Escuchamos una y otra vez sobre las elecciones en Estados Unidos. Es el Hunger Games de nuestra época, donde lo aparente es lo que más se conoce. En una democracia cada vez más cercana al darwinismo social, vuelven los estadounidenses a elegir presidente. A diferencia de lo que mucha gente cree, el cubano de a pie conoce al menos los elementos más icónicos de esta contienda. Saben que Trump es… peculiar y que la Clinton, la esposa, la ex secretaria de Estado, vuelve al ruedo para conseguir lo que no pudo lograr en 2008.

Por: Cristina Escobar

Quizás algunos crean que su vida seguirá exactamente igual gane uno y otro, y es la consecuencia de pensar que los sucesos internacionales en torno a nosotros no nos afectan, como si viviéramos en Marte. Pero la verdad, sí. Ahora quizás mucho más que antes. Es que el 17 de diciembre de 2014 comenzó a desandarse un camino angosto y aparentemente infinito. El presidente Raúl Castro y Barack Obama han comenzado a desbrozarlo, con sus agendas propias, claro está. Y los estadounidenses están felices –muchos de ellos– porque pueden viajar a Cuba, y enviar dinero.

No obstante, en la práctica, fuera de cierta inyección al turismo, y a los sectores privados en torno a los servicios al turismo, la vida de ninguno de nosotros ha cambiado. No hay intercambio comercial significativo. Cuba sigue sin poder usar el dólar. Los bancos nos ven y se esconden. Y varias políticas siguen vigentes como si nada hubiese pasado, y no crean un clima de confianza, como por ejemplo la Ley de Ajuste Cubano.

Por eso, tantos creen que da igual ella que él. Pero, ¿quién es mejor para la vida del cubano, Donald o Hillary?

No podemos esperar que nuestra vida cambie tras la permuta en la Casa Blanca

De él podemos adivinar poco. Ha cambiado su opinión sobre Cuba varias veces. Su ignorancia sobre las razones históricas de la política estadounidense hacia la Isla caribeña le permitió afirmar que el bloqueo limitaba el comercio entre los dos países y que había de ser levantado. Lógico, un empresario como él estaría pensando en su Trump Tower en La Habana. Sin embargo, pocas semanas después tomó el curso del Partido Republicano y dijo que, aunque la política había que cambiarla, él hubiese logrado un better deal, un mejor acuerdo, refiriéndose a que Obama cedió mucho, y Cuba no.

Si lo comparamos con otros presidentes republicanos –lo cual pudiera resultar ofensivo para algunos, dada la absoluta inexperiencia de Trump en estas lides de batalla por cargos públicos– podríamos esperar que intente presionar al gobierno de Cuba para que ofrezca algo a cambio de pasos para el levantamiento de algunos aspectos del bloqueo.

Esto es inviable. En primer lugar porque esto no es un intercambio de favores. Cuba ha sido afectada por una política de bloqueo que asfixia su economía hasta límites nunca vistos en otros casos en la historia. El que impone el bloqueo es Washington y no La Habana, por tanto, queda de su parte hacerlo. Y es bien sabido que el gobierno cubano no dialoga en términos de condicionamientos. En segundo lugar, porque aunque Trump quiera de un plumazo levantar el bloqueo, tendría frente a él quizás su propio bloqueo, ese que ha vivido Obama y que da muestras de la desarticulación y la inactividad de ese sistema político: El Congreso.

Hillary probablemente continuaría el camino de Obama

Sumamente polarizado, en contra de todo, y a favor de nada, con reglas propias, y poca militancia partidista, con representates elegidos en censos manipulados que resultan en que tender puentes pone en riesgo el asiento en el Capitolio, ya sea en la Cámara alta o baja. Por tanto, el magnate, que hace y deshace en su imperio privado, ahora tendrá el negocio más difícil si quiere jugar con todas las fuerzas políticas que coexisten en ese país. En consecuencia, de ser ese el comportamiento de Trump se estancaría el proceso público, mientras que las subvenciones a los programas de cambio de régimen persistirían, así como tratar de promover iniciativas que nieguen o erosionen la institucionalidad en Cuba –esa que tanto fortalecimiento endógeno necesita–.

Nos queda entonces Hillary Clinton. Sin duda, la más hábil y preparada. Perteneciente a la élite política desde hace más de 20 años. Personaje recurrente en la narrativa de ese país, que va desde la víctima esposa engañada, hasta la hábil y ejecutora de una “diplomacia del desarrollo” coherente con los tiempos post-Bush. Hillary probablemente continuaría el camino de Obama, este en que pide al Congreso que levante el bloqueo, y quiere solo hablar de futuro, pero la verdad, la política que se hizo Ley gracias a Helms ya Burton sigue igualita. Cuba ha logrado algo muy importante, que pocos países pobres tienen, pero que también genera responsabilidad: los cambios necesarios dependen de nosotros. Se llama soberanía.

No podemos esperar que nuestra vida cambie tras la permuta en la Casa Blanca.

Sin embargo, Clinton ha demostrado ser más eficaz para el cumplimiento de un objetivo que no ocultan tener: cambiar Cuba y refundarla a su imagen y semejanza. Trump ha demostrado ignorancia, e incapacidad.

El camino con Hillary es más difícil, y riesgoso, con Trump quizás nos quedemos en el medio. Por largo que sea, sigo pensando que es mejor desandar ese camino, que no hacerlo.