El negocio funerario florece más que nunca en el Día de las Madres. Un cementerio debería ser un espacio de paz, sin embargo se convierte en una feria. Abundan pregones y ofertas, gente que se beneficia con el dolor de la muerte.

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Mi Día de las Madres comenzó en el cementerio. Allí descansan mi mamá y mi hermana mayor. Nunca antes había ido al camposanto el segundo domingo de mayo. Alguien me alertó de que era casi imposible caminar. No se equivocó.

Una cuadra antes de llegar a la necrópolis municipal de Las Tunas “Mayor General Vicente García”, la policía puso dos vallas para detener el tránsito y facilitar el paso de las personas.

Varias rutas de ómnibus se desviaron y se acercaron al cementerio. Nunca había visto a tanta gente en este lugar. Era una peregrinación.

Las joyas del negocio funerario

Una de las aceras está cubierta de flores. Orlando Ramos se dedica a vender ramos. Es trabajador por cuenta propia y sus ingresos se disparan el Día de las Madres. “Si no fuera por nosotros, la gente no podría ponerle flores a sus muertos”, me dice mientras le compro dos girasoles a 4 pesos (CUP). “El Estado nunca tiene flores y todos los puntos de venta son de cuentapropistas”.

Terciopelos, girasoles, rosas y extrañarrosas en grandes cantidades son las flores que más abundan. Las personas escogen las menos marchitas. Las más vivas… para los muertos.

Más que un homenaje a seres queridos ausentes, el cementerio parece una feria. Además de flores, los vendedores pregonan refresco frío de lata, bocadito de cerdo, chicharrones de viento, frituras de maíz y hasta chicles de menta.

Hay quien trae las flores de otro sitio, metidas en una jaba de nylon. A través del plástico semitransparente se notan las azucenas, las amapolas, cualquier flor de jardín.

También hay flores plásticas —“hechas por los presos”, me aclara una vendedora—. “Son mejores porque no se marchitan pero hay que pegarlas con cemento porque si no se las roban. Yo tengo a 20 pesos”, me oferta.

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Foto: Glenda Boza

Sin respeto a los difuntos

En el portón del cementerio una mujer se queja por la desaparición de la jardinera de la tumba de un familiar. “Estaba pegada con cemento, no sé cómo la pudieron arrancar”, se le oye decir.

“La gente arranca las jardineras de un lugar para ponerlas en otro”, dice Abelardo Lozada, trabajador del cementerio. “A veces se pierden también flores de shopping, libros de mármol y cruces. No es recomendable poner cosas muy bonitas aquí porque entonces hay mayor riesgo de que te las lleven”.

Abelardo dice que las mismas jardineras son vendidas una y otra vez. La dedicatoria en ellas se raspa con un bisturí y la pieza queda como nueva. Yo he visto raspar las jardineras cuando alguien al pintarlas se equivoca. Lo del bisturí es cierto.

“En 2018 tres personas fueron sancionadas por el tribunal provincial por actos vandálicos y delitos en el cementerio”, informó a la prensa local Arbelio Couso Mariño, administrador del camposanto de Las Tunas.

Tres custodios vigilan, en cada turno, los poco más de cuatro mil metros cuadrados. Los guardianes son insuficientes. Los robos siguen.

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Foto: Glenda Boza.

La muerte es su negocio

La cola frente al edificio administrativo es bien larga. Muchos quieren saber el lugar exacto en el cual está enterrado su familiar. Por celular una mujer pregunta la dirección de la tumba de su madre. Se nota desesperada.

Uno puede orientarse como en una ciudad, los muertos tienen dirección exacta, o casi. Mi madre está en la hilera 10 del patio J. Su tumba es la sexta después del Ángel. Es fácil encontrarla, no hay muchas esculturas en la parte “nueva” del Vicente García.

“Antes los trabajos eran más duraderos, hechos de mármol. Existía el arte funerario, sobre todo en el área fundacional”, escucho decir a un reconocido pintor local. “Ahora nos contentamos con una jardinera en forma de corazón y, si acaso, una figura de yeso”.

