Los inodoros del preuniversitario tenían marca Toto, de cierta forma eran como el cambio de mentalidad cubano: todos creíamos que le tocaban a otro. Aun así cada mañana alguien debía limpiarlos en dependencia de quien le tocara el turno. Ese día el director me ordenó a mí y otros más que hiciéramos la limpieza matutina. Para esto decía una frase olímpica que cumplíamos cabalmente: “hoy no puede quedar un Toto sin limpiar en esta escuela”. Sí, ese martes empezó como un día cualquiera pero cuando ocurre un evento dramático sueles recordarlo para toda la vida. El 11 de septiembre de 2001 los de mi preuniversitario lo recordamos bien.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Las labores de limpieza debieron ser de dudosa rapidez porque tuve tiempo de bañarme y llegar al aula antes de las 9:00 am. Eran los tiempos de la Batalla de Ideas y comenzaba un modelo de enseñanza audiovisual que garantizó un televisor en prácticamente cada clase cubana. Mientras me sentaba a ver la teleclase del momento, el vuelo 175 de United Airlines embestía la Torre Sur del World Trade Center. Pasé cerca de media hora sentado al final del aula hasta que encontré un pretexto para pasearme por la escuela, supongo que a cortejar alguna incauta que sucumbiera a pesar de mi torpeza en esas lides.

Mi primera señal de que algo no estaba bien fue cuando el director me vio conversando en un pasillo a pleno horario lectivo y me pasa de largo. La segunda fue cuando vi a los miembros del Consejo de Dirección teniendo su primera y única reunión de pie en el patio mientras miraban a los estudiantes. Inmediatamente viene el profesor de preparación militar al que cariñosamente llamábamos El Nazi y con una mirada de hielo me suelta: “Harold, hoy pasillos no…ven conmigo”.

Empezamos por la primera clase encendiendo los televisores y había una programación especial de noticias, en cuanto vi que era la señal en vivo de una televisora estadounidense me preocupé de verdad. Recuerdo alguien entrar preguntando: “¿nos declararon la guerra los yanquis?” y al Nazi permitir que algunos estudiantes se sentaran en las mesas. Así, de aula en aula, avisando a todos fui tomando pedazos de información hasta que en la última, de pie junto a la puerta vi caer la Torre Norte. Luego supe que eran las 10:28 am.

Una imagen que no olvidaré nunca es cómo cae la Torre y después del escándalo que había, el mayor silencio que vi en tres años de preuniversitario.

Al principio creíamos que se trataba de una película, todavía en aquella época las imágenes generadas por computadora no tenían esa dosis de realismo, era demasiado increíble para ser cierto. Los profesores ayudaban a entender lo que estaba pasando pero hasta ellos mismos estaban en shock. Ese día las diferencias políticas de Cuba con los Estados Unidos no fueron de importancia, el dolor provocado por el terror era compartido.

Trece años más tarde se estrena el One World Trade Center junto al Memorial y Museo. Tiene dos piscinas semisubterráneas en los lugares exactos donde estaban las torres y en las paredes de éstas están en bronce los nombres de las tres mil víctimas. Si en vez de dar paseos en la escuela hubiera prestado atención a la clase de matemática, entendiería en qué consisten los ocho triángulos isósceles del One World Trade Center porque trece años más tarde, estoy en New York.

Foto: Harold Cárdenas Lema

Me quedan par de horas en la ciudad y muy poco dinero pero la visita es obligada. En el metro un señor toca la Guantanamera pero me da pena preguntarle si es cubano, al llegar me sorprende la nueva torre que han construido. Al One World Trade Center casi nadie le dice así, la mayoría le llama “Freedom Tower” pero a mi parece más bien una autopista vertical. El Memorial es precioso, nadie creería que esa mañana en que estudiaba décimo grado se vinieron abajo varios edificios en la zona.

Voy caminando el parque y de repente frente a mí está el último sobreviviente en ser rescatado del atentado. Un mes y medio estuvo enterrado bajo toneladas de acero y cemento hasta que pudo ver la luz de nuevo. Quemado en un 98%, había sobrevivido a más de 1600 grados centígrados provocados por las explosiones e incendios, no era un arbusto cualquiera sino el Árbol Sobreviviente. Aún casi incinerado, al ser encontrado por los rescatistas y bomberos descubrieron que le brotaban retoños que debieron crecer en la oscuridad de los escombros.

El “Survivor Tree” que fue plantado en los setenta ha sobrevivido el 9/11 y luego a una tormenta que lo arrancó de cuajo en 2010.

Estoy en New York y tengo muchas ganas de conocer la ciudad, lo que no tengo es dinero. Entonces una amiga sugiere lo único que se puede hacer gratis: tomar el ferry de Staten Island. Esa noche un grupo de latinos tomará el ferry en su viaje de ida y vuelta aprovechando el paseo gratis. Un amigo estadounidense me explica en ese trayecto cómo el 9/11 cambió su país para siempre, el impacto fue tan grande que de unos aeropuertos donde despedías a tus familiares en el avión, pasaron a medidas de seguridad casi paranoicas. Esta conversación ocurre mientras vemos de cerca la Estatua de la Libertad, la isla Ellis y el Bajo Manhattan aderezados con 5 grados de temperatura.

El día del regreso estoy en el aeropuerto JFK y debo pasar por el control de seguridad. Las medidas de revisión son extremas como no he visto nunca y me empiezo a preguntar si es porque soy latino o será lo normal. Aunque no he dicho nada, la señora que va detrás me ve la pregunta en la cara y un poco agresiva me dice en español con acento caribeño: “recuerda que nos tumbaron dos aviones”. Yo la miro con algo de culpa y continúo caminando. Antes de despegar el avión las aeromozas explican las medidas de seguridad y me sorprendo. Es la primera vez que veo a todos los pasajeros prestar atención y se hace un silencio que me recuerda aquella mañana en clase que vimos la Torre Norte caer. Supongo que las secuelas del 9/11 todavía persisten en New York, y en todos nosotros. Sí, hay días que recuerdas toda la vida, como los inodoros del preuniversitario.

Foto: Harold Cárdenas Lema