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El flamenco habanero se baila entre tambores

En un barrio de La Habana que se define por la cultura afrocubana y la religión yoruba, y donde la huella española se percibe mustia en algunos edificios descoloridos que parecen entrar cada día en mayor complicidad con calles y aceras olvidadas, Lisandra Fernández, una joven cubana de 22 años, baila flamenco.

La cultura española parece no ceder ante el ambiente poco hispánico de Los Sitios, en Centro Habana, y busca legitimar un espacio en medio de una cotidianidad callejera que la observa de reojo, pero complaciente.

A pesar de la escena cuasi surrealista, Lisandra no siente que se desenvuelve en un ambiente hostil, y se aferra a pasos ibéricos desde los doce años de edad, cuando se incorporó al proyecto comunitario A Compás Flamenco, creado en el 2005, por Karelia Cadavid.

Desde muy niña estudió baile en algunas escuelas cubanas, pero fue aquí donde encontró un camino que le ha permitido realizarse como artista.

“No somos una escuela que me pueda acreditar como profesional, pero yo me siento como tal. ¿Para qué voy a querer estar en otra institución si aquí he obtenido lo que he querido? Sin embargo, esa limitación impide que podamos presentarnos en los principales teatros de la ciudad”, sostiene la joven.

En el proyecto A Compás Flamenco, las muchachas no pagan ni cobran un centavo. El proyecto se sostiene con ayuda de instituciones foráneas y no está subvencionado por el Estado cubano.

Para Lisandra, lo mejor que le ha sucedido en la vida ha sido acceder a un lugar como este, en medio de una Habana mestiza, que le ha dado la oportunidad de medir su talento, recrear fantasías artísticas e, incluso, viajar a la vieja Europa.

El espacio físico del proyecto lo ocupan dos partes separadas por una estrecha y ruidosa calle. La casa de Karelia es una de ellas; y la otra, al frente, constituye la parte delantera de un edificio más que remozado, donde comparten un pequeño local con algunas viviendas improvisadas al final de un pasillo, sin mucha lógica arquitectónica.

“El delegado de la circunscripción me cedió ese espacio porque le interesaba que los niños estuvieran concentrados en un sitio donde se les educara. En un mes lo acondicionamos y actualmente tenemos alrededor de 100 muchachas incorporadas”, resalta Karelia.

Para apoyar esta idea, Lisandra indica que los padres se sienten tranquilos mientras sus hijos están en el proyecto, en vez de estar perdiendo el tiempo o haciendo cosas que los lleven por mal camino.

Sin embargo, Gladys Alvarado, especialista sociocultural de la localidad, insiste en que estos proyectos comunitarios ayudan solamente hasta cierto punto. Y sus brazos levantados agitan una idea que le resulta muy obvia:

—Los muchachos permanecen un rato en los proyectos y luego se van para sus casas a enfrentarse con la dura realidad: familias disfuncionales, padres alcohólicos o violentos, drogadicción…

—¿De dónde sacan la droga?, inquiero.

Gladys se encoje de hombros. Es evidente que no tiene la respuesta.

—En unos pasillos muy cerca de aquí se consume droga…no sé si es marihuana, o metanfetamina, o…

—¡¿En serio?!

—¡Pero niño! ¿De dónde tú eres?, me mira sorprendida y continúa:

Centro Habana es un municipio muy vulnerable a problemas sociales. Tenemos alrededor de 350 ciudadelas, aproximadamente 30 mil habitantes, y una población flotante de 18 mil personas que pululan por aquí porque hay mucho negocio. Hace como cinco años hubo alrededor de diez homicidios y es común la prostitución y las enfermedades de transmisión sexual. Puedes caminar por la calle Monte y encontrar bares, muchachas, ¡niñas!, que se venden por unos pesos.

“En Los Sitios hay mucha gente que confecciona muebles, y algunos muchachos de 14 ó 15 años andan con cartones en la cabeza y los venden a 1 ó 2 CUC para almorzar”, subraya la especialista con una mirada más resignada que preocupada.

“Pero sí. Hay que tener fe en que proyectos como A Compás Flamenco puedan promover la inclusión social y ayudar a estos jóvenes a andar por un mejor camino”.

Su valoración, más que concluyente, parece una evocación a la esperanza. Algo que Lisandra entiende desde mucho tiempo.

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