“Ronaldo, Ronaldo, Ronaldo” articula ella una y otra vez como si el nombre del muchacho repetido, hasta conformar una especie de fórceps, fuera capaz de sacarlo de su mundo de risas involuntarias y frases deformes.

Taimí lo llama mientras sostiene en una de sus manos figuras geométricas de colores diferentes, tonalidades pálidas que han desvanecido por el tiempo y el uso. Con la otra mano toma el mentón de Ronaldo y lo mueve hasta que el niño levanta la mirada. Durante meses, casi a diario, él se refugia en el gabinete logopédico mientras ella le enseña palabras nuevas. Prefiere pasar su tiempo allí desde la muerte de su madre. Ronaldo, con 12 años, huérfano y síndrome de Down, se ha acercado a la joven maestra y parece adherido a ella.

Todo lo que hoy ella le enseña ya lo había hecho antes, y probablemente mañana deba hacerlo nuevamente. Volverá a mostrarle los mismos colores, a combinar iguales dígitos, pronunciará idénticas palabras. Educar a niños con discapacidad intelectual es, esencialmente, una rutina de paciencia.

“Al principio cuando llegué a esta escuela me sentía impotente al notar que apenas avanzaban. Dedico horas a estos niños, a mejorar su expresión, a ampliar sus habilidades comunicativas y sus mismas características complejizan muchísimo el trabajo. Para ellos es más sencillo interactuar a través de mímica que con fonética. Cada vez que inicia un curso escolar es como comenzar de cero. Todo el trabajo de un año se pierde. Eso es frustrante para cualquier educadora pero a veces no se trata solo de instruirlos, sino de que se sientan queridos”

“Trato a niños que provienen de diferentes ambientes. Algunos torcidos y violentos, que han vuelto a los pequeños agresivos; y otros de familias que los aman y apoyan. Son niños muy diferentes entre sí que necesitan una atención individualizada. Y eso le damos en esta escuela.”

Mardiel tiene un espectro autista y habló por primera hace solo unos meses cuando ya tenía nueve años. Salet aún confunde las tonalidades y se le hacen muy escurridizos el naranja y el rojo. Rachel advierte que hay un fotógrafo en el aula y sonríe a la cámara sin la timidez de los otros. Todos son alumnos de Taimí. Taimí trabaja con 54 muchachos de diferentes edades y padecimientos. Lo hace en una escuela pobre y gratuita, donde se desmoronan cubiertas y paredes, y el deterioro amenaza con un cierre total del edificio. Una escuela donde los instrumentos de enseñanza son rudimentarios y hechos por ella misma, donde se cuida de estos niños, se les alimenta y enseña el valor de la utilidad.

La escuela donde trabaja esta joven se encuentra en las afueras de un pequeño pueblo al Occidente de Pinar del Río. San Juan y Martínez, se llama. Es una escuela a medias rural, a medias destruida. Una escuela que, según cuenta Taimí, pocos logopedas escogerían “por el gran cúmulo de trabajo, mucha responsabilidad y el poco dinero”. Pero ella, graduada con título de Oro de la Universidad de Ciencias Pedagógicas y, además, la mejor egresada en práctica laboral de la institución, escogió este centro y asegura que quiere quedarse allí. Dice que no piensa dejar de educar a Ronaldo, aunque demande enseñarle, una y otra vez, las mismas palabras.