El sol del Caribe no ha hecho mucho estrago en su piel blanquísima. Viste moderna, con shorts apretados, camiseta y botas. El pelo desordenado le roza la cintura. No habla con zetas como las españolas, perdió el acento natal casi por instinto de supervivencia.

“Yo pedía un zumo en vez de un jugo, o un coche en vez de un carro y me querían meter el pie, estafarme. Aprendí las jergas cubanas en la calle, en las guaguas, con los amigos. Al final me he adaptado bien, los cubanos se parecen a los andaluces. Son muy relaja’os, cercanos…”, dice

Visitó el país por vez primera como actriz amateur del Colectivo de Teatro Vista Azul cuando apenas era una niña y pensó que un día abandonaría Europa y plantaría bandera aquí.

“Mi madre es médica en Dos Hermanas, y política del gobierno en Sevilla. Desde los años 90 ha estado vinculada a grupos de solidaridad con Cuba. Gracias a ella crecí leyendo a Martí, jugando con cuquitas cubanas. Me enamoré de esta cultura, de sus hombres. A los 19 años vine a estudiar psicología general y ya tengo residencia permanente, mi casita en la Habana, una perra, ¡ah, y la libreta de abastecimiento, ¡eso es muy importante!”, bromea.

Se graduó con honores en la Universidad de La Habana pero no ha ejercido nunca como sicóloga. Su pasión es dirigir actores. Actualmente trabaja en el Proyecto Victoria Teatro, un desprendimiento del Espacio Teatral Aldaba.

“El proceso creativo es bello y el público te agradece, pero la producción se torna un tanto difícil: tienes que poner de tu propio dinero, tus vestidos. Artes Escénicas te da un presupuesto escaso”.

El actor cubano trabaja por amor, la verdad. La paga es bajísima, no alcanza ni para empezar.

“Tú te involucras en el montaje de la puesta, adelgazas, no duermes, y todo porque tu obra llegue a los otros, por decirle al mundo: ¡Hey, aquí estoy, esto es lo que pienso!”.

Marta Victoria en La Habana

Cuando le preguntas por su vida en España, Marta se entusiasma y las zetas le vienen de pronto, y si la dejas, hasta te enseña a bailar flamenco. Mientras dura nuestro diálogo se muestra alegre: “Nunca se me cayeron los anillos por trabajar”, evoca y comienza a enumerar sus antiguos trabajos de mesera, cocinera, dependienta, niñera y hasta monitora de verano para adolescentes.

“Le dije a mi familia que me largaba pa´ Cuba y todos se echaron las manos a la cabeza”, relata, “pero yo sentía que Cuba era mi signo, mi destino y aquí me ves.”

No tengo grandes cosas, ando a pie, vivo de lo que vendo, o más bien de lo que revendo.

Voy a España y traigo chucherías que aquí gustan mucho”. “No voy a decir que ha sido fácil. Los primeros meses me chocaba esta economía tan disparatada, no poder ir de tiendas, que un par de zapatos costaran más que el salario de un mes entero, abrir la pila para fregar y que no saliera agua.”

A pesar de las carencias, los edificios agrietados, los bullicios, las casas despintadas, las calles sucias de la Habana, Marta es feliz

“Vivo en el Cerro, me encanta la esquina de Tejas y estoy orgullosa con mi folclor”, afirma esta chica. Sus amigos en Sevilla le preguntan si piensa volver y ella contesta firme, que solo regresará, “cuando se seque el Malecón”.