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El sol del mediodía es implacable. Dos equipos disputan una doble jornada de la Serie Nacional de Béisbol en el estadio Sandino, de Santa Clara. Aunque la temperatura entre los jugadores “sube” más de una vez, la mayor rivalidad no está dentro de la instalación. En las afueras varios muchachos se disputan las pelotas que salen de foul por encima del techo.

Erlis Paz, a sus 31 años, se ha hecho un verdadero especialista. Lleva veinte años capturando pelotas fuera del Sandino. Junto a él ahora “aprenden” Yosnay, de 14 y Juan, con 19.

“Nosotros nos repartimos. A Juan le gusta detrás de Home con dos o tres muchachos que hoy no han venido. Lo mío es la zona de primera.”

Esta “profesión” exige tener conocimientos sobre los peloteros que van al cajón de bateo. En dependencia de su condición, los cazapelotas establecen la zona de trabajo. “Para tercera base no coge nadie, solo cuando vienen los zurdos vamos corriendo para allá. Todo el mundo establece su ‘puesto de mando’ entre Home y Primera porque hay más bateadores derechos que zurdos.”

El resultado del trabajo varía mucho. Hay días buenos y otros malos.

“Todos los juegos no son iguales. Depende de las pelotas que salgan. A veces no sale ninguna. Mira esta es la primera que sale a la altura de la cuarta entrada del juego”, me señala, justo en el momento en que el grupo de muchachos sale corriendo tras la bola, para perderla al fin, caída en manos de un transeúnte que compraba una cerveza.

“La mató el tipo y nosotros aquí”, se lamenta Erlis.


El “cazador” cuenta que el record en sus dos décadas de trabajo lo tiene un juego entre Villa Clara y Santiago en el que salieron 53 pelotas. Pienso en esa noche y me imagino que no pararon de correr de un lado para otro.

Después de conseguidas algunas bolas, que no se venden en la red comercial, el grupo de muchachos las comercializa según su calidad. Los precios oscilan entre 60 pesos (poco más de 2 USD) si la pelota es nueva cuesta, y si no, el valor se marca entre los 30 y los 50 pesos. En materia de calidad tienen muy bien definidos los estándares.

“Si se da un golpe en la torre sabemos que se deshila por un lado o se raspa. A veces sale con un manchón del bate, del techo o de la yerba. A veces sale una línea dura para atrás y se da fuerte con la calle. Todo eso puede afectar el precio”.

Como lo suyo es vender “la imagen”, alguno de estos muchachos limpia con saliva la esférica capturada, para que parezca más nueva. Yosnay, con sus rasgos adolescentes, confirma que siempre venden lo que capturan, sobre todo de noche, cuando el público es mayor. La mayoría de los compradores son del campo y utilizan para jugar las ligas que tienen ellos entre comunidades y para las cuales no existen aseguramientos por las vías del deporte institucionalizado.


Erlis me dice que “viejos” como él en el oficio solo quedan cinco, pero que cada día los niños se inician más temprano. “Aquí hay niños hasta de cinco o seis años cazando pelotas. Ayer mismo esto estaba lleno de niños de esa edad tratando de capturarlas.”

Para ellos puede ser un divertimento, una forma de adquirir un juguete que de otra manera es prácticamente imposible de conseguir; pero en la cacería hay riesgos.

“A Juan una vez le partieron un dedo luchando por una pelota – recuerda Yosnay-   A veces viene un muchacho que es abusador y empuja a los demás. Incluso empujó a un niño contra el muro del estadio que casi lo mata.” Erlis, que ha estado ahí en todas esas ocasiones, no dice nada.

“Una vez corriendo detrás de una pelota no vi una mata y por poco me mato cuando choqué con el árbol – comenta él ahora- Me raspé todo el lado derecho del cuerpo. Me quedé casi sin conocimiento.” Cicatrices de guerra, gajes del oficio, parecen decir.


Para ellos, no obstante, todo vale la pena cuando se van para la casa con las manos llenas de pelotas, o con dinero por la venta. Erlis se ríe y me ilustra sus mayores hazañas:

“Mi record personal es siete en un doble juego. Hace dos días en el doble juego cogí seis y Yosnay cogió 6 también.”


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Duanys HernándezDuanys HernándezPerfil del autor

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