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En una imagen casi detenida, Rolando Mujica mira el batey Máximo Gómez desde la altura del tejado de la casa de su abuelo Hermes y piensa que, más temprano que tarde, tendrá que largarse de allí, como tantos otros, para siempre.

 —Aquí no hay trabajo. Lo mejor es irse —me dice, resignado, como si pensara en voz alta.

El huracán Irma remató lo poco que quedaba en ese sitio del norte de Ciego de Ávila. Antes del azote del ciclón, Rolando tenía pocos deseos de hacer vida en el lugar, ahora le quedan menos.

En eso piensa mientras coloca con paciencia, midiendo cada gesto, una teja encima de otra. La tarea requiere precisión, son tejas francesas fabricadas en Trinidad, en los años 40 del siglo pasado. Son muy resistentes, de un barro bien cocido. Irma destrozó algunas, pero muchas quedaron intactas.

Nadie le pidió nada. Era su deber ayudar a reconstruir lo que se pudiera, dice.

Rolando se mueve ágil por el techo, a varios metros del suelo, con un gesto demasiado serio para sus 28 años. Desde abajo puede notar las miradas de su abuelo Hermes y los vecinos de una de las cuarterías más antiguas del Central. Si el agradecimiento tuviera rostro, sería como el de su abuelo.

En lo que queda del batey del antiguo central Máximo Gómez  en Punta Alegre, muchos otros jóvenes se dedican a la pesca —legal o ilegal—. Rolando, en cambio, se fue a la ciudad y pudo hacerse de un título de ingeniero civil —se graduó en julio pasado—. En poco tiempo consiguió un trabajo en los cayos turísticos al norte de Ciego de Ávila, pero Irma lo ha dejado, al menos por el momento, sin empleo.

Los estudios de ingeniería y las labores a pie de obra en los hoteles le han convertido en una voz autorizada en una tierra donde abundan los hombres de mar. Rolando, sin esperar por las ayudas y los materiales para la reconstrucción, salvó lo que pudo, techó la casa de su abuelo y algunas otras con las tejas que recuperó enteras.

La cuartería de la calle Las Palmas son seis casas unidas con un techo común de tejas, construidas en la primera mitad del siglo pasado. Algunos vecinos aseguran que el antiguo primer secretario del PCC en Ciego de Ávila, Jorge Luis Tapia Fonseca, quería declarar aquello patrimonio local pero luego lo enviaron a Camagüey y la idea se quedó en el aire.

La cuartería pudo resistir la furia de Irma, pero una palma cayó justo sobre el tejado de la casa del extremo oeste y empezó a levantar las tejas. El agua humedeció la madera, infló los cartones del falso techo, anegó muebles, equipos, colchones… Ese fue el panorama que descubrió Rolando cuando salió a la calle por segunda vez.

—Yo había salido antes porque pensaba que el ciclón había pasado, pero estábamos en el ojo —cuenta Rolando—. Fui a ver los animales en el patio, donde había caído una mata de mango. Los vientos más fuertes no le habían hecho casi ningún daño a la cuartería. Tuve que correr fuerte para volver a la casa en la que nos evacuamos, porque de pronto el viento del sur nos daba en contra”.

Cuando cesaron los vientos y las lluvias no hubo tiempo para cubrir lagunas universitarias, ni consultar libros de texto. Graduado solo dos meses atrás, Irma fue una especie de prueba humana y profesional para Rolando. Había que trabajar.

“Entrabas a una casa, abrías la puerta y se caían los pedazos. Para cuidar la casa mi mujer y yo dormíamos en la terraza, pero los mosquitos eran indios con lanzas. Decidí que iba a arreglar el techo. Desde niño había estado trepado y ya había quitado unas goteras, sabía más o menos cómo se colocaban las tejas. La ingeniería también me ayudó”.

A Rolando le duele no poder techar toda la cuartería. Las tejas que sobrevivieron al paso de Irma no alcanzan para todos. Un vecino que perdió la casa entera le cedió las suyas y así el ingeniero pudo cubrir tres viviendas contiguas. También resguardó parte de la casa de Juana Jiménez, una anciana de 101 años que aún permanece evacuada.

Del gobierno han dicho que les darán a los afectados de la cuartería techo de zinc venezolano. No es lo que desearían, pero no es momento para exquisiteces.

En algunos momentos de quietud, Rolando mira a un punto indeterminado del paisaje, ahora casi sin árboles. Él desea hacer más por su gente, pero sobra voluntad y faltan materiales. Tendrá que calmar, por lo pronto, sus pretensiones de dejar atrás su pueblito, ese que lo vio nacer y que lo ahoga.

 —Hay que ayudar. Es lo que toca ahora.

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Glenda Boza IbarraGlenda Boza IbarraPerfil del autor

Comentarios

Anónimo 6 días 5 horas

No me deja de impactar la solidaridad Cubana , el sentido de pertenencia de hermandad qué hay entre las personas ya sea denunciar pueblo o de la Isla entera. Todos salen a ayudar de la manera que sea posible y eso me conmueve muchísimo. Yo siendo mexicana me encantaría poder ayudar de alguna manera aun estando lejos. Un abrazo grande siempre.
Anónimo 6 días 5 horas

No me deja de impactar la solidaridad Cubana , el sentido de pertenencia de hermandad qué hay entre las personas ya sea denunciar pueblo o de la Isla entera. Todos salen a ayudar de la manera que sea posible y eso me conmueve muchísimo. Yo siendo mexicana me encantaría poder ayudar de alguna manera aun estando lejos. Un abrazo grande siempre.