Bien temprano en la mañana de cada lunes, Liván toma sus cosas y se encamina hasta la carretera para viajar hacia la ciudad de Camagüey. Atrás queda su fin de semana, durante el cual atendió el negocio familiar de conservas de frutas y aseguró lo imprescindible para el sostén cotidiano. Como en una metamorfosis, mientras viaja va asumiendo su otra personalidad. En los siguientes días será uno de los miembros de la preselección provincial de béisbol. Hasta el viernes Liván Amaro perseguirá su sueño de ser pelotero, o más exactamente, jugador de cuadro en el equipo de los Toros de Camagüey.

Tiene 24 años y vive en un pueblito perdido de la zona norte de Camagüey, casi bordeando la costa pantanosa que separa a la isla grande los cayos. Palma City se llama, y solo resultará posible encontrarlo en mapas a mucha escala o en algún que otro tratado de historia que recuerde como en esa región se asentaron colonos norteamericanos y europeos, allá por los comienzos del siglo XX.

Foto del autor

La primera vez que participó en un torneo infantil, Liván se enteró también de que vivía en una suerte de pueblo de nadie: a pesar de hacer todas sus gestiones en un municipio cercano, en realidad los palmaciteños pertenecen administrativamente a otra demarcación cuya cabecera se ubica a más de cincuenta kilómetros. Esa distancia es mucho mayor cuando se transita por caminos de tierra y en un viejo ómnibus Girón (en el mejor de los casos).

El día que quiso convertirse en pelotero no faltaron los empeñados en desanimarlo. Por entonces el motivo era su corta estatura, que le impediría encontrar matrícula en la enseñanza deportiva y comenzarse a hacer de un nombre en los listados de entrenadores a nivel de la provincia.

En la pelota, como en tantas otras áreas de la actividad humana, ese primer paso resulta decisivo: si de niño no cobra “fama” ya más grande la cosa se vuelve cuesta arriba. Sobre todo si el candidato viene de un poblado poco menos que desconocido, sin padrinos ni amistades que lo respalden.

Foto del autor

Por eso cuando no fueron suficientes sus participaciones en varias competencias escolares y juveniles, y la posibilidad del alto rendimiento pareció cerrarse sin apelaciones, Liván decidió abandonar los terrenos para centrarse en un futuro más tangible. Así se convirtió en conservero, de la mano de su padrastro y con una pequeña industria casera como escenario.

A su lado aprendió a procesar la fruta (principalmente guayaba), desentrañó todas las etapas de la elaboración del dulce y su comercialización al por mayor, se hizo de un oficio de provecho con el cual atender sus necesidades materiales… y comprobó que la pelota seguía siendo su sueño, con todo y el tiempo transcurrido.

“Por eso no lo dudé cuando hace un par de temporadas me propusieron jugar con Sierra de Cubitas en la Serie Provincial. Tal vez perdiera dinero y tiempo de mi negocio, pero la pelota me llamaba, ahí estaba lo mío”.

Foto del autor

Luego de la reforma en el sistema de pagos a los atletas, un jugador de los equipos provinciales puede ganar más de mil pesos mensuales. Sin embargo, esa cifra está lejos de cubrir todos los gastos que implica una profesión que tiene tanto de sacrificio. En primer lugar porque el deporte de alto rendimiento obliga a alejarse de la familia durante semanas o incluso meses, sin la posibilidad de solucionar urgencias que puedan presentarse en el día a día; en segundo, porque parte de los implementos utilizados en la práctica del deporte son adquiridos por los propios jugadores. Ese es el motivo por el que no pocos padres se desesperan cuando sus hijos se deciden por el camino de las bolas y los strikes.

Pero Liván no siente que esté perdiendo el tiempo. “Todo en la vida no puede ser el dinero. Mientras pueda, seguiré probando suerte en la pelota, y en cuanto momento me quede libre, trabajaré en el negocio de la familia. Es una bendición luchar por lo que nos gusta. Incluso si para lograrlo, hay que jugar en extrainnings”.