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Sandra y las oscuridades del destino

Sandra no tiene cumpleaños. Sandra sabe, o cree saber, únicamente el año en que nació. El 29 de julio que consta en su inscripción es, con buena suerte, un aproximado. Sandra tampoco sabe el nombre de sus padres. Ni los apellidos que hoy ella debería tener. Le faltan muchas respuestas. Demasiado tiempo ya haciéndose la misma pregunta vacía, insomne: ¿por qué?, ¿por qué?

Con solo tres años fue regalada a una familia ajena. Y entonces dejó atrás la pobreza honda de una zona rural conocida como Las Grifas, en Pinar del Río: la casa sin muebles, ni piso, la delgadez extrema, los abandonos. Para Sandra apenas había ropa, zapatos o cuidados hasta que Juanita y Luis la adoptaron. Ellos cambiaron su vida, o le dieron una, acaso.

“Mis padres biológicos tuvieron seis hijos y regalaron cuatro. Yo fui la más pequeña. La última que dieron. Mi vida después fue más cómoda. Las personas que me adoptaron eran muy buenas conmigo. Quizás por eso mismo hubiese preferido no saber la verdad. Creo que era mejor vivir en una mentira y ser feliz a estar consciente de todo. De aquella época recuerdo como los comentarios de otros niños me dolían y destrozaban mi autoestima. Porque uno se pregunta qué tienes de malo para que tus propia sangre no te quiera. Un niño no debería crecer con ese dolor.”

La niña Sandra todavía visita algunas otras veces Las Grifas, pero no siente nada. Ni siquiera rencor o resentimientos. Solo la indiferencia que se profesa a unos extraños. Vive apegada a Luis y comienza a parecérsele en carácter. Juanita le regala los cumpleaños que no tenía y cuidados. Crece con una familia.

_¿Cuándo te recuerdas plenamente feliz?

 “Cuando me enamoré con poco menos de 20 años. Finalmente nos casamos y estaba llena de ilusiones hasta que descubrí que él me había ocultado sus desequilibrios mentales. La convivencia fue sacando en él su obsesión con la muerte y la violencia hasta que un día me atacó. Tuve que elegir entre mi amor por él y mi seguridad. Fue duro en ese momento pero insignificante si lo comparo con lo que me sucedió después”.

Su existencia ha sido oscura. Posee la oscuridad del infortunio. Cuando cree que algo mejora, cuando se aferra, la vida le pone un alto, como diciéndole: aún quiero tu llanto irrefrenable, también callado y digno, pero irrefrenable.

Un 4 de octubre pensaba que sería finalmente una mujer feliz, pero Enmanuel, su primer hijo, nace y muere tres días después.

“Llegar a casa y ver la cuna, la canastilla, los juguetes ahí esperando; mientras tienes los brazos vacíos es algo que te rompe. Ya nunca más eres la misma. Y cuando pensaba que si me hubiesen hecho la cesárea a tiempo todo hubiese sido diferente, era más hiriente aún”.

Ahí comenzó un infierno de pequeñas manchas rojas. Cada vez que una gota de sangre corría por sus piernas, le anunciaba el fin de una vida, sabía que había abortado nuevamente. Después de ese 4 de octubre Sandra pierde otros cinco hijos nonatos hasta que finalmente nace Brandon. El último de sus siete hijos, el único vivo.

“Mi hijo es mi vida, mi única familia ahora que murieron mis padres. Me separé de su papá unos meses después de dar a luz. Lo he criado como madre soltera, pero con el apoyo incondicional de mi expareja. No quiero pensar nuestra vida sin él. Yo como recepcionista gano 255 pesos. Es difícil cuidar de un niño así, pero siempre juntos, Brandon y yo. Como la familia que somos. Él es mi dicha, mi motor para seguir”.

Sandra es pequeña y tiñe su pelo de rojo. Sandra es quieta y habla suave. La tiroides la adelgaza demasiado. La consume. Sandra sabe que su vida tiende ser oscura pero sigue buscando luz.

¿Sandra, tú sabes que eres una mujer muy fuerte?- le digo

Pero ella no articula palabra. Prefiere mover la cabeza en un gesto que podría tener demasiadas interpretaciones. Mientras, sus ojos claros me miran con una mezcla de ahogo y optimismo.


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Claudia PadrónClaudia PadrónPerfil del autor

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