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La casa es una planicie de escombros. Los andamios están adheridos a un salón rectangular sostenido por seis columnas antiguas. La mansión, antaño próspera, tiene un aire decadente y ruinoso. Algunas de las ventanas, rotas. El techo, agrietado. Muchos de los relieves tallados, desprendidos o arrancados por el tiempo y el abandono.

Una lluvia de ladrillo y yeso de principios del siglo XX cae desde el techo agrietado, provocada por los golpes de Yanil Fajardo, uno de los encargados de restaurar la casona, digna representante de la austeridad y la grandeza de las estructuras coloniales de Placetas.

“Esta es una vieja dura, pero pronto va a quedar como una niña en sus 15 años”, comenta mientras desnuda el cielo de aquel hogar.

Bordear las columnas es un trabajo complejo y minucioso: “Lo más complicado es hacer coincidir los modelos elegidos por los clientes; equilibrarlos a la perfección sin que se note una disparidad o el empate. Los segmentos deben quedar alineados; para el cliente no hay excusas.”

Hace dos años y medio, Yanil se unió a un grupo de trabajo por cuenta propia especializado en restaurar los techos de las casas antiguas, y de clientes que desean remodelar hogares más modernos con acabados semejantes a la arquitectura colonial.

“Nuestro catálogo lo componen doce o trece modelos diferentes de Escocias (elemento decorativo cóncavo compuesto de dos curvas de diversos radios) que cubren los alrededores del techo. También hacemos el estuque (una terminación fina a base de yeso) a toda la placa y ofertamos ocho tipos de plafones circulares o cuadrados para complementar.”

“Cambiamos y adaptamos la estética de los techos al gusto del cliente, ¡todo con yeso y calidad!”, asegura.

Antes de aprender el oficio, Yanil era profesor de fútbol del Instituto Nacional de Deporte Educación Física y Recreación (INDER). El cambio se debió al más común de los motivos: el económico. Al trabajar el yeso gana cinco veces más que enseñando a patear un balón.

“Solo dos equipos realizan esta labor de restauración en la región central de Cuba. Llegué a este por mediación de amigos y me pusieron a prueba durante cuatro meses. El acabado lo adquirí con el tiempo, pero tuve que ponerle mucho empeño y horas de práctica hasta lograr algo meritorio.”

“El taller es rústico —continúa Yanil—. El único instrumento real que tenemos es un taladro, pues todo lo demás son cuchillos picados que usamos como espátulas, pedazos de plásticos de cajas que por su flexibilidad empleamos como paletas en la mezcla. Jamás hemos parado ni disminuido la calidad debido a la inexistencia de herramientas.”

El grupo laboral se encuentra dividido en brigadas: la primera trae la materia prima y convierte la piedra en polvo; la segunda funde los modelos; la de Yanil resana y sella las piezas en el techo de los clientes. Apenas tienen margen de error, pues al verter el yeso cuentan con menos de cinco minutos para ajustar las imperfecciones antes que se solidifiquen.

“El metro de la pieza más barata cuesta 5 CUC. No todos pueden costearlo, más bien es un lujo. Nuestros servicios los contratan “gente de primera clase”, generalmente familias de alto poder adquisitivo, propietarios de casonas antiguas cuya reparación ronda los 30 mil pesos.”

Pero no solo restauran techos de inmuebles particulares, su mano también está en la restauración del techo de la iglesia católica de Placetas, cuyos capiteles hicieron prácticamente nuevos.  

“Es un orgullo saber que dejo mi huella en un lugar visitado por miles de personas y que estéticamente luce bien.”

Sobre el autor

Emilio L. HerreraEmilio L. HerreraPerfil del autor

Comentarios

Norton Wunt 2 meses 1 semana

interesante artículo de El Toque. Felicitaciones
Norton Wunt 2 meses 1 semana

Muy interesante artículo. Saludos cordiales
ABELARDO MENA 1 mes 3 semanas

Muy trabajadores! Como se les contacta para trabajos en La Habana? Saludos