Antes, si querías disfrutar del espectáculo que brindaban las palomas del parque dejándose alimentar por los niños, tenías que disputarte algún lugarcito libre en unos de los acogedores bancos de la Plaza de la Revolución de Bayamo.

Ahora tienes espacio suficiente para aburrirte bajo el sol, a cualquier hora del día.

Se han marchado las palomas, los niños y los espectadores. Se han marchado los viejos que leían el periódico en las mañanas. Se han marchado los turistas, nacionales y extranjeros, que buscaban un momento de soledad en medio de la urbe. Incluso se extraña la gente de la Wi-Fi; ahora todos se aglomeran, incómodos, en el portal frente a la Casa de la Cultura.

Todos se han marchado, no se sabe hasta cuándo, desde que la Plaza de la Revolución de Bayamo se quedó sin árboles.

Por mucho que me esfuerzo no logro comprender el porqué de esta decisión. En un programa de la televisión local trataron de explicarlo, pero los funcionarios del gobierno y de comunales no lograron otra cosa más que atropellarse unos a otros, encomendándose las culpas; y al final entendí que no pasó de ser un grave malentendido, una urgencia de esas que después ya no tiene remedio.

¿Motivos? Se temía que los árboles levantaran el pavimento; que si pasaba un ciclón y alguno se derrumbara; los declararon enfermos; incluso dijeron que alguna vez un turista resultó lastimado por alguna rama caída. Pero ninguna de estas razones justifica que se amputaran todos de un tajo, sin contemplación alguna y sin respetar la paciencia que tiene la madre naturaleza para lograr una maravilla tan frondosa y fresca, agradecida por todos.

De un tirón se mutiló el misterio que guardaba el centro colonial de la ciudad desde aquel necesario incendio, y todavía no me he encontrado un bayamés conforme con la decisión. Ahora El Parque parece más una pista de patinaje que el lugar donde se acrisoló la nacionalidad cubana.

Ahora solo quedan las cuatro palmas que custodian los monumentos a Perucho Figueredo y a Carlos Manuel de Céspedes, y que sí lucen enfermas entre tanta soledad y falta de verdor natural.

Cuando camino por el centro de Bayamo trato de buscarle el lado bueno al asunto, porque desde la arista optimista de las cosas todo se ve mejor; pero dudo mucho que logre encontrarlo.

Bayamo luce ahora una pequeñez que antes la naturaleza disimulaba, una desdichada circularidad de pueblo apurado; una falta de espíritu antiguo, que antes sobraba para regalar al visitante. Es como si alguien se empeñara en quitar los viejos adoquines de las calles de Trinidad, o en remover un poco del mangle de las costas de Las Coloradas. Como si alguien pudiera siquiera pensar que el Caballero de París se hubiera visto más moderno sin melena.

Por mi parte, espero que alguna solución emerja de entre nuestras autoridades o desde el pueblo para que la sombra de nuevos árboles acoja a las palomas de siempre, a los niños juguetones, a los viejitos del periódico y hasta la gente de la Wi-Fi.