El contrabando forma parte de los ingredientes constantes del sopón nacional cubano. Los piratas que venían a vender y comprar, o a intercambiar en caletas escondidas de la costa de Cuba cuando el gobierno metropolitano español ahogaba a la población con sus leyes proteccionistas y sofocantes del comercio libre y variado, solo han cambiado de medio de transporte y de estilo de trabajo durante los siglos que siguieron a la dominación peninsular.

Ahora los piratas traen ropas, zapatos, queman discos de música, venden internet diferido, conexiones Wi-Fi, cargan pescado hasta la puerta de las casas y viajan cientos de kilómetros en tren, guagua o avión para vender queso en la desmejorada Habana.

Sin mercado negro, sumergido, o informal, como se le quiera llamar, hubiéramos muerto de hambre —o al menos de aburrimiento— porque sin él no variaría nuestra dieta ni nuestro ropero.

El contrabando ha cambiado mucho en las últimas décadas. En la época gloriosa en la que la carne de res venía a las carnicerías cada nueve días había quien vendía su parte a mayor precio, y esto que hoy es inocente parecía pecado en los años de la disciplina socialista.

Se vendían cosas prohibidas en los 80 pero no tanto como ahora, que corren días donde de todo necesitamos y por lo tanto el caldo de cultivo del contrabando es espeso. Ahora se ofrecen cosas robadas, conseguidas, luchadas, hurtadas, sustraídas, desviadas, algunas de ellas se venden en ventanas de casas sin el menor susto del comerciante temerario, otras se pregonan en voz baja al paso del posible comprador.

Fuera de las tiendas todo el mercado pulula a precios mejores, dentro de la tienda hay productos que se muestran pero que no se comercializan porque son para el contrabando.

En el país donde todo está prohibido el mercado negro crece y crece sin parar. Los policías por temporadas persiguen a vendedores ambulantes de aguacates y cucuruchos de maní mientras delincuentes profesionales se llevan medio país para sus casas.

En pueblos como Cárdenas se vende todo lo que se ofrece en los hoteles “todo incluido” de Varadero. En la Habana encontramos pintura de la que se debe usar en la nueva construcción que el Estado impulsa, sazonadores de los comedores para ancianos y pobres, leche en polvo de los círculos infantiles, y yogurt hecho en casa.

Los que receptamos hace décadas somos campeones del mercado negro. Tenemos nuestro propio código de ética para decidir no comprar lo que es robado y para adquirir con entusiasmo lo que es producto del emprendimiento sano, pero prohibido por la obsesión persecutora del Estado.

El contrabando forma parte de nuestra vida cotidiana. Todos receptamos, lo hacen los funcionarios públicos, los honrados, los que creen en la ley y los que son decididos antisociales. Nadie escapa a las ofertas mucho más ricas y constantes del mercado negro, frente a un mercado oficial decadente, sucio, que lo vende todo a granel, que lo ofrece todo fuera de frío, que lo expende todo sin fecha de caducidad, sin garantía y como quien le hace un favor al pobre consumidor obligado a esta única opción.

El Estado cubano no solo ha fracasado al producir lo que necesitamos, sino que también lo ha hecho en la persecución de los que le han sustraído sus materias primas y sus producciones terminadas durante años y años.

Las bodegas, antaño lugares iluminados y alegres, donde se podía tomar un vaso de leche fría o un refresco helado, ahora son tugurios oscuros con tres productos en forma de pirámides construidas por los bodegueros a los que se les exige que el lugar esté limpio y hermoso.

El mercado negro tiene que prosperar frente a una realidad tan pobre. El nombre racista de esta forma de mercado informal basado en el contrabando y la especulación, nos ha acompañado durante toda la vida. Pero nadie quiere vivir arriesgándose a ser multado o juzgado por receptador. Los ciudadanos y ciudadanas de Cuba, que antes de tener derechos como consumidores se supone que los tenemos como cubanos, preferiríamos adquirir las cosas simples que nos ayudan a ser felices a la luz de una tienda y no en la sombra de la ilegalidad.

Yo confieso que he receptado. He comprado, comido, bebido, promocionado y divulgado alrededor del mercado basado en el contrabando y la informalidad. No acepto ser un delincuente por eso. Soy apenas un ser humano en una situación de supervivencia, en la que la escala de valores cambia y se dinamiza. Sabemos que la vida es el valor mayor, sabemos que deben crecer nuestros hijos y que ellos tomarán leche, también después de los siete años, la venda el Estado o no, venga o no venga por la libreta de abastecimientos.

Yo he receptado y a la vez jamás he robado, ni hurtado, ni sustraído ningún bien del Estado ni del pueblo. Vivir mediante la violación de la ley nos hace poco a poco menos aptos para la vida decente y civilizada. Por eso la ley debe aprender a respetar nuestra pobreza y nuestro dolor y así, poco a poco, conviviremos con ella con respeto y no desconociéndola o esquivándola.