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El infortunio de Bolaño, un batey cubano

La casa de Orquídea Bolaño debía desplomarse en el 2000 cuando los vientos del huracán Michel destruyeron algunos de los bateyes que bordean a Hoyo Colorado, en las afueras de Matanzas.

Para esa época ella vivía en casucha de madera de la cual no se podía esperar mucho. Y en efecto, así fue, en unas horas vio reducido a cero lo que poco que tenía. Pero la vida a veces se ensaña y te lo quita todo —todo— no una vez, sino dos, como diciéndote: no tienes derecho a levantarte. Recordándote que los pobres, además de pobreza, solo pueden saber de infortunio.

Hoy es 22 de septiembre, 17 años después, y Orquídea ha vuelto a quedarse sin nada.

Desde el camino se distingue un par de paredes en pie, en medio de tanto escombro, unos muebles secados por el sol y una puerta de aluminio que nada protege. Detrás de las ruinas, Orquídea y su marido Yuniesqui levantaron una habitación para dormir, con pedazos de madera vieja.

—Pensé que era el fin del mundo. Nunca me había asustado tanto. Parecía que una nube de ceniza lo cubría todo. Entonces el viento desclavó las ventanas y comenzó a entrarnos agua.

—¿Estaban aquí cuándo pasó Irma?

—No, nos evacuamos allí —dice y señala a una de las pocas viviendas con techo de placa de la zona—. Yo sabía que mi casa no aguantaba, por eso no me quedé.

La vivienda donde hoy conversamos —o lo que queda de ella— le fue entregada a la familia de Orquídea en el 2001 como ayuda a los damnificados de Michel, después de que vivieran durante 12 meses en el consultorio de la familia.

Solo han pasado 16 años desde entonces, y por simple sentido común uno podría pensar que una vivienda relativamente moderna y de mampostería resistiría un nuevo huracán o que, al menos, no quedaría reducida a escombros. Pero Irma solo tomó las responsabilidades de lo que ya venía ocurriendo.

“Poco después de su fabricación comenzaron a agrietarse las paredes y caer algunas esquinas. Se estaba desmoronando todo. Y no es la única: a la del frente le sucedió igual. Han tenido que cortar la puerta dos veces porque la casa se hunde. En mi opinión, algo pasó con esos materiales. Es lo único que se me ocurre”.

En los últimos años esta familia fue armando su casa de a poco, mientras vendían masas de cangrejo, cultivaban la tierra y criaban animales. Así, trabajando fuerte, fue que lograron comprar algunos equipos básicos.

Tras dos semanas sin electricidad; ni Orquídea, ni su marido aún saben si funcionará el televisor, los ventiladores o las ollas. Parece poco probable, después de tanta agua y escombros, pero ellos aún conservan cierta esperanza.

“La lavadora solo se abolló en esa esquina, debe funcionar. Cuando pongan la luz probaremos, escucho decir a Yuniesqui por primera vez. “Fue lo último que compramos hace unos meses”.

“Nosotros estamos serenos. Todo irá mejorando”, lo anima su mujer. La misma que durante cuatro noches durmió sin techo en una silla.

Los desastres de un huracán muchas veces vienen después, cuando ya dejan de ser noticia y se olvidan. Porque recuperarse, cuando se es pobre, no es tan fácil como sugieren algunos reportes. Bien lo sabe ella: la última vez, le tomó 16 años.

“El gobierno ya nos ayudó una vez y sabemos que lo volverá a hacer”, repite varias veces, mientras cocina en el carbón unos pedazos de fruta bomba. Lo repite mucho, como si esa frase fuera un par fórceps capaz de sacarlos de su mundo de escasez y desgracias.

Entonces recalca: “Anota eso. Es importante que se sepa: somos revolucionarios y confiamos”.

                                                                 ***

Bolaño es un caserío desdichado a diez quilómetros de Hoyo Colorado. Salvo, los coches de caballo, hay allí un único transporte al día: una camioneta blanca que cada mañana llega hasta la salina. En las noches, dice Justo Arcadio, que casi nadie puede salir.

