Con la esperanza de darle un nuevo valor a su celular roto llegó la chica al “taller de Marquitos”. Quería instalarle el correo Nauta de ETECSA, pero como no tenía dinero para un Smartphone, decidió cambiarle la cinta y poner “a full” un Motorola modelo V3 casi jurásico. “Ahora no tengo cintas, pero seguro Marcos sí”, escuchó decir en varios lugares de la ciudad de Camagüey, donde la popularidad de este técnico de móviles es notable.

Por Lianet L. López

Marcos Torralbo tiene 28 años y ya tiene su propio taller. En un país donde existe una sola empresa de telecomunicaciones (ETECSA), y esta solo ofrece garantía y servicios de postventa a las pocas marcas que comercializa, el papel de los pequeños talleres particulares se ha convertido en la vía más socorrida – casi la única- para mantenerse comunicados.

“Las piezas que necesito las compro fuera del país, en Europa, porque los componentes que vienen de Latinoamérica son de menor calidad y los clientes los rechazan. Estaciones de soldar, un tipo de estaño específico, pantallas táctiles, cintas, micrófonos… nada de eso se adquiere en Cuba”, afirma. Lo curioso es que para ninguno particular, como él, existe el permiso de importación en cantidades comerciales.“ETECSA ha vendido solamente aparatos de marcas como Samsung, Huawei y Alcatel. A juzgar por lo que me llega al taller, eso representa apenas un 10 por ciento de los móviles de los usuarios camagüeyanos, y solo para esa escasa porción ofrecen reparaciones o piezas de repuesto. A veces ni siquiera las tienen. La otra gran mayoría depende de las soluciones de los particulares”, explica Marquitos.

“La Aduana solo permite la entrada a cada viajero de unos 10 artículos por tipo de pieza, por tanto debemos comprar a varias personas que se dedican a eso. Lógicamente, se encarece el servicio para el usuario y nos coloca en el límite de la legalidad, pues la importación con carácter comercial no está autorizada”, confirma el joven emprendedor. Quizás para salvarse de reprimendas legales, Marquitos optó por limitar sus servicios a la reparación y no a la venta de dispositivos, lo cual es muy común en los talleres como el suyo, pero también está prohibido.

“Creo que si cubrimos un espacio prácticamente vacío en el mercado de servicios, el Estado debería facilitarnos la posibilidad de adquirir esos recursos legalmente, que los pudiéramos importar con nuestra patente, o al menos que los vendieran de forma mayorista”, me insiste Marcos.

Foto: Lianet Leandro López

Para apoyar emprendimientos como el suyo bien valdría también que se cambie el alcance de la patente de reparador de equipos electrónicos. Según cuenta Marcos, a él lo han multado por reinstalar un software en un dispositivo o colocarle aplicaciones. Aunque eso forme parte de las soluciones habituales de reparación, para la estrecha vista de los inspectores (poco duchos en materias de informática) todo lo que no sea “tarequeo físico” del dispositivo excede el marco fijado para su actividad.

“El acceso a Internet es otro elemento vital para trabajar con nuevas tecnologías, y ahora, además de caro es inaccesible para negocios como el mío, si no tienes el taller en las áreas Wi-Fi”, agrega Marcos. Para saltar la barrera otros talleres alquilan conexiones Dial-Up a los pocos cubanos autorizados para tenerlas en sus casas, pero aún así las velocidades de conexión inferiores a 56 kbps obligan a emplear horas en procesos que en el resto del mundo solo toman minutos.

Como muchos de su generación, Marcos ve en la emigración la salida frecuente ante tantas barreras. Pero él apostó por forjar su futuro en el país, y no por falta de oportunidad de hacerlo en cualquier otra parte. Para él y otros 147 mil jóvenes cubanos, el trabajo por cuenta propia es una vía para alcanzar sus metas, un camino para desterrar esa sensación de incertidumbre que se resume en su voluntad de mantener un negocio “hasta que se pueda”.