Puedo imaginarlo perfectamente: ese mundo futuro en el que no pagaremos con sal, petróleo, billetes o bitcoins, sino exclusivamente con agua.

Primero redujeron la cantidad de días en los que pondrían la turbina; si antes nos llegaba en todas las jornadas durante dos horas —de cinco a siete de la tarde—, ahora solo ocurriría los martes, jueves, sábados y domingos. Luego comenzó a llegar con irregularidad y poca presión y no quedó más remedio que enterrar el tanque, pues el costo de hacer una cisterna no nos era franqueable. Le dejamos al tanque unos 15 centímetros por encima de la superficie y resolvimos durante un mes; pero ahora resulta que ni poniendo la manguera a ras de tierra nos cae el agua.

Así comenzó el estrés de mi madre —y al parecer no tiene para cuando acabar—, porque realmente “una casa sin agua es lo peor”. Ella lo repite y lo repite y se desquicia reciclando la poca que obtenemos para que nos rinda al menos para lo más esencial, o sea: beber, cocinar, fregar y bañarnos, ¡ah!, y descargar el baño, ¡muy importante! Aunque nada de lo que se hace con agua deja de ser preciso, pues la casa con uno o dos días sin limpiar ya es un espacio deprimente.

En mi centro laboral —la Biblioteca Provincial de Ciego de Ávila— hubo días en los que se crearon dos turnos de trabajo, pues la situación de los baños era acuciante. Con una plantilla de 30 personas, el baño se usa como mínimo unas 60 o 70 veces en ocho horas, y si no se tiene ni un cubito de agua para echarle al pobre inodoro, uno puede imaginarse lo fétido que se torna el asunto. Por eso los baños debieron clausurarse. Afortunadamente esta situación se ha resuelto con pipas y la vida de la biblioteca ha vuelto a la normalidad.

No obstante, impresiona la forma en la que cambia la rutina ese día en el que milagrosamente llega el agua, pues en la cabecera provincial hay repartos en los que la ponen cada cinco o seis días; y es casi gracioso —para ellas no, por supuesto— ver cómo las mujeres —porque casi siempre son las mujeres las que cargan con esta preocupación— se desbandan hacia sus casas para llenar todo tipo de vasijas, tanques, cubos o pomos, y aprovechan entonces para baldear, lavar, fregar, y poco les importa si en la biblioteca la directora se molesta, o el administrador decide tumbarles el día; aunque casi siempre la sensibilidad de los funcionarios está herida, ellos mismos de seguro corrieron entre los primeros para resolver el problema del agua en su hogar.

Los avileños se devanan en fabricar cisternas, en comprar tanques y turbinas, inventarse ladrones de agua; pero lo cierto es que no resuelven mucho y la mayoría de las familias siguen azotadas por una escasez que, a ojos vista, ha de ir en aumento.

Hace unos días conversaba con un trabajador de Acueducto y Alcantarillado, quien me habló de lo sombrío que está el manto freático de la región —apenas a un 21 %—, por la insuficiencia de precipitaciones; de los múltiples salideros existentes en el sistema hidráulico avileño, el mismo ya va para 100 años de fabricado y jamás ha recibido una rehabilitación integral, solo se han realizado pequeñas acciones que no son suficientes para mejorar la calidad actual de las redes. Le comenté mi intención de escribir algo sobre el tema y me dijo: “¡Qué bueno!, hazlo y remueve la conciencia de la gente” —¡cómo si esto fuera tan fácil!—, “para que ayuden a evitar el despilfarro de agua, y cuiden del sistema sanitario en el que arrojan cualquier tipo de basura”.

Le dije “algo haré” y no sé si me ha salido, solo sé que un día sin agua es inaguantable; y que perfectamente me imagino a la gente del futuro pagando con centilitros o con metros cúbicos.