Ya había dicho que no tenía pensado escribir nada hoy. A esta hora yo debería estar en el cine, con mi credencial, porque finalmente, por primera vez en mi vida, tengo una credencial del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Yo debería estar ahora, mientras escribo esto, en la sala del Charles Chaplin, a punto de ver El cuento de las comadrejas, una película argentina dirigida por Juan José Campanella. Yo debería estar ahora relajada, sin preocupaciones, sentada en una butaca, a oscuras, frente a una pantalla; como si afuera nada ocurriera. Afuera es La Habana, afuera es Cuba. Yo debería creer que en estos días nada pasa en mi ciudad que sea más importante que el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, aunque las calamidades de siempre siguieran pasando. Yo quería descansar de las calamidades de siempre, complacer a mi madre, que me dice: “hija mía escribe de cosas bonitas”. Juro que yo me había propuesto durante dos semanas escribir de cosas bonitas. Sin embargo, hoy para el gobierno cubano pasa algo más importante que todas las películas que se proyectan en los cines del Vedado, que todas las películas de la historia del cine, que todas las películas que aún no se han filmado: el Día Internacional de los Derechos Humanos.

La noticia que me dio los buenos días este 10 de diciembre fue que hay periodistas, artistas y activistas, en distintas provincias de Cuba, que no pueden salir de sus viviendas porque agentes policiales o de la Seguridad del Estado se lo impiden, bajo amenaza de ser privados de su libertad, aunque no pesen acusaciones en su contra, si se atreven a intentarlo. ¿Cómo puedo entonces escribir de cosas bonitas justamente hoy? ¿Cómo escribir de cine cuando hay colegas para quienes no habrá cine? ¿Cómo escribir de cine cuando sé que hoy no será posible que me encuentre con Abraham Jiménez o con Luz Escobar antes o después de ninguna película? ¿Cómo escribir de cine como si en la ciudad no nos faltaran también Camila Acosta, Jorge Olivera, Nancy Alfaya, Marthadela Tamayo, Luis Manuel Otero Alcántara, entre otros? Yo quisiera, en serio, escribir más a menudo sobre cosas bonitas, pero este gobierno bajo el que existo no me lo pone fácil. Y yo no sé mentir, yo no sé fingir, yo no sé callar lo que me pasa por dentro, yo no sé voltear la vista de la tragedia. Tampoco me interesa aprender a hacer nada de eso, ni entender a quienes saben cómo hacerlo y quedan con su conciencia tranquila.

No es la primera vez que algo así sucede. Las denuncias de cercos a viviendas de periodistas, activistas y artistas han abundado en lo que va de año, al igual que las noticias de detenciones arbitrarias, aunque últimamente parece que el método de impedir la salida de la vivienda, bajo amenaza de ir a prisión, se ha vuelto más popular. Alguien seguro piensa que este es un método más económico o menos llamativo que una detención. El pasado 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, ocurrió lo mismo, quizás a menor escala, que está ocurriendo hoy. No debería extrañarnos que el gobierno cubano considere peligrosas las fechas que se usan a nivel mundial para conmemorar las luchas por el respeto a los derechos humanos, pues el gobierno cubano, regido por la cúpula del Partido Comunista de Cuba, se ha sustentado y se sustenta en la limitación del ejercicio de los derechos humanos fundamentales. Todos estos despliegues de fuerza represiva, que parten de un abuso del poder que detentan las autoridades, hablan del miedo de ese gobierno a ciudadanos que no sienten miedo a ejercer sus derechos como seres humanos, es decir, que no aceptan ser sus súbditos. A ellos, y también a quienes podemos salir de nuestras casas e ir al cine, nos manda un mensaje muy claro: no hay derechos humanos, ni humanos, más importantes que la preservación del poder. Quien vaya al cine hoy y se crea que va porque quiere, porque es libre, se engaña. Hoy nos van a dejar ir al cine, como mismo nos dejaron ir ayer y nos van a dejar, o no, ir mañana.

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