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11/08/2017

Ira paga 50 CUC mensuales por el alquiler de un cuarto oscuro en Centro Habana donde habitan, por el momento, un gato, flores, papeles fotográficos de 1989, y sustancias químicas en las que predomina el sodio.

Sus ojos verdes —herencia de padres rusos, como su apellido— también habitan el cuarto (oscuro) en el que ella ensaya la fotoquímica como modo de expresión. Después de untar sustancias en el papel fotográfico de hace tres décadas, Ira coloca encima flores (pétalos y hojas) y, a veces, mosaicos. En dos o tres días, estarán impresos por contacto sobre el papel.

Aquí quien revela es el sol —dice.

Flores puede encontrar en cualquier sitio. Los mosaicos los recoge durante sus caminatas por el malecón habanero, en los bordes del hotel Riviera: “la cúpula se está desmoronando y yo tomo los fragmentos que caen sobre la acera”, me comenta mientras prepara un jugo de piña.

Hace un calor típico de julio.

La habitación no es tan pequeña. Hay espacio para ropa y calzado. Una laptop. Una cama; una mesa y algunos muebles; e incluso queda para el cuarto totalmente a oscuras donde se revelan los sueños de Ira.

“De la fotografía me gusta la parte clásica, la parte química, como antiguamente se hacía. Me inicié a través de un fotógrafo español, Manel Mármol, que solo trabaja con analógico. Con él aprendí mucho: fui su ayudante imprimiéndole fotos. A partir de ahí comencé a estudiar, casi todo por Internet”, cuenta.

España fue para ella, desde que obtuvo una beca en diseño y una visa, su escuela en varios sentidos: dejó la beca a los seis meses para estudiar fotografía. Pasó de trabajo en trabajo en Madrid hasta que, de regreso a Barcelona, un abogado la contrató como su fotógrafa personal.

“Cinco meses después decidí repatriarme”, rememora la cubana con fisonomía eslava que, tras casi seis años en territorio ibérico, comenzó a extrañar a Cuba.

“Hay algo que te falta en todos esos años”, resume la artista autodidacta cuyo perfil remite a Rusia. Su corazón parece pertenecer a esta isla del Caribe donde nació, quizás, por accidente.

Su reencuentro con la cultura cubana ha sido intenso. Ahora lleva un ibdé blanco y, en una esquina del apartamento, exhibe un Elegguá. Quien antes trabajara con Kcho y con Rancaño, hoy por hoy es hija orgullosa de Obbatalá.

 “Estaba deseosa de venir, eran cinco años y medio y había algo que me faltaba. Me desesperé y fue como de un día para otro. Compré un pasaje y dije: regreso en seis meses. Pero eso era lo que yo pensaba. ¡Nada! Al final me quedé y hasta recibí el cofá de Orula”.

La Kononenko lleva alrededor de un año y medio en Cuba, donde ha decidido tomar las riendas de su carrera como fotógrafa. Tiene algo a su favor: potencia un campo artístico actualmente poco explorado. Y lo hace de un modo autodidacta y sin demasiadas pretensiones.

“No hago planes. Quisiera que el estudio funcionara como galería, que la gente viniera a ver mis obras”…

Ira profundiza en la belleza femenina y de la naturaleza. En sus instantáneas abundan los rostros de mujeres y las flores.

No obstante –expresa  luego de una breve explicación sobre la igualdad entre géneros- “reflejo lo femenino más como ideal estético que como activismo feminista”.

Lo suyo es el arte.

“Desde chiquita siempre hacía cosas artísticas. Pero mi mamá nunca me llevó a una escuela de arte y de alguna manera el camino me llevó solo hacia eso. Me hicieron una propuesta de trabajar con Kcho y luego llegó la oportunidad de trabajar con Rancaño: con Kcho cosí banderas, y para Rancaño hice un bordado gigante”, dice entre paréntesis.

“A partir de ahí fue que comenzó todo”.

Mientras habla, observo algunas láminas con texto sobre drogas. Es una serie en la que la artista está trabajando:

“No doy valoraciones ni criterios. Solo pongo información sobre las drogas, su surgimiento, causas por las que las prohibieron, efectos secundarios. Que cada quien se forme su juicio”.

Hay otras cartulinas de gran formato recostadas a la pared del cuarto y le pregunto de qué se trata:

Son fotos en un papel fotográfico de su edad -30 años-, reveladas a la antigua y luego pintadas con acuarela. En casi todas, el motivo central son las flores. De estas, ha vendido varias. Internet ha sido clave en la comunicación con compradores. Otros, por disímiles vías, han llegado a su obra, aun cuando nunca ha expuesto.

“He trabajado con otros fotógrafos como iluminadora, ayudante, maquilladora, por lo general hombres que sí han expuesto, pero yo no”, precisa la joven, fruto de un fugaz reencuentro amoroso, quien ha visto a su padre solo dos veces en la vida. Quizás por eso, a su manera, se ha resguardado del mundo o se ha lanzado sobre él a través de imágenes. Quizás por eso Irene observa la vida desde un cuarto oscuro en el que construye su diario. En la calle Corrales entre Rastro y Carmen. A lo cubano.

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Darcy BorreroDarcy BorreroPerfil del autor

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