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05/11/2015

Sobre su pecho cuelga un collar de cuentas desordenadas, tan peculiar como las botas, la mochila y la estampa de ‘estoy lista para cualquier contingencia’. Anniet Venereo no se da por vencida con las circunstancias. Cada lugar que hace suyo lo llena de guindalejas, sonajeros, cachibaches y cualquier recurso que coloree la vida. Esta fotógrafa desearía que toda Cuba fuera así de feliz, como lo es ella, cuando se convierte en ‘payasa terapéutica’.

Por: Yery M. García

Se hizo payasa luego de conocer, en 2012, un proyecto que reunió a entusiastas decididos a acudir a los hospitales pediátricos en toda Cuba para alegrar la estancia de niños con padecimientos crónicos.

Después de pasar los talleres, Anniet se convirtió en la payasa Celeste, coordinadora de un grupo de voluntarios que visitan una vez por semana el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología para acompañar a los niños y niñas pacientes.

Un día, antes de ser payasa,  decidí que no quería seguir siendo economista,  la economía no va a arreglar este país.

"Ese dia tomó sus bultos y se fue de la empresa estatal en la que trabajaba. “Decidí hacerlo por que me llamó mucho la atención el poder de la nariz y no se por qué, creo que tengo una sensibilidad especial para lidiar con el dolor. No es que no lo sienta, es que me siento realizada cuando puedo tender puentes que ayuden a aliviarlo”.

A partir de esta experiencia, la acción de los Payasos Terapéuticos se ha extendido a varias instalaciones: en la capital cubana los Hospitales Pediátricos William Soler y Juan Manuel Márquez, en Santa Clara, el Hospital Pediátrico José Luis Miranda y en Santiago de Cuba los Hospitales Infantiles Sur y Norte. Allí sobre todo visitan  las salas de Oncología, Transplante hepático, Hematología, Neurocirugía, Neuropediatría, Nefrología, Cardiología y Terapia intensiva.

 “Los payasos terapéuticos intentamos construir con los niños, sus familiares y el personal de la institución médica, estados emocionales positivos, que aporten al bienestar y empoderamiento de los menores”, me comenta.

Ser payasa terapéutica no es lo único que ha hecho Anniet para apostar por la transformación social. También coordina un espacio de teatro colectivo hecho por adolescentes internados en escuelas donde ingresan por cometer actos que la ley considera como delitos. Además, “Celeste” es instructora de la compañía infantil “La Colmenita” y forma parte de una red de educadoras y educadores populares, inspirados en el método de Paulo Freire. No obstante, ser payasa es lo que prefiere.

“No importa que no pueda cobrar por lo que hago, pienso que a nadie se le paga por hacer política y para mi, ser payasa es hacer política”, asegura.

Junto con sus colegas (actores, amas de casa, psicólogos, médicos, maestros…) Anniet desea que la actividad de payasos terapéuticos sea institucionalizada, la consideren oficialmente como una profesión que contribuye a elevar la calidad de vida de los pacientes.

“No somos cómicos ambulantes, tenemos memoria, sueños, inquietudes, objetivos, metodologías innombrables, difíciles de clasificar por las ciencias exactas.Tengo claro por qué y para quién hago lo que hago. Decía un poeta: a tono con la siembra, la infancia es el único termómetro con el que es posible medir el horizonte y la cosecha..  ese es mi partido y ahí milito. Nuestro lema es: venimos a combatir por el país alegremente, porque nada grande se puede hacer con la tristeza. Yo creo que si un payaso intenta combatir, nadie tiene excusas para no intentarlo también”.

Para Anniet las palabras lástima y pena son desconocidas. Su trabajo lo sostiene el potencial creativo de los niños y la profunda convicción de que trabaja por Cuba, pues, para ella, un país mejor es aquel donde todos los niños ríen.

 

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