“Artista visual”, así se define el joven creador Lázaro Lemus Lugo. Y añade rápido el adjetivo “independiente”. Aprovecho el tono que da a esta última palabra para cuestionar. ¿Significa independiente alejado o enemistado de las instituciones?

Lázaro niega convencido.

Y me recuerda que organizaciones como la Asociación Hermanos Saíz apoyan desde hace años, mediante premios y becas, los empeños de realización artística de los jóvenes. Independencia, para él, va más en el derecho a pensar por cabeza propia, que no siempre es debidamente comprendido.

Admirador de la obra documentalística de la japonesa Naomi Kawase y del cineasta Fernando Pérez, este pinareño de 29 años ha leído a Chéjov con la misma fruición con que escucha a Benny Moré o a bandas de heavy metal.

Foto: cortesía del entrevistado.Delirio, se titula el corto que, en coautoría con Alejandro Alonso, le abrió el mundo de las imágenes en movimiento en 2011. En este “intentábamos no mostrar la ciudad tal como la veíamos, sino acercarnos a lo que podía llegar a ser o era ya en las mentes”, confiesa, mientras dialogamos en un banco del parque Colón, uno de los sitios habilitados con WiFi en la capital de Pinar del Río.

Uno de los personajes de aquella obra habla de cómo había anclajes de hierro que no dejaban volar los sueños, le recuerdo. ¿Cuáles son esos anclajes? “La inmovilidad”, no demora en responderme. “Hay algo que encierra los sueños, que impide que se muevan, pero tú tienes que ir construyendo el camino”.

¿Y las frustraciones?, inquiero mientras una señora mayor le grita a su móvil, al parecer esperanzada en que la conexión a Internet se acelere. “Frustraciones hay todos los días, desde la concepción de la idea hasta la realización estás tropezando continuamente con muchas barreras. La incapacidad tecnológica, la falta de recursos, las personas con ciertos poderes de decisión que se oponen a los proyectos”.

Por el camino de las trabas llegamos a La Concretera, un “laboratorio audiovisual” del cual fue uno de los gestores y que tuvo tan solo dos ediciones en Pinar del Río (2013 y 2014).

“Chocabas desde con las carencias logísticas hasta con personas que por la osadía de algunas ideas decían: no se puede hacer y punto. A determinadas autoridades locales no les interesaba un espacio como ese. Teníamos a veces hasta que financiar las actividades de nuestro bolsillo. Por eso desapareció”.

Foto: cortesía del entrevistado.

Coautor de las Memorias 14 Muestra Joven ICAIC (2016), Lázaro medita en que “un artista independiente generando audiovisual desearía moverlo, hacerlo llegar a las personas. En la Cuba de hoy una vía segura para eso es colocarlo en el Paquete. Pero si la realización te costó dinero o hay intereses de casas productoras asociadas, se necesita un circuito de distribución que reporte ganancias”.

Ahí viene entonces el conflicto entre la vocación de decir, de darse a conocer y la necesidad pragmática de respaldarse económicamente, sugiero. “Uno quisiera vivir del trabajo que hace, de lo que le gusta, pero eso no siempre es posible, sobre todo en el audiovisual”, añade Lázaro, y junto a nosotros sigue el paisaje de varios miembros de una familia saludando animados vía IMO a su gente del “más allá”.

“Estoy yendo hace cuatro años a la Muestra de nuevos realizadores del ICAIC. Y cada vez compruebo que se han ido del país más realizadores. El encuentro va en declive. Por la participación, la calidad, las motivaciones”.

Quisiera que los que se fueran lo hicieran para encontrar otras vías de crecimiento profesional, dice, pero también sabe que están los que salen y pierden su rumbo creativo. No obstante, cree que ahora mismo en el país existen más formas de gestionar fondos para la producción artística: embajadas, instituciones oficiales o no, brindan creciente apoyo a los creadores.

Junto a sus afanes audiovisuales, Lázaro no renuncia a las Artes Plásticas, especialidad de la que se graduó. Tiene casi lista la serie “El Cuarto”, donde se ha propuesto una incursión en temas como el deseo, la violencia y la soledad. Carboncillo y tiza sobre papel kraft o cartulina son las técnicas de unas 17 obras que ya integran este conjunto. “También estoy trabajando en un documental cuyo personaje principal es el agua”, apunta.

En la calle, a nuestro lado, desde su viejo camión soviético un chofer intenta conectarse a la red inalámbrica. En este ajetreo unos se contaminan con la intimidad de otros.

Lázaro sonríe: “Es como cuando haces un documental: siempre es invasivo, aunque intente no serlo. Estás utilizando una historia ajena a tu favor. Eso tiene su riesgo ético. Pero a veces, para que la historia no quede plana, debes moverte en esos peligrosos bordes. Al final, todo se trata de explorar los límites”.