Graduado como médico veterinario, él vive a un par de casas de Orquídea y posee un rebaño que supera las 500 cabezas. Allí tiene tres caballerías peligrosamente cerca de la costa. Quizá por eso supuso que en algún momento evacuarían el ganado. Nunca pasó.

Dice también que estuvo a punto de salir al camino para asegurar sus animales cuando Irma azotaba Bolaño. Ese día casi se arriesga a ser golpeado por alguna de las tejas que volaban amenazantes por el batey.

“Aquel árbol cayó sobre el techo del corral y todos los animales que estaban ahí murieron aplastados. Otros salieron huyendo asustados por los vientos. En total perdí 77 carneros. Parecía una masacre.

“Yo soy el productor de mi tipo más importante de la zona, vayan hasta Martí y pregunten por el guajiro Inning. Allí, sin son honestos, le dirán que sin contrato, ni obligación, solo porque quiero: le vendo la mayor parte de mi producción al Estado. A pesar de que en la calle me pagan cada libra a tres pesos más.

“Además, cuando en los hoteles de Varadero están embarcados con el suministro vienen aquí y yo los ayudo. Lo mismo ha pasado con el Consejo de Estado. Entonces, si yo me he portado bien con el gobierno, ¿no debería esperar lo mismo?”.

 Justo manotea, suda, hilvana una idea tras otra y las lanza en una ráfaga que destila decepción.

“Han pasado más de dos semanas y aquí no ha venido nadie a interesarse por mí, ni por los animales perdidos. Qué bonito sería que un directivo del EGAME me pusiera una mano en el hombro y dijera: guajiro, aquí estamos.

“En cambio tuve que ver como se desperdiciaba la carne de decenas de carneros porque no teníamos cómo refrigerarla. Y a nadie le importó eso, como si en este país sobrara la comida. Yo soy un caso pero me pregunto cuántos más hay en Cuba hoy. Dime tú si estoy equivocado, pero: ¿se puede dormir tranquilo con eso?”

                                                                 ***

Es una mujer cubana, pobre, negra; aunque podría ser un grito, un golpe de tristeza, una leve dosis de locura. Marisol tiene, según me dice, 41 años pero a simple vista uno diría que eso es imposible. Hay en ella un desencanto propio únicamente de quien ya ha vivido mucho.

A ambos lados del camino de tierra que conduce a Bolaño hay un puñado de casas esparcidas o bocetos maltrechos de lo que difícilmente puedan llamarse casas. En uno de ellos vive Marisol.

 A ella, Irma no le arrebató nada. Antes del 9 de septiembre, cuando no estaba internada en el hospital psiquiátrico, vivía en el mismo cuarto con paredes de palma donde estamos paradas. Tenía una cama para tres y un bombillo, algunos pozuelos plásticos sin tapa y una plancha de carbón.

En su cocina continúan, como semanas atrás, las imágenes de algunos santos, los trapos grasientos sobre los cacharros de metal y una gorra de los yanquis tan gastada y anacrónica que parece impuesta allí.

Ya les digo, la vida de Marisol no ha cambiado mucho. Si algo le quitó este huracán fue la esperanza.

“Imagínate, mi marido había pedido un crédito de 6 mil pesos cubanos al banco para ir levantando unas paredes de bloques. No podemos costear un albañil, así que los ponía él mismo cuando regresaba del campo.

“El ciclón destruyó el trabajo de casi 3 años y más dinero no podemos pedir. Aún no hemos terminado de pagar el primer préstamo. Seis mil pesos son 240 CUC. Es muchísimo dinero, aunque no alcance”.

—¿Y qué piensan hacer ahora? —pregunto yo y ella me mira con esa mezcla de ahogo y resignación tan suya. Entonces, murmura la única respuesta que conoce.

—Nada. Vivir así.

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Claudia PadrónClaudia PadrónPerfil del autor

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