durante los noventa e inicios de este siglo por todo el sistema educacional cubano, teniendo que repetir dos y tres veces mi nombre siempre que me presentaba, tuve que aprender a deletrear muy joven. Quizás en otra parte hubiera sido “cool” pero en Santa Clara era más un problema que otra cosa. Las cosas empezaron a cambiar debido a una casualidad internacional.

Estudiando en la secundaria ocurrió la explosión editorial de Harry Potter y mientras nosotros jugábamos béisbol o andábamos en bicicleta, las chicas empezaron a leerlo con avidez. Bendita sea la muchacha que un día descubrió que Harry es el alias de Harold, de la noche a la mañana empezaron a decirme Harry todos en la escuela. De desconocido pasaba a celebridad temporal, yo que no tenía ni una cicatriz en todo mi cuerpo, que todavía no me había leído ni un libro de esos. Y reconozco que me aproveché de la situación, había que capitalizar el nombre antes que pasaran los 15 minutos de fama.

O me acostaba ahora o nunca, todos los tipos populares de la escuela tenían sexo.

Si entraba yo al club de experimentados sería algo así como el Robin Hood que haría justicia por todos los nerds de la escuela. Y lo logré. Mirando retrospectivamente, demasiado pronto quizás pero con una motivación de justicia y una curiosidad aún mayor. Irónicamente no volví a irme a la cama  con una muchacha hasta un año después. Inmaduro como era, disfrutaba más sabiendo que podía hacerlo con una, dos o tres a mi disposición pero en realidad no eché un polvo en todo ese tiempo. Shame on me.

Los años de Harry Potter pasaron y mi nombre volvió a la normalidad. Pasé el preuniversitario y la universidad sin pensar mucho en eso. En realidad no tenía mucho de que presumir, en la mayoría de las películas los personajes con mi nombre eran tipos gordos y sudorosos que nunca terminaban bien. Mi nombre vikingo era demasiado difícil de explicar y solo podía impresionar brevemente a las incautas que les gustaba el inglés. Con el tiempo surgió la Wikipedia y poco a poco le fue agregando las significaciones del nombre.

Un día alguien me contó que significaba “heraldo” pero todavía hoy no sé de qué. Recién graduado de la universidad una chica me abrió la Wikipedia en su oficina y me mostró la parte donde dice: “se le llama Harold a los hombres que tienen su aparato reproductor grande”, pueden imaginarse lo que ocurrió a continuación. En fin, ¿cuál es la importancia de llamarse Harold? Ninguna, si me hubieran puesto Ernesto no haría la menor diferencia. Sí le agradezco a mi padre que haya peleado por mí desde el primer día, a Harry Potter por haber llegado a Cuba y a la vida por no haber nacido con un nombre terrible. Aunque de ser así seguro tendría otras historias.