Este texto fue publicado originalmente en la revista digital Q de Cuir 

Para muchas personas la parte más difícil de ir a trabajar es levantarse temprano, embutirse en una guagua repleta de gente que se demora más de una hora en atravesar la ciudad o pasarse el día en una actividad aburrida y repetitiva.

Sin embargo, para las personas LGBTIQ+ ir a trabajar encierra otras ansiedades que no siempre confesamos, pero que se despiertan con nosotres cada mañana, nos siguen en la guagua y nos cuelgan del cuello como plomos durante toda la jornada laboral.

Nuestros trabajos son territorios minados y caminamos en puntillas de pies para evitar que algo explote. Escogemos con cuidado los gestos, la entonación de la voz y la manera de vestirnos. Permitimos chistes que nos ofenden, cambiamos el pronombre de nuestra pareja y hablamos con ambigüedad de la forma de nuestras familias. Completamos el performance de la cis-heteronormatividad para que esta no sospeche ni se sienta amenazada.

Los espacios laborales no son ambientes seguros para las personas LGBTIQ+, ni siquiera después de que en 2014 se aprobara el nuevo Código de Trabajo que prohíbe la discriminación por orientación sexual, o luego de que el secretario general de la CTC, Ulises Guilarte de Nacimiento, se comprometiera dos años seguidos durante la Jornada Contra la Homofobia y la Transfobia a la promoción de una cultura de respeto sindical.

Seguimos escuchando casos de exclusión, humillación y rechazo hacia personas con identidades sexuales no tradicionales. A veces la violencia es fácil de identificar, en otras ocasiones es tan velada o familiar que tenemos que esforzarnos para verla.

En su vida profesional, Ariel, un hombre gay que vive en Matanzas y trabaja como productor artístico independiente, ha experimentado en varios momentos las diferentes caras de la discriminación laboral.

“Al principio –cuenta– me sentía incómodo por las cosas que pasaban y ahora me doy cuenta de que estaba siendo discriminado. Por ejemplo, a veces voy a hablar con un jefe y su tono… no es el más adecuado, a veces ni siquiera me mira a la cara, como si tuviera miedo de enfrentar la realidad de lo que soy”.

En una ocasión tuvo que preparar un matutino y en medio de su exposición había una persona que no paraba de caminar de un lado al otro, como si lo que él estaba diciendo no fuera importante, hasta que se detuvo y gritó: “¡A mí no me gustan los homosexuales, no me gustan!”.

“Después del acto –recuerda– fui a hablar con el subdirector para denunciar la situación y me dijo que aguantara, que aquello iba a tener respuesta pero desde ese mismo momento sentí que él no quería enfrentar mi reclamo, ni hacer algo que fuera a provocar otras acciones violentas así que el incidente no tuvo repercusiones”.

La historia de Suyen, una joven ingeniera informática de Santa Clara, es diferente. Mantiene muy buenas relaciones con todo el mundo en su colectivo laboral, pero nunca ha dicho abiertamente que es lesbiana y admite que quizás algunas cosas cambiarían si lo supieran.

De hecho, en su propio centro de trabajo, donde asegura que no se siente discriminada, dice que es común que “surjan comentarios acerca de los gays y nunca son positivos, al contrario, me incomoda porque siempre somos vistos como una lacra para la sociedad, pero la mayoría de las veces no hago caso porque esos criterios vienen de personas con pensamientos tan obtusos que es mejor ignorarlos”.

Reconoce además que durante el proceso de consulta del proyecto de Constitución en su centro tuvo que escuchar que si se aprobaba el matrimonio igualitario se extinguiría la humanidad, o que las personas LGBTIQ+ llevarían a los niños vestidos de niñas a las escuelas y traumarían al resto. En esa ocasión prefirió no ignorarlos ni quedarse callada.

Para las personas trans, el escenario es incluso más complicado, no solo por la incomprensión que enfrentan dentro de sus colectivos laborales sino por las trabas que suelen encontrar desde el mismo momento en que buscan trabajo.

Andy, una muchacha trans también de Matanzas, explica que una vez se acercó a una florería para solicitar una plaza y la encargada le dijo que una persona como “él” no podía estar allí, vestido de mujer, porque había muchos hombres y eso sería problemático.

La experiencia se repitió en varios lugares, incluso en algunos su mamá era la que presentaba sus papeles y aceptaban entrevistarla, pero en cuanto la conocían en persona se les notaba el rechazo en la mirada.

Ninguna de las formas que adopta la discriminación es peor o menos grave, todas sus facetas carcomen la autoestima, nos colocan en situaciones de vulnerabilidad como trabajadorxs y, en última instancia, como seres humanos.

La consulta popular del proyecto de Constitución y en específico el debate sobre el artículo 68 en los centros de trabajo, donde se emitieron libremente criterios segregacionistas y violentos, ayudó a comprender los niveles de prejuicio que todavía existen en estos espacios así como el estado de desprotección real en que laboramos las personas LGBTIQ+ en nuestro país, tanto en el sector estatal como privado.

No obstante, el mismo proceso de debate demostró que la gente está harta de esconderse, de sentirse avergonzada por lo que es o lo que siente, y lista para ir a trabajar con las identidades al aire libre.