Hace años llegué a Cuba por circunstancias que se alejaban de mis decisiones personales. Era una niña, había recorrido varias fronteras. Sin embargo, llegar a Cuba me hizo muy feliz.

Por: Laura Granados Samper

Había tenido a mí alrededor gente que hablaba siempre de las grandezas de una isla casi perdida en el Caribe, y por supuesto, de la Revolución y de Fidel. Los sentimientos hacia Cuba crecieron cuando nos instalamos en La Habana.

Aún recuerdo como un momento especial el día que me pusieron la pañoleta.  En esos años disfruté cada detalle: el “Pioneros por el Comunismo…”, la Plaza de la Revolución,  las clases de Historia de Cuba, Elpidio Valdés…todo tenía una carga simbólica que me hacía querer ser parte de este país.

Claro que había cosas que no entendía. Siempre hay uno o dos amigos del aula que te cuentan versiones distintas de la vida y de la Historia, pero yo optaba por ignorarlos o tildarlos de gusanos. Defendía lo indefendible y justificaba lo injustificable. Perdí muchas amistades por eso, y me gané insultos y jalones de pelo.

Estuve muchos años intentando hacer coincidir mis fantasías sobre Cuba con la realidad, que no solo era más rica, sino más dura.

Todo terminó en el momento que me di la oportunidad de abrirme a la Cuba real. Aprendí mucho de personas que compartían las ideas de izquierda de mi familia, pero que criticaban ampliamente lo que sucedía a diario en la Isla.

Fue difícil. Creo que lo que más me costó fue romper con el sentimiento de que debía ser leal y acrítica con el país que me había abierto las puertas. Los problemas de Cuba eran de los cubanos y ya. Mi papel era ayudar a mantener la posición oficial. Curioso, pues mi paradigma fue siempre el Che, un extranjero que se metió de frente con los problemas del país y que fue crítico en los momentos necesarios.

Foto: Claudio Pelaez Sordo

Lo que más rescato de esa época de desmoronamientos y trastazos es que en ningún momento me alejé de Cuba. Me sentí reconocida en las canciones de Silvio como antes, pero también en las de Van Van, Habana Abierta y Telmarys. Comprendí que el salario no alcanza y no siempre es porque todo se distribuye, sino también porque hay ineficiencia, burocracia y corrupción. Dejé de darle la responsabilidad de todo al Bloqueo y de sentir que el que no compartía las ideas socialistas era anticubano.

Poco a poco la idealización se ha ido quedando atrás. El compromiso con Cuba sigue vigente, pero alcanza otras dimensiones. Ya no se trata de contribuir a la construcción de una imagen acartonada de los líderes históricos, hay que darles su justo espacio en el relato de una revolución que hizo todo el pueblo.

Hoy me reafirmo cubana porque aprendí a entender las contradicciones de un proceso que no salió como en los planes, pero que tiene mucho que aportar en lo que se debe hacer, y en lo que no, también.

Me siento parte de las personas que quieren hacer de Cuba un país libre, en el sentido socialista de la libertad. Pienso que hay que trabajar por nuestra isla, porque si no alguien más va a venir a hacerlo en función de otros paradigmas. Quisiera que los años de sacrificio de este pueblo no sean en vano, y que logremos hacer un país donde tengamos “lo que teníamos que tener”.

Pensar y hacer en función del futuro de Cuba, desde adentro, es más que un derecho. Es el compromiso con mi identidad, pero sobre todo, es el primer paso para la materialización del sueño que Rosa Luxemburgo definió alguna vez así: “Un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.