Crecí en una familia relativamente despolitizada. Mi madre decía que no se debía discutir ni de política ni de religión, porque las cosas siempre terminaban mal. Mi familia paterna era todo lo contrario, pero no vivían en Cuba.

Por: Luis Emilio Aybar Toledo

Mis abuelos habían militado en el Partido Comunista chileno y me contaban historias sobre Allende, Neruda y el golpe militar. Cuando venían de visita veía que mi abuela no se perdía ni una sola Mesa Redonda. El impacto que esto pudo haber tenido en mí fue débil, no solo por lo intermitente del contacto, sino porque operaba en la misma dirección que la escuela, la televisión o el CDR: “la Revolución es algo muy grande, Fidel es un gran líder, hay que ser revolucionario.”

 Durante la niñez resonaba más con estas ideas, hasta tuve cargos en la Organización de Pioneros José Martí, pero en la medida que se fueron acumulando en mis oídos los comentarios de cansancio y rechazo, los chistes sobre Fidel, las críticas a los “comecandela” de la escuela o del barrio, me fui volviendo un adolescente común que maldecía de todo y no movía un dedo ante una convocatoria oficial.

Mis primeras experiencias políticas conscientes fueron en el “Pre”, cuando dos amigos que provenían de familias más politizadas, casualmente dos de los que había conocido en la OPJM, comenzaron a señalarme inconsistencias y errores de la Revolución, a contarme de la UMAP y del Mariel, y a comparar nuestra falta de libertades con las existentes en otros países.

La crítica no era socialista, pero nada me politizó más que aquello: había contradicciones, había errores, ¡había un debate!

Por un tiempo fui un contrarrevolucionario confeso, que denigraba la Revolución utilizando como referente las realidades de los países capitalistas. Sin embargo, algo me hacía intuir que la cosa no iba por ahí. En mi cabeza flotaba un cúmulo de ideas en torno a la solidaridad, el bien común, la igualdad; y una vaga noción de que el capitalismo no tenía que ver con eso.

Seguí buscando hasta que di con un manifiesto de Pedro Campos, intelectual de izquierda, vinculado al Observatorio Crítico, que cuestionaba el modelo de socialismo implementado en Cuba por autoritario, dogmático y paternalista, y defendía un socialismo democrático, creador, autogestionario. Con aquel texto se me encendió la luz: el socialismo podía ser algo diferente de aquello que vivimos en su nombre.

Ya tenía un horizonte, necesitaba incrementar mi formación política, y sobre todo, comenzar a actuar. De estudiante de Letras pasé a estudiante de Sociología y de “polillón” a activista de la FEU. Fue la organización que me pareció más rescatable. Tenía un pasado glorioso a reivindicar. Desde dentro podía impulsar el debate entre los estudiantes. Sin embargo, llegado un punto, el ciclo de posibilidades identificadas en la FEU se cerró.

Afortunadamente encontré una concepción y una metodología de trabajo político coherente con los principios que defiendo, la Educación Popular, y un espacio donde podía continuar trabajando, la Red de educadoras y educadores populares. Con ellos entendí que las transformaciones no vendrán de un único lugar, sino de todas aquellas personas honestas que dentro y fuera de la institucionalidad se organicen y construyan visiones y compromisos radicales.

En este tiempo también descubrí que no solo podía ser socialista, sino que podía pertenecer a un circuito que se reivindicaba como tal, y por esa misma razón cuestionaba sin tapujos la política gubernamental y los errores de la Revolución. Aprendí también que un revolucionario en Cuba no opera en el vacío, que la herejía que significó la Revolución Cubana en los 60 constituye una base histórica que necesitamos salvar del triunfalismo oficial y del olvido ciudadano.

La historia de rebeldías, pugnas ideológicas, aciertos y desaciertos que he venido descubriendo desde el 2009 han jugado un papel más importante en mis definiciones ideológicas que la historia sin contradicciones que nos hacen repetir desde chiquitos. Por eso creo en una actuación política donde una crisis de cubanos en Costa Rica merezca una primera plana de la prensa nacional, donde no nos tome cuatro décadas reconocer que hay racismo, donde podamos confrontar visiones de país en el espacio público… y todo ello acontezca porque somos socialistas.