Rafa se afana por lograr la expresividad en los ojos de ella. A menos de cinco metros el escándalo del bicitaxi reggaetonero intenta traerlo a este mundo. No han pasado cuatro minutos y le llega su hora al carretillero que pregona aguacates. Rafa sigue en lo suyo, avanza en el rostro que tiene en mente. Tampoco escucha los flashazos de las cámaras de turistas que se preguntan cómo puede concentrarse aquí. Esos no entran, “pero la mayoría sí”.

Hace más de un año Rafael Ricabal comparte con otro artista un estudio-taller en la calle Empedrado de La Habana Vieja. Imaginó que estar ubicado en el paso de los cientos de cubanos y extranjeros que visitan cada día la Bodeguita del Medio, podría ser beneficioso para dar a conocer su obra. Hoy es un hecho.

“Por aquí puede pasar quien menos te imaginas, desde coleccionistas importantes hasta actores famosísimos”. Termina la nariz, satura más el rojo y comienza la boca. Aprovecha mientras puede, todo vuelve a estar tranquilo. Incluso al ruido se ha ido acostumbrando: “es algo que puedo superar porque estoy haciendo lo que me gusta”, me dice al poner una pausa en su trabajo.

Foto: Thays Roque.

El espacio que alquilan es la sala de una típica casa colonial habanera. Allí no es posible exponer todos los lienzos que quisiera pero sí los suficientes para demostrar que lo suyo no son los souvenires. Solo en la calle Empedrado existen más de diez locales abarrotados de almendrones, mulatas, paisajes urbanos de La Habana… A él le interesa mostrar “lo que nace desde adentro, lo que verdaderamente se siente”.

Quisiera que quienes lleguen a galería, valoren sus piezas como obras de arte. Para este graduado de la Academia de Artes Plásticas San Alejandro, comenzar a hacer lo fácil, lo que llaman “feria” o “sopa”, no está en los planes por el momento. Y no es que eso esté incorrecto, me aclara, pues “hasta grandes artistas han tenido que hacerlo para obtener los recursos que les permitieron desarrollar su estilo, el que los llevó a la fama”.

Por ahora intenta vender algo en las galerías estatales donde pueden hacerlo quienes como él están inscritos en el Registro Nacional del Creador. Sin embargo, me confiesa entre dientes, esa posibilidad no rinde los frutos que quisiera pues como aún no es reconocido, sus cuadros no resultan muy atractivos en esos espacios, “donde muchas veces tienen prioridad los consagrados”.

A su estudio-taller todavía no ha llegado quien lo invite a exponer, pero sí historiadores del arte y otros especialistas que tienen sitios web para la promoción de artistas: “Pintando en mi casa nunca me hubiera topado con esas oportunidades”.

Foto: Thays Roque.

Ya ha tenido que recurrir al “mercado negro” en varias ocasiones. Son muy pocas las tiendas del Fondo de Bienes Culturales donde puede comprar con su carné de Creador los productos que necesita para pintar. “Somos tantos artistas que a la semana se acabó todo”, me cuenta. Entonces quedan tres opciones: o comprarlos con el precio triplicado en otros establecimientos estatales, adquirirlos “por la izquierda” o encargarlos a familiares y amigos que vienen del extranjero.

Sabía que la escasez de materiales podía afectarle y aun así apostó por su sueño. Ahora no tiene el salario fijo con el que contó cada mes en los Estudios de Animación del Instituto Cinematográfico de Cuba durante cinco años, pero hace lo que le apasiona.

La Habana Vieja lo ha ido cautivando; quizás haga una exposición en esta zona. También ha llegado a pensar que puede ser un buen lugar para comprar en el futuro un local propio donde pueda tener su galería personal e “intercambiar con muchas personas”. A fin de cuentas es un artista nato, le gusta trabajar sin presión. Prefiere ser su propio jefe y “crear con libertad”.

Foto: Thays Roque.