Así es. La mítica novela del británico George Orwell acaba de publicarse en Cuba, como parte de las novedades de la todavía itinerante Feria Internacional del Libro de este año. Desde que lo sé está en mi lista de la compra. Me lo debo, tanto como mi isla se lo debía hace tiempo.

Por: Lilibeth Alfonso Martínez

1984 fue un libro prohibido. No porque hubiera una lista. Ni pronunciamientos oficiales. Sencillamente eran títulos, autores que no se publicaban por nuestras editoriales y que, como Paradiso y las creaciones de varios escritores del boom latinoamericano, si se publicaron en algún momento alguien los retiró de las estanterías calladamente…

Hablo de tiempos que no viví, de cosas que me cuentan, que leo porque a decir verdad en mis años de adolescente, de estudiante universitaria…, sencillamente no existía. Quiero decir que los ejemplares en la Isla, siempre de editoriales extranjeras, eran ridículamente pocos, y quien tenía alguno no lo prestaba.

La primera vez que lo leí lo devoré con el placer con que se degusta lo prohibido.

Sin embargo, nunca he entendido exactamente su pecado, más allá de ciertas coincidencias que, a la luz de estos tiempos, cada vez me parecen menos.

Al final, la novela en que los lectores de la mitad del siglo XX y los de muchos años después creyeron ver el futuro de la humanidad si llegaba a extenderse el “comunismo”.  Bien mirado, con los años llegaría a parecerse más al capitalismo en el que se engendró que al gigante y temido régimen rojo al que, como verdad aceptada, critica.

Quizás sea mi lectura. Mi fecha de nacimiento. 30 de agosto de 1983, un año antes de que llegara el temido 1984. Un año en el que en realidad no ocurrió nada realmente relevante…, mucho después de los tiempos tortuosos que Ambrosio Fornet acuñó como el “Quinquenio gris” y que tuvo su inicio en el año 1971 con  una serie de acontecimientos.

Estos son narrados magistralmente por Jorge Fornet en la obra “1971: Anatomía de una crisis”, otro libro impensable en otros tiempos y del que Letras Cubanas publicó varios miles de ejemplares entre 2013 y 2014.

O que cuando empecé a tener conciencia de ideologías y de libros, y pude leer 1984 –después de muchos ruegos y con una madrugada como término- hacía ya unos años que se había derrumbado la Unión Soviética, la primera y más grande, si bien no la única experiencia socialista en el mundo…. Y también había pasado la Guerra Fría, empezaban los primeros escándalos de sistemas de vigilancia electrónica a la ciudadanía estadounidense, el miedo como mecanismo de contención interna usado por las grandes potencias que sobrevivieron, y la guerra como política… Y el sitio de mi nacimiento: Cuba –dice un amigo que no pensaría igual si viviera en Corea del Norte, por ejemplo, pero no sabría decirlo.

Pero sea como sea, 1984 es un triunfo nuestro, una ganancia que va más allá de mi librero, del pellízcame que estoy soñando de algunos intelectuales que conozco, de algunos que sí vivieron esos tiempos en los que los libros eran sacados por las puertas traseras como si fueran contagiosos.

Cuba se mueve. Podría parecer inocente pensar que un libro pudiera cambiarlo todo. 

Y no lo creo, pero es un síntoma, además repetido. Cuba camina, deja florecer su pensamiento, desbordarse más allá de los ámbitos académicos, llegar a la sociedad, a las manos del pueblo, literalmente.

Se publica el debate espinoso en la Revista Temas, la editorial Caminos habla de raza y de racismo, y Julio César Guanche nos sorprende con un libro made in Cuba tan arrasador como “El poder y el proyecto”, donde se defiende la Revolución como un proceso, para el cual hace falta hacer más revolución en minúsculas.

Por eso 1984 es más que un libro, es cambio, confianza en el poder de discernimiento luego de décadas de instrucción, es un centímetro de esa revolución en minúsculas que se convierte de pronto en algo tangible, en peso de cartulina y papel que la gente llevará bajo el brazo y leerá a la luz del sol o en el tranquilo espacio de sus casas.

Y no será suficiente. Solo lo será el día en que la publicación de un libro como 1984, de historias como la de Winston Smith, no nos escandalice, no nos provoque la irresistible necesidad de pellizcarnos, por si estamos soñando.