Aunque la custodia, organización, limpieza y conservación de los panteones y objetos fúnebres son responsabilidad de los trabajadores de la necrópolis, el cuidado individual de cada sepulcro depende de los familiares del difunto.

Dos veces mi hermana y yo hemos tenido que mandar a pintar la tumba y la cruz de mi mamá. Por cada pintada cobran 20 pesos. Pintan con cal y, con las lluvias, se cae a los pocos días. No sé cómo se las arreglan, pero en cada visita hay alguien al acecho, proponiendo pintar la tumba y la cruz. ¿Quién puede rehusarse?

Los propios trabajadores del cementerio limpian los huesos cuando hay que sacar los restos del cadáver, dos años después del enterramiento. Cobran 50 pesos. El familiar lleva el algodón, el alcohol y un pedazo de tela para envolver lo que quede. Es un proceso que algunos no soportan.

La administración asigna un osario en un patio en construcción, alejado, feo. Allí mismo puede comprarse alguno o cambiarlo de lugar. Los trabajadores saben. La muerte es su negocio.

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Foto: Glenda Boza.

Nichos verticales, ¿solución ante la falta de espacio en los cementerios?

Es Día de las Madres y el cementerio está repleto. Nadie se acostumbra a la ausencia de una madre ni de un hijo ni de ningún ser querido. Muchos vienen a hablarle, a confesarle sus miedos, pedirle consejos, llorar en silencio. Vienen familias enteras. En algunos sitios, como en los nichos verticales, es muy difícil tener privacidad.

El cementerio municipal de Las Tunas data de 1847 y ya no es suficiente su extensión.

“Urge un nuevo espacio para ampliar el cementerio —aseguró en la radio Arbelio, el administrador del cementerio. Hace tiempo esperamos por que el Instituto de Planificación Física localice un terreno para la nueva obra”.

Como alternativa, en este y en otras necrópolis del país, hace años se construyen nichos verticales de tres pisos. Allí no hay enterramientos bajo tierra.

Los malos olores y los insectos son insoportables. El calor hace el momento más difícil. Una señora, ahogada en llanto, se tapa la nariz. Pone unas flores y sale corriendo.

Cuando enterraron a mi hermana en uno de esos nichos casi no podíamos venir al cementerio. El día que sacaron sus restos había, entre la ropa deshecha, dos alacranes. Abelardo los colecciona en pomos de boca ancha. No les tiene miedo, aunque dice que lo han picado más de una vez.

¿Cementerio o feria?

Todas las puertas del cementerio están abiertas desde las siete de la mañana. Es Día de las Madres y la gente no para de llegar.

La mayoría aprovecha para reemplazar flores viejas, limpiar el polvo, pagar por arreglos, sentarse alrededor de la tumba a conversar.

En pequeñas tanquetas de pintura, helado o mayonesa, cargan agua. Ahí dentro mantienen las flores frescas. Luego reutilizan el agua para limpiar las bóvedas. Más de uno también pone una postal dentro de la jardinera o con una piedra encima para que el viento no se la lleve.

De pie, junto a la tumba de mi madre, puedo observar a las personas. Un hombre se lleva las manos a la cabeza mientras mira fijamente una foto; una mujer susurra una oración; dos mujeres lucen perdidas, buscando una tumba. La encuentran de súbito y una de ellas rompe a llorar sin consuelo.

Yo lloro también. De niña me gustaban los cementerios, cuando no había ningún ser querido a quien ir a “visitar”. Ya no me gustan. Solo vine porque es Día de las Madres y aquí tengo a la mía.

Pero el cementerio parece una feria. Me incomodan los pregones, las ofertas, los negocios que florecen alrededor del dolor de la muerte. Es domingo, Día de las Madres. El año próximo vendré el sábado, mami entenderá.

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Foto: Glenda Boza.

 

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