Ángel creció en el central Carmita, en una casa de tablas al pie de una loma. No conoció de los tres infartos de su abuelo ni de la escasez agobiante que le hizo retornar al campo después del primer aviso de enfermedad. Tampoco lo vio volver con la guataca al hombro a punto de mediodía y la mano apretada contra el pecho. Esa tarde, las espigas de arroz quedarían sin labrado: el viejo dejaba con descanso el mundo de los vivos y legaba el pedazo de tierra a sus tres hijos universitarios.

La familia de Ángel ha sido pobre por décadas. Pobre pero honrada. Pobre pero instruida, como la mayoría en Cuba. Se nace con una estrella en la frente o con un guisaso entre las nalgas, dice siempre su tía. Él y su hermana gemela nacieron con el nuevo milenio, y parece que con el guisaso. En plena adolescencia no conocen de la novela en televisión a color, ni de DVDs, ni pueden tener una computadora en la casa. Su madre ha tenido que criarlos sola.

Hace dos años que Ángel tomó la decisión de estudiar el onceno grado y partir los fines de semana a sembrar la misma tierra que le curtió la piel al abuelo. Aprendió el ciclo del ajo, del ají, de la habichuela.

Esquivo y sin detener la mirada un momento cuestiona mi pregunta: “¿Por qué trabajo en el campo? Tú no ves que es donde único se ve el fruto. Te explico: si te pagan por construir, lo que estás fabricando lo disfruta otra persona. Lo que cosechas en el campo es para ti, para tu consumo, y aparte le puedes sacar dinero”.

Foto: Yariel Valdés

En los meses de vacaciones Ángel no va a Varadero. No conoce de playas azules, ni de La Habana, ni ha salido de la provincia jamás. Sus días libres transcurren en el río putrefacto del batey. Ni él ni su hermana reciben paquetes del extranjero. Para celebrar sus quince años estuvo una temporada en la siembra y recogida de arroz.

“Mira, la cosa es que de 7 a 11 de la mañana  te pagan 50 pesos y por las tardes 40. Mucha gente de mi edad aprovecha la época del ajo en tiempo de frío para hacer algún dinero, pero ya nadie quiere trabajar en el campo a tiempo completo. Se han ido para el turismo en los cayos o se contratan con los zapateros de Camajuaní. Claro, eso es más cómodo y fácil”.

“Yo trabajo por necesidad, ahorro el dinero para comprarme ropa, zapatos…para salir por las noches los fines de semana y ayudar a mi hermana también. Si no lo hago por mi cuenta, ¿quién me va a dar las cosas? La verdad es que prefiero tener mi propia cosecha porque le puedes sacar mejor provecho que trabajando para los demás. Cuando es tuya no crees en los aguaceros ni en el sol que haga”.

Después de cuatro meses metido hasta las rodillas en el fango para lograr su propia colecta, los ajos de Ángel comenzaron a podrirse. Nadie se los había comprado y él ya estaba soñando con un televisor. Entonces tuvo que secarlos y seleccionarlos otra vez. Finalmente, los cambió por un celular táctil.

“Me puse muy triste. Ya no me alcanzaba para el televisor y se me dio esta oportunidad. Esto no es fácil. Tienes que sembrar agachado y con una guataca muy chiquita, pasar por todos los ciclos y, mira, se me echó a perder al final. Pensé que le iba a sacar más pero el tiempo no me ayudó. Así se pierde dinero en el campo porque los productos que tienes que comprar están también muy caros igual que la mano de obra, si no quieres hacerlo todo tú solo”.

De regreso a casa cuando cae la tarde, Ángel llega adolorido, a veces le ha dado fiebre. No pretende ninguna carrera universitaria porque él sabe (sin definirlo) de la pirámide invertida y del salario efímero de su madre. “Tengo que guapear y acomodarme el guisaso. Después del celular vendrá el televisor. Pero, coño, ¡qué difícil es hacer planes con el campo!”.

Foto: Yariel Valdés