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De La Florida a La Habana hasta que pase Irma

09/09/2017

Marien es cubana y vive desde hace cuatro años en, Westcher, Maimi Dade, en La Florida.  Su casa es rentada, de los años '50 y no está en malas condiciones; pero el techo no aguanta un huracán categoría cinco, dice.  Por eso, ella, su esposo y los dos niños decidieron venir a pasar Irma en Cuba.

La opción de volar a la Isla no fue tomada a la ligera. “En un principio no sabíamos la intensidad que tendría, había varios pronósticos pero lo seguro era que tocaba la Florida. Yo me adelanté, el lunes, que era feriado allá, llené el tanque de gasolina, compré agua, leche, latas, carne de cerdo, había muy pocos establecimientos abiertos”, cuenta Marien.

“Pero el martes, sobre las 11 de la mañana, cuando escuchamos la  magnitud que tenía Irma,  Yasser  —su esposo— me llamó y me dijo: verifica el precio de los pasajes a Cuba y si es aceptable, sácalo”.

Miércoles a medio día, 850 dólares después, ya estaban rumbo a La Habana.

“A pesar de que dejé todo preparado allá y tomé las medidas necesarias, decidimos venir por la seguridad de la familia. Las condiciones de mi casa aquí,  no son las de allá. Todo el mundo no tiene las mismas posibilidades, pero nosotros tenemos reserva de agua, el techo de la casa es sólido y estamos en una zona que no se inunda —Mulgoba, Boyeros—”, comenta Yasser mientras juega con el pequeño, un alborotador que no se está quieto un minuto.

—Y tú, ¿sabes qué es un huracán? —le pregunto al niño.

—Yo sí, trae mucha agua y destruye todo, es un categoría cinco —responde con una mirada pícara y sigue en lo suyo.

“Aquí nacimos y hemos vivido otros ciclones, no como este, claro. Pero sabemos que vamos a estar seguros”, añade Marien.

Marian, la hija mayor, avisa que Rubiera va a dar el parte de las 11:30 de la noche: Irma ya tocó tierra cubana, por Cayo Román y se ha inclinado un poco al oeste. Ahora tiene vientos de 260 kilómetros por hora. Hay que seguir observándolo, los pronósticos no son precisos, no se sabe bien por qué parte entrará a la Florida.

Cuando termina la información, Marien levanta la vista del televisor y me dice: “tengo unas ganas que diga que se debilita o que se ve por otro lado, no sé. Hoy me levanté a las seis de la mañana, a ver el parte del tiempo y me puse a cocinar.”

—¿Para qué? —pregunto—. Aquí no se va el gas.

—Estoy muy preocupada —responde.

Su madre, su hermano, su sobrina y sus cuñados permanecen en Miami.

“Nos mantenemos comunicados por el servicio de Cuba Messenger. Yo los llamé en la tarde y todavía estaba todo soleado. Mi mamá y mi hermano se van a quedar en mi casa”. Su cara cambia, se entristece.

“Estamos pendiente de las noticias todo el tiempo, las de aquí y las de allá. Va a ser devastador. No me importa perder lo poco que tengo: unas camas, muebles, bicicletas, eso es bobería;  lo más importante es saber que a ellos están bien. Solo pienso en que no se lleve el techo.

“Hay muchas personas allá que pasaron Andrew en el '92, que era de categoría inferior de este, y todos coinciden en que acabó con la Florida. Además, las imágenes de las inundaciones hace unos días en Texas, Huston, son escalofriantes”.

Probablemente las que deje Irma en la Florida serán peores. Esa es una idea muy extendida entre los miamenses.

Cuando salieron de Estados Unidos, Miami era un caos de tráfico. Muchos manejaban hacia el norte y otros tantos trataban de conseguir provisiones antes de la llegada del huracán: agua embotellada, comida en conserva, madera, clavos, tornillos, baterías. Las colas en las gasolineras, peores que aquí en La Habana.  

Vinieron por una semana. Sus pasajes de regreso tienen la fecha del próximo miércoles,  pero no saben si Irma los dejará volver. Tampoco saben qué encontrarán. Es momento de tensión y mucha incertidumbre. No importa de qué lado se viva, un huracán así es terrible para todos.

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Jessica Dominguez DelgadoJessica Dominguez DelgadoPerfil del autor

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