Los rizos envuelven su rostro: los ojos verdes, la discreta voluptuosidad de los labios, la piel blanca. Andrea es hermosa sin aretes, sin labial, sin maquillaje; solo con esa marea de cabello rojo que la circunda y esas manías quietas. Andrea es hermosa y su belleza es dúctil.

Esta noche llega casi tres horas antes de que comience la función. Hoy tendrá el cabello oscuro y corto, será una señorita cubana de la aristocracia esclavista, una estudiante que recita consignas, una ferviente religiosa. Será, además, una abatida Frida Khalo que coquetea con Marilyn Monroe. Hoy responderá a tantos nombres en un pequeño teatro habanero.

Durante dos meses, junto a la actriz Venecia Feria, ha protagonizado La cita en el teatro Bertolch Brecht; cada día a sala llena.

Adentro, todo ha sido cuidadosamente diseñado: la escenografía, el vestuario, la banda sonora. No parece un espectáculo humorístico típico. Afuera, un encargado del teatro detiene la entrada del público cuando aún quedaban decenas de personas esperando.

“Ya no hay espacio disponible”- dice mientras corta el paso.

Cada sitio de la sala está ocupado: las butacas, las esquinas del escenario, el pasillo. La obra dura casi hora y media, pero parece que a nadie le molesta verla de pie o sentados en el borde de los escalones.

Un aplauso pausa la puesta en uno de sus momentos más intensos: la actriz está sobre las tablas, se presenta como Sor María, una misionera devota y recia que intenta disimular la vulgaridad de las calles. Mientras, desde la primera fila, la observa uno de los más versátiles actores cubanos, Osvaldo Doimeadiós, el director de la obra. Su padre.

Teatro cubano

Andrea Doimeadiós. Foto cortesía de la entrevistada.

A sus 23 años, Andrea no siente el peso asfixiante de su apellido. No se enfrenta al referente que es su padre. Convive con él. Lo admira.

La Andrea adolescente prefirió desligarse de la obra de Osvaldo. Había decidido que cada paso lo daría por sí misma. En escena nadie podía hacerlo por ella. Solo tenía a sus emociones. Entonces se distanció de él cuando decidió hacer las audiciones de la ENA, cuando debía examinarse en la escuela o ensayar para una puesta. Quería ser simplemente Andrea; no, Andrea, la hija de…

“En mis inicios tuve la imposición de comparaciones, de que hablasen de mi padre como un ejemplo, infalible. A una adolescente estas presiones pueden disminuirla. A veces sentí que por ser hija de un artista algunos me arrebataban mi derecho a equivocarme.

“Hoy ya no siento las presiones de llamarme Doimeadiós. Mi padre es mi primer maestro. No solo ahora, sino desde que era una niña introvertida que prefería quedarse en casa leyendo porque era “la rara del aula”. Fue él también quien me animó a no desistir cuando creí que mi timidez sería un impedimento si estudiaba actuación”.

Ella ama el teatro. Cuando habla de otro referente en su vida, Carlos Díaz, director de El Público, transpira admiración. Juntos han trabajado durante cuatro años. Juntos han vivido el momento más difícil en su carrera actoral: la noche en la que perdió la voz en medio de un Trianón repleto. Fue bajo la dirección de Carlos cuando interpretó su personaje más complejo: Luna, aquella que canta como Farah María y habla sobre el maleconazo en Harry Potter se acabó la magia.

Actriz cubana

Andrea Doimeadiós. Foto cortesía de la entrevistada.

—En cuanto te graduaste de la ENA comenzaste a trabajar con el grupo El Público. ¿Después de la academia hay suficientes opciones de trabajo para los actores?

—Realmente no hay muchas. En el teatro es donde hay más proyectos, pero la remuneración es muy poca. Por otra parte, la televisión apenas filma dramatizados nuevos y la filmografía nacional solo presenta tres o cuatro proyectos cada año. Ser parte de una película es una dicha para cualquier actor. Por eso le agradezco tanto a Patricia Ramos la oportunidad de protagonizar El Techo.

—Háblame de Ana, tu primer protagónico en el cine…

—Ana es una joven embarazada que no sabe cómo conducir su vida. Simplemente observa La Habana desde una azotea. El Techo es una película bastante triste. Habla de una generación pasiva, que no lucha, que no le interesa hacer ni cambiar nada. Se rindieron. Están agotados de esperar. Yo no soy parte de esa generación. Son muchas las cosas que aún quiero hacer.

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Andrea está vestida como Frida, no improvisa, prefiere ceñirse a lo que ella misma escribió. Es la primera vez que hace humor en el teatro, que su padre la dirige y que actúa sus propios textos. Es esta la penúltima función de La Cita. Luego, ganarán dos premios en el Festival Aquelarre por mejor guion y espectáculo, pero eso aún no lo saben esta noche. Venecia y Andrea se toman la mano en el borde del escenario y se inclinan. Mientras el público, todo de pie, solo aplaude.