Yusmani tiene ojeras y la cara brillosa, como cuando se ha sudado todo el día. El joven tiene 28 años y desde hace seis le dedica todo su tiempo a los así llamados tatuajes instantáneos, o más bien temporales, una oferta que ha demostrado tener éxito en el público infantil y adolescente, y que Yusmani se dedica a vender en los carnavales de todo el país, todo el año.

Por: Aracelys Avilés Suárez

Como un trotamundos va de pueblo en pueblo, de una ciudad a la otra, casi siempre de jueves a domingo, o los días que dure el carnaval. Luego regresa a su casa en Palma Soriano, Santiago de Cuba. Está una o dos noches y vuelve a partir.

“Me gradué de técnico medio en electricidad, pasé el servicio militar, después no encontré nada que me acomodara, y ahí empecé con los tatuajes”. Según Yusmani solo se invierte en pintura una vez al mes y con esa misma frecuencia busca nuevos diseños. La similitud de las figuras a sus referentes originales –lo mismo puedes encontrar a un Batman que el rostro de los cantantes del grupo cubano Los Ángeles– depende de la habilidad de Yusmani para cortar en placa de rayos X los bordes de la imagen que va calcando de un papel impreso. La calidad final la determinará su destreza para aplicar los diseños sobre la piel.

Foto: Alba León Infante

Hasta hace unos años se utilizaban solo dos colores, rojo y negro, pero ahora son seis. Cuando hay escasez de algún pigmento no queda más remedio que teñirle el cabello de mandarina a Rosita Fresita porque el rojo no alcanza, o la piel de amarillo a la gatica japonesa Hello Kitty, porque se gasta demasiado blanco tratando de imitar a la original.

Además de la materia prima, Yusmani debe invertir en transporte, alimentación y un sitio donde dormir. “En Palma hay unos cuantos que tienen catres de venta ambulante, así que nos juntamos y alquilamos un carro para llegar a determinado lugar. Otras veces me voy en botella”.

Yusmani tiene un cuarto seguro a donde quiera que va, alquilado por 25 pesos la noche, ya lo conocen. Llega en las mañanas, con sus telones enrollados montados en una carretilla, y empieza a montar en cuanto puede. Sus desayunos, almuerzos y comidas vienen en forma de cajita de cartón. A veces le brindan cerveza, pero no siempre le gusta tomar.

Foto: Alba León Infante

Al final de la noche divide las ganancias con su ayudante, un hombre de 40 años, encargado de atender los pedidos y cobrar. Hasta su punto de carnaval llegan los niños o adolescentes con sus madres, o solos, también vienen adultos, sobre todo mujeres, que quieren plasmarse unas estrellitas con luna en la espalda, al menos por unos días, como quien hace una travesura. Hay para todos los gustos.

“Si te lo cuidas, te puede durar hasta cuatro días”, le explica una muchacha a otra que está a su lado. El ayudante les busca la plantilla y recibe el dinero. Cada dibujo oscila entre los 10 y los 20 pesos, moneda nacional.

“He llegado a ganar mil pesos en una noche, y sí, da negocio, pero no me veo aquí muchos años más, esto no es vida”. Yusmani tiene en casa a su mamá y a una novia, que lo acompaña “solo a los carnavales cercanos, el resto del tiempo tiene que esperarme”.

Foto: Alba León Infante

Yusmani no tiene ninguna afición por la pintura, ni recuerda sus dibujos de niño. “Si encuentro un trabajo con el Estado que me acomode yo dejo esto”, dice, sin definir muy bien en qué debería consistir esa comodidad. En Palma Soriano será difícil encontrar un empleo por el que gane 4 mil pesos en una semana, pero al menos quizás esté más tiempo en casa.

Yusmani recoge sus lienzos y cuenta el dinero, en el cielo a esta hora se sienten crepitar los fuegos artificiales.