A las 22 horas a mi vecino se le ocurrió que el Concepto de Revolución debía escucharse de la propia voz de Fidel. Como soy periodista y trabajé en la radio me vino a buscar. Me hizo llamar a un amigo, a otro amigo, a un operador de audio. Era difícil a esa hora. Él y su hermano estuvieron barriendo el área donde se firmaría el compromiso a la mañana siguiente.

A cada rato se daba una palmada sobre los muslos y bufaba. “¡Ay mi madre si yo logro tener esa grabación, si yo logro tener esa grabación, solo me falta ESA grabación!” Se le iluminó el rostro, y me dijo: “mira, si tú me la consigues te llevo y te traigo a tu hija a la escuela en todo lo que queda de curso”. Mi vecino conduce un carro estatal, es jefe de algo. Siguió haciendo juramentos. Quería llegar profundo, más profundo, agarrar eso que le quemaba y ponerlo fuera.

A las 23 horas me llevó hasta la ciudad para que le descargase el Concepto de Revolución en la zona Wifi, le pedí que me dejara en Calle 4, quise caminar. Me hizo prometer que a la seis de la mañana le daría el archivo. Por el paseo Martí una muchacha de unos 25 años paseaba a un niño. Yo era el único hombre en la calle. Sombras de ramas negras, sin hojas, se proyectaban sobre la acera. Pensé: “Noche de crimen, en un día donde nadie mataría, ni moriría”.

En una casa casi oscura, con las puertas abiertas dos mujeres negras y ancianas, recortaban papeles bajo una luz blanca y pobre. Me acerqué. Al pie de la puerta tenían preparado un muralito con fotos viejas, amarillentas, apergaminadas de Fidel. Todas las fotos. Una al lado, debajo, y encima de la otra. Madres solas que bordaban un viejo suéter para cuando su hijo volviese de la guerra. Pero ese suéter era ya demasiado largo, metros y metros de estambre bordado. El cuello del abrigo, por donde habían comenzado, estaba ya amarillo como aquellas fotos. Fueron jóvenes, ahora eran ancianas solas y pobres. Sobre el muralito la inscripción ¡¡Hasta siempre Fidel!!

La calle Martí es la columna vertebral de lo que sería “el getto negro de Santiago”. Y Santiago es una ciudad de negros, mulatos y jabaos. Aun de día, con el sol cuarteando el asfalto, Martí parece un barrio nocturnidad y contabando. Con las últimas obras de remodelación será la vía principal para acceder al cementerio de Santa Ifigenia, donde descansan los restos monumentales de Martí, y ahora las cenizas del Máximo Líder.

Unos muchachos y muchachas del barrio conversaban, apretados unos encima de los otros, en un banco. ¿De qué hablaban? No quise acercármeles. Un grupo por allá, también aislado, conversaba sentado en los contenes. Otros caminaban riendo, pero la risa no se oía, aun cuando fueran carcajadas. Todos, absolutamente todos, eran jóvenes.

Subí hasta el Parque Céspedes. Policías frente al ayuntamiento. Más jóvenes. Algunos turistas cuarentones también hacían silencio y hablan en susurros, observándonos. Sólo dos hombres mayores ya, al parecer de la Asociación de  Combatientes, seguidores de Frank País y Fidel, permanecían de pie entre tantos jóvenes. Les pregunté algo y me respondieron amables, pero severos, como les es inherente y como si estuviesen allí, sobre todo, para responder las preguntas de los jóvenes.

Descargué el audio. Miré los medios digitales. Entré a una cafetería y pedí una hamburguesa barata, bajé por Enramadas hasta la heladería y pedí una ensalada, jóvenes y más jóvenes, con inmensas ganas de vivir tomaban helados. Uno de ellos me conoció. Me preguntó si yo no era aquel realizador que habló con él en la Escuela Internacional de Cine. Le dije que sí. Me dijo que estaba aquí en Santiago pasándose un tiempo con su abuela. Aquella vez que hablamos me dijo que estaba allí, de cocinero en la EICTV para agarrar una yuma e irse del país.

Al otro día entregué el audio. Mi vecino lo puso en su carro mientras se aseaba, y la voz de Fidel, con música triunfal de fondo se repitió más de diez veces. Luego parqueó en auto frente a mi casa, donde estaba la mesa de firmar del compromiso y dejó la grabadora prendida, una sola grabación que se repetía automáticamente, una vez tras otra.

Se acercaron unos trabajadores. Un jefe, de unos 50 años, convocó a un minuto de silencio, y les improvisó un discurso en el que no lograba termina una frase sin llorar. Un joven terminó por él. Luego el jefe, que era un trozo magnifico de jabao, retomó las palabras centrales y se disculpó por no haber tenido la firmeza de concluir. Y que su debilidad se debía a su profundo respeto por Fidel. Y que ese respeto debía traducirse de ahora en adelante en compromiso eterno al comandante que había ganado su última batalla, saltando hacia la eternidad.