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El espacio es la sala de una casa dieciochesca dividida en dos con apenas una puerta principal y una ventana de barrotes de madera; adentro un ambiente rústico, por momentos agreste, de trastos hechos adorno —de barro convertido en milagro. Para sentarse hay viejos cajones y los muebles reales permanecen colgados boca abajo en el techo, como secuestrados. En las paredes convergen pinturas, grafitis y símbolos del tarot.

—Me gusta, es diferente, más bohemio. Los precios son asequibles. Vengo casi todas las noches —dice el larguirucho Javier (22 años), cliente asiduo, y se da un sorbo de Fortuna.

El Mago se llama este minúsculo café particular, un sitio como plantado a la fuerza en el centro histórico de Trinidad —ciudad que por momentos parece una postal plastificada—, un sitio pensado para cubanos en el furor del turismo; un sitio ideado, levantado, moldeado y atendido por un grupito de jóvenes veinteañeros.

Al llegar a este rincón uno comienza a entender el significado de la palabra desenfado. Cuerpos salpicados de tatuajes, ropas de tonos ocres, pelos teñidos y enmarañados, camisetas, tenis Converse, minifalda gris y un cigarro en la mano estampan a sus administradores, Carlos Alberto Alonso Duffay y Yilién Moje Cabrera (Yilo). Por los predios anda un amigo imprescindible: Lyhán Arango Alfonso. Son chicos a los que les gusta el jazz y la música electrónica, se enamoran de las modas europeas, van a discotecas después de todo un día de trabajo y el 17 de mayo colgaron una bandera del arcoíris con un cartel que rezaba: Free yourmind (libera tu mente). Esa gracia, pura herejía para el contexto social donde se desenvuelven, les costó un regaño fuerte de la madre de uno de ellos.

“El concepto del Café viene de los propios avatares que tuvimos que pasar, la magia a la que hay que acudir para edificar un negocio como este —Carlosse pega una cachada de Hollywood verde—. Todo eran ideas que se volvieron realidad casi sobrenaturalmente. Para hacerlo más esotérico,nos identificamos con una carta del tarot: El Mago, que alude a la unidad espiritual, a la posibilidad de obtener lo que uno se proponga.”

Cuando decidieron materializar su idea, no había un centavo para nada. Dos estudiantes universitarios, una trabajadora asalariada y una patente era lo único a mano. Lo demás era un boceto bien detallado y un manojo de escombros.

Yilo le pone un poco de drama al asunto: “Pedimos dinero prestado. Además vendimos ropa, y acudimos a la ayuda de Lyhán, quien nos ayudó a concebir todo y nos daba el dinero que hacía en su trabajo como músico. El día que llegué aquí por primera vez no supe qué hacer. Aquí no había nada. Hasta tuvimos que instalar la electricidad nosotros mismos”.

Para cuando abrió el Café, estaban endeudados hasta el moño.

Los chicos prácticamente viven allí. Cuando salen de fiesta por la noche, suelen dormir juntos en la habitación de Carlos. De hecho, Lyhán no ha dejado Trinidad desde que abrió el Café. No trabaja allí directamente, pero fue pieza clave en el rompecabezas del diseño. Yilo estuvo hospedada por tres meses antes de encontrar la nueva relación que la mantiene atrapada solo por las noches. A Marlene, la madre de Carlos, le encanta ese contagio de juventud.

— Desde la universidad Carlos y yo lo habíamos hablado. Ambos teníamos en mente una vida más independiente. Por ejemplo, ya en segundo año de la carrera tenía visto un trabajo en Sancti Spiritus, en el café El Colgao, que me sirvió para ayudar a mis amigos.  —se refiereLyhán.

—Bueno, eso y que habías ponchado hasta el receso —le rectifica bromista Carlos

—Tú también. Además, le había perdido el interés a la universidad. No estaba estudiando.

Es un día común de mayo y los ojos cuarteados de Carlos Alberto,con apenas tres horas de sueño y una gran resaca, amanecen —después de una fiesta— en la sede del Ministerio del Trabajo. Una queja por exceso de ruido lo ha llevado a comparecer frente a una autoridad. “Pero no era para tanto”, insiste.

“Nosotros entendemos y respetamos el derecho al sueño ajeno. Desde que comenzamos pusimos la música lo más baja posible, les decíamos a nuestros clientes que hablaran bajito. Pero este es nuestro pan también. Tenemos derecho a existir, sobre todo porque no hay posibilidad de buscar otro sitio. De todas formas, los vecinos de ambos lados se quejaron. Fueron meses tediosos aguantando que vinieran cada 10 minutos”.

La solución vino contratando una brigada de albañiles —ya se lo podían permitir— para hermetizar las paredes que colindan con las casas contiguas. Ahora pueden verse dos paredes nuevas que suben hasta el techo de madera y tejas como un par de pirámides mayas.

—Esperamos no molestar a más nadie —musita Yilo.

—¿Sigue la magia para poder mantener este Café?, pregunto a Carlos

—Aquí hay que hacer magia todos los días para abastecerse. La irregularidad de los mercados es atroz. Un día hay esto y otro día lo otro. Pero las dos cosas juntas vagamente, lo cual nos ocasiona problemas porque hay clientes que se enamoran de algún trago que lleva ingredientes específicos y a veces tenemos que decirle: no hay. Eso es nefasto, pero no depende de nosotros. Lo único que nos calma es saber que el problema “es internacional”, como canta X Alfonso.

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Luis Orlando LeónLuis Orlando LeónPerfil del autor

Comentarios

Michel 2 meses 1 semana

Si hubiera un gobierno que tuviera de verdad la intension de que la gente prospere ya habrian cientos de mercados mayoristas por todo el pais y cooperativas privadas para importar desde otros paises , pero nada de estp hay, lo que hay son una brigada de viejos de 80 años que llevan destruyendo el pais hace 60 años .