Edu prefiere llamarse así para contarme su historia. Tiene 27 años y desde hace tres soporta una relación de amor/odio con su profesión y su ubicación laboral.

Mientras andaba y desandaba los pasillos de la facultad de Matemática, Física y Computación, en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, soñaba sin parar con sus días laborales, quizás, en una empresa de desarrollo de software, tan afín a su carrera de Cibernética y a sus pretensiones personales.

La estampa se la figuró demasiadas veces para un resultado final tan esperado como desfavorable. En aquel julio de 2013 el pellizco del servicio social lo hizo caer directo en la realidad de la vida al más puro estilo de la frase popular “¡despierta que estás en Cuba!”.

“A la gran mayoría de mis compañeros de graduación en la carrera le llegó algo relacionado con el sector de la Educación. A mí, por ejemplo, me ubicaron en una Escuela Secundaria Básica como técnico de un laboratorio de computación”. O sea, supervisor de las computadoras con las que trabajan los niños.

Foto: Carlos Luis Sotolongo

“Allí duré apenas un mes. A regañadientes me enviaron a otra escuela como profesor de Matemáticas, donde duré como dos meses más. ¡Qué va!, lo mío no es la docencia, no aspiré a ser eso y no quise continuar. Pedí la baja y colgué los guantes con el Estado”.

“Mis jefes y los encargados de Adiestramiento en el sector de Educación han intentado represalias. Me dijeron que me iban a invalidar el título, a incrementar el tiempo del Servicio Social, pero nada de eso me interesó. Me basta ahora con trabajar en mi negocio”.

Paralelo a sus poquísimas jornadas laborales, emprendió su propio proyecto laboral. Corrían los días de apertura en el sector privado cubano y sus conocimientos de informática dieron en el clavo de sus necesidades. Desde entonces desarrolla, en su propia casa, el ya muy común servicio de reparación de computadoras, instalación de software e impresión de documentos.

“Mis días transcurren entre las exigencias de mi negocio y mis estudios en otra carrera: Ingeniería en Telecomunicaciones, que pretendo terminar para ampliar los horizontes de esta pequeña empresa que edifico. En un final la era actual se sustenta en ese campo. Por ahí dirigiré este barco, sin aspirar a formar una gran compañía, claro, porque las condiciones legales en Cuba no me lo permiten”.

“Por ahora me resta mejorar los servicios que ofrezco, hasta terminar de estudiar. Necesito, de entrada, una impresora mayor que permita más calidad de impresión y formatos grandes. Necesito una conexión a internet estable y barata para descargar nuevos y actualizados software. Pero eso viene, estoy seguro”.

Foto: Carlos Luis Sotolongo

La de Edu es la historia de tantos egresados universitarios con la amarga sensación de estar subutilizados, acaso subvalorados, durante sus años de servicio social. Los dos o tres años (en dependencia de si eres hombre o mujer) que toma este período de retribución por los estudios gratuitos, muchos los prefieren asumir como el empezar de una vida laboral exitosa, pero en no pocos casos, solo cobra decepciones. La garantía de tener un puesto seguro para entrar al mercado laboral, no parece bastarles.

Aunque no existen datos estadísticos sobre los efectos de la ubicación laboral en los egresados universitarios, cada año más jóvenes llegan a sus puestos laborales descontentos, para luego abandonarlos y sumarse al universo de los cuentapropistas en busca de mayores ganancias, o emigrar.

Un dato ofrecido por el periódico Escambray sí ofrece una idea del asunto. En la provincia de Sancti Spíritus —donde encontramos esta historia— de los 1090 graduados universitarios en 2015, el 83.2% ocupa actualmente puestos en organismos subordinados al Consejo de la Administración Provincial, es decir, instituciones presupuestadas, las menos atractivas para el desempeño voluntario de un empleo. Lo de Edu, entonces, no es cosa del azar.