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Del Patio de Pelegrín a Washington

Antes del Patio de Pelegrín no había nada en Puerta de Golpe. O casi nada, en la vida artística de este pueblito campesino de Pinar del Río. “Los niños lo pasaban corriendo por el monte, pescando en los charcos y lagunas, cazando pájaros por ahí”, le cuentan a Luis Felipe los adultos de la zona, mayormente agrícola y dedicada al tabaco.

El chico de 16 años, ahora estudiante de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, tenía siete años cuando entró por primera vez a este sitio, que conjuga en un mismo lugar casa, galería, organopónico y escuela de oficios.

Cubierto por árboles y salones expositorios al aire libre, en el patio los chicos corren y estudian dentro un zoológico rústico. Un gavilán-ave cazadora extrañamente domesticada-, y un cocodrilo de unos dos metros, encerrado en una pequeña laguna artificial, son algunas de las atracciones.

Varios talleres de artes plásticas, para el trabajo con papier maché y manualidades, constituyen opciones para los pobladores. También, la enseñanza de oficios y habilidades para los pequeños sin distinción de sexo, los cuales son asociados tradicionalmente a las mujeres.

Concebido casi como una escuela comunitaria, en el lugar donde se formó Luis Felipe Paéz, sienten como suyo el concurso que este muchacho acaba de ganar sobre la amistad Cuba y Estados Unidos, que le valió una beca para asistir a un postgrado de preparación en Washington.

“Dibujaba mis cosas, pero aquí es donde eduqué mi mano. Venía cuando terminaba la escuela, todas las tardes, para aprender con los profesores. Continué en secundaria y empecé a participar en concursos y en noveno me presenté a las pruebas en San Alejandro”, recuerda Luis Felipe, quien se encuentra ya en tercer año de la carrera. 

Mario Pelegrín, el creador del Proyecto, permanece cerca de quien fuera su pupilo. Es Instructor de Arte y pintor, pero, sobre todo, es una de las figuras más prominentes del poblado.

“Entre apenas cinco plazas que vinieron para la provincia para San Alejandro, él fue uno de los escogidos”, afirma orgulloso.


El proyecto de Pelegrín, con 15 años de existencia, ha formado a otros instructores y sus estudiantes han triunfado en numerosos concursos. Ellos crecen aquí entre las visitas, numerosas, de los turistas que se acercan curiosos. En la Galería Liborio Noval, ubicada bajo la casa vivienda, estos suelen comprar obras en exposición, o jabas con obras impresas sobre ella, que pertenecen a creadores profesionales.

De estos ingresos, de las donaciones ocasionales de temperas, papel, lápices de colores y otras cosas, y de las gestiones personales de Mario, surgen los materiales para las clases que se imparten. 

“Ninguno de quienes salieron de aquí, son delincuentes o andan en malos pasos. Hay muchos médicos o estomatólogos, que se formaron y aprendieron oficios con nosotros, como la costura”, añade. Minutos después trae entre sus manos una sobrecama de colores, una de tantas, cosidas por muchachos varones de un pueblo de campo.  

En el caso de Luis Felipe, aunque podía asumir sin prejuicios actividades tradicionalmente femeninas (como alguno de sus amigos del pueblo) su vocación sencillamente le llevó hacia las artes plásticas. La academia ha pulido el estilo, la firmeza en el trazo, pero el itinerario personal hacia este momento decisivo de su vida, comenzó en Puerta de Golpe.

“Había que hacer una obra, representativa de la amistad entre estos dos países. Por eso escogí dos íconos representativos y los fusioné: la Estatua de la Libertad, de los Estados Unidos y el Morro, de Cuba”.


En su celular enseña la foto, que describe con dimensiones de 70x50 cm, en tamaño real. La imagen de los niños en el Malecón habanero, explica, son él y su hermano, reconstruidos a partir de fotografías.

Luis Felipe aún visita el Patio, aunque viene solo cuando recibe el pase de la Academia. Los fines de semana, asiste a “soltar las manos” en el taller de cerámica, ubicado en las áreas del fondo. De esta manera se mantiene conectado con su lugar de formación, preferido por muchachos de pueblos cercanos, aún ante la existencia de Casas de Cultura en muchos de esos sitios.

“Mi familia está muy contenta. Voy a aprovechar mucho ese intercambio, porque quisiera extender mi arte a todo el mundo”, afirma el joven, y mira con agradecimiento a Pelegrín, uno de sus profesores iniciales. 

“Su hermano -señala a Luis Felipe- es pequeño, pero viene despuntando como él y creo que hasta pinta mejor”, sonríe Mario. 

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Eduardo GonzálezEduardo GonzálezPerfil del autor

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