El día no amaneció nada espléndido, pero lo nublado no pasaba de una amenaza matutina. Encontrar la base de remo en la geografía de la presa Minerva, en Villa Clara, no fue simple, sobre todo porque tal base ya no existe.

En su lugar, abundan asentamientos dispares. Dicen que son orientales que llegaron allí atraídos por el plan maderero en la zona, pero nunca regresaron al este de la Cuba. Vieron la base en un estado de semi-abandono y decidieron echar anclas.

En el embalse hay cuatro adolescentes, tres remos y un bote. Todo estaba en calma (aparente), hasta que en cuestión de minutos la lluvia desapareció la quietud de aquellas aguas. Los jóvenes del bote llegaron a la orilla, al amparo de la fortuna o la costumbre. Llevan tres años a merced de cómo puedan comportarse esas aguas profundas.

Enfrente de ellos va el timonel, que no es ni por asomo el más fortachón. Lleva gritando buena parte de la mañana, al más puro estilo inglés de aquellas regatas del siglo XIX: ¡Remen, remen! Quien lo mira no sospecha que tenga solo 15 años. Diminuto y sumamente delgado se aterroriza cuando le recuerdan que su seguridad personal en la disciplina que escogió depende de la madre natura. Confiesa que para su función lo más importante no es exactamente el físico.

Con apenas 15 años, es el timonel del bote. Foto de la autora

“Lo principal es que te respeten los otros remeros y ser disciplinado. El más atento al agua soy yo, mis compañeros están de espaldas al peligro todo el tiempo. Cuando llueve todo se pone muy feo, hay que salir rápidamente, más si es un torrencial como este”.

En la presa han ocurrido varios accidentes durante los entrenamientos del equipo de remo. Otros tantos con algunos arriesgados bañistas y pescadores. Sobran los días en que Santa Clara se despierta con una historia macabra cuyo origen está en las aguas de la Minerva.

“Una vez los profesores nos mandaron por detrás del cayo, porque no había aire, pero de pronto cambió la dirección del viento y los muchachos nos quedamos del otro lado de la presa. Obvio, no hubo cómo ayudarnos. Los dos profesores caminaron por toda la orilla de la presa hasta acercarse; por suerte, vimos la chernera de la base de pesca y fue la que nos trajo a la orilla”, cuenta Duanys Martínez, timonel de la embarcación de la categoría 14-15 años.

Casa de botes de la presa Minerva, Villa Clara. Foto de la autora

En Villa Clara el remo está en una situación incómoda. Pasó de contar con una de las mejores academias de su tipo, a no tenerla desde 2004.

“Mi mamá puso el grito en el cielo cuando le dije que me habían captado para el remo. La idea de pasarme horas en una presa como esta no le cayó en gracia. No contamos con lancha de rescate. Si se vira un bote, las consecuencias pueden ser fatales porque estamos remando dos kilómetros presa adentro.”

Dice Duanys que convenció a su progenitora con carácter, aunque confiesa que agradece cuando por las tardes la abraza, al regreso de cualquier competición. Y no es solo natura, las condiciones materiales tampoco acompañan. En los años ´90, la base de entrenamiento contaba con 14 lanchas.

—Se fueron perdiendo y ya no aparecieron más—comenta alguien en la base de botes y todos empiezan a reírse, con una complicidad total.

—Eran los ´90, usted entiende…—explica el profesor en clara alusión a las crisis migratorias de aquella década.

Hoy la otrora Academia es un asentamiento con calles sin nombre y casas sin número. Allí donde antes hubo remos, hoy hay ropa interior tendida a la intemperie. Las tres o cuatro familias ven que alguien tira fotos y se acercan de a poco para preguntar, casi en una súplica:

— ¿No nos van a tumbar las casas, verdad?

Antigua Academia de Remo de Villa Clara. Foto de la